Ingresos Brutos debe ser uno de los pocos impuestos capaces de conseguir que alguien festeje haber facturado más y, al mismo tiempo, empiece a hacer cuentas para saber cuánto le queda de esa alegría.
Quienes todos los días están al frente de una pyme o de un emprendimiento saben bien que facturar no es ganar. Una empresa puede mover más dinero durante un mes simplemente porque aumentaron los costos y tuvo que trasladarlos a los precios. Su caja puede mostrar más movimiento y, sin embargo, el margen seguir siendo el mismo o incluso achicarse. Cuando esto ocurre, cada decisión empieza a costar más: reponer, invertir, sumar una persona o simplemente sostener el negocio abierto. Para quien está detrás del mostrador, la diferencia es enorme; para Ingresos Brutos, bastante menos.
En la Provincia de Buenos Aires, alrededor de tres de cada cuatro pesos de la recaudación tributaria propia provienen de Ingresos Brutos. Este no es un dato menor: muestra hasta qué punto las cuentas provinciales dependen del movimiento de la actividad económica. Cuanto más se vende, se produce o se presta un servicio, mayor es la base sobre la que se recauda.
Como si la cuenta fuera demasiado sencilla, este impuesto viene acompañado de retenciones, percepciones y saldos a favor que pueden convertir una liquidación en una pequeña novela administrativa. El emprendedor vende, cobra, paga y sigue trabajando, mientras una parte de su dinero queda dando vueltas en el sistema hasta que alguien, no él, determine cuándo vuelve a estar disponible, todo muy práctico para quien tiene tiempo de sobra.
Si de verdad queremos una Provincia que produzca, invierta y genere empleo, hay que animarse a revisar aquello que encarece cada paso de la actividad económica. Ingresos Brutos debería eliminarse, y su reemplazo exige una discusión seria sobre cómo financiar al Estado sin cargar una y otra vez sobre quienes producen.
Detrás de cada negocio hay alguien haciendo cuentas, tomando decisiones e intentando que los números cierren. Si la cuenta final apenas alcanza para volver a empezar, esperar que quien produce vuelva a invertir, contrate o crezca empieza a parecerse bastante a pedirle un milagro. La economía no crece a fuerza de trucos ni de discursos sobre el esfuerzo: crece cuando a quien produce le queda algo más que la excusa para seguir intentándolo. Y hoy, en la Provincia, a eso hay que llamarlo por su nombre: no es crecimiento, es supervivencia con membrete oficial.





