Hay algo profundamente revelador en la discusión que esta semana llegó al Congreso alrededor del endeudamiento de las familias argentinas. La pelea parece ser por cincuenta proyectos, una comisión, una sesión especial y 133 votos. Pero debajo de esa escenografía parlamentaria hay una pregunta bastante más incómoda: ¿qué hacemos cuando una parte de la sociedad ya no puede pagar lo que debe?
La oposición consiguió 133 votos en Diputados. No alcanzó para avanzar, pero sí para mostrar que existe un problema político alrededor de la morosidad. La Libertad Avanza respondió convocando a la Comisión de Finanzas para discutir algunos proyectos. Formalmente, debate. Para la oposición, una maniobra para demorar la sesión prevista para el 9 de septiembre. Pablo Juliano la llamó “distractiva”. Y acaso lo sea: mientras unos cuentan votos y otros cuentan los días, hay familias que cuentan las monedas para decidir qué deuda pagan primero.
La tarjeta o el alquiler. La cuota del electrodoméstico o la comida. El préstamo personal o la luz.
Ese es el problema que corre el riesgo de desaparecer detrás de la discusión parlamentaria.
Javier Milei sostiene que no existe una crisis de morosidad que justifique una intervención estatal y rechaza que el Estado deba rescatar a quienes tomaron créditos. Hay una lógica económica detrás de esa posición: quien pide prestado asume una obligación y quien presta también asume un riesgo. El problema aparece cuando esa lógica se encuentra con una realidad en la que el crédito deja de servir para consumir y empieza a utilizarse para sobrevivir.
No es lo mismo endeudarse para comprar una televisión que pedir un préstamo para pagar otro préstamo. No es lo mismo financiar una moto que financiar la comida. En algún momento, la deuda deja de ser una herramienta y se convierte en una forma de administrar la escasez.
Y allí la discusión deja de ser solamente financiera. Es social, política y humana.
El Gobierno puede mostrar indicadores positivos de la economía y defenderlos. Pero una economía puede crecer mientras una familia se endeuda. Puede mejorar una estadística mientras empeora la mesa del comedor. No hay contradicción matemática: hay una distancia entre la macroeconomía y la vida cotidiana.
Por eso tampoco alcanza con decir que no hay colapso porque determinados números del sistema bancario no lo reflejan. Detrás de cada porcentaje hay una persona. Y detrás de cada persona, una historia.
Tampoco sería razonable que el Estado condonara indiscriminadamente todas las deudas. Pero entre la deuda gratis y el abandono existe un territorio enorme: regulación, refinanciación, transparencia, límites a los abusos y mecanismos que permitan salir de una espiral de endeudamiento. Ese debería ser el debate.
La ironía es que, mientras el Gobierno cuestiona la intervención estatal en las deudas familiares, Luis Caputo anunció que una parte del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses será destinada a financiar créditos hipotecarios para familias de ingresos altos. La medida es insuficiente y todavía incierta en sus alcances, pero contiene una pequeña herejía libertaria: hay fondos públicos, hay intervención sobre las condiciones del crédito y hasta aparece la expresión “justicia social”.
El refranero libertario, por un instante, parece haber quedado abierto sobre la mesa.
La cuestión no sería grave si el Gobierno reconociera que gobernar también consiste en administrar contradicciones. Lo verdaderamente incómodo aparece cuando la realidad obliga a hacer aquello que el discurso había declarado innecesario.
Mientras tanto, las encuestas empiezan a mostrar otra grieta. Según Poliarquía, la valoración de Milei cayó cerca de doce puntos durante el año y el deterioro llega a veinte entre quienes habían votado a Juntos por el Cambio. Más llamativa todavía es la diferencia entre hombres y mujeres: casi la mitad de los hombres mantiene una opinión favorable del Presidente, mientras entre las mujeres apenas tres de cada diez. Es la brecha más grande registrada por la consultora.
La respuesta presidencial parece ser regresar al terreno conocido: confrontar. Milei pidió a sus funcionarios “validar la gestión”, volvió a cargar contra los medios y recuperó los insultos como herramienta política. Es una estrategia eficaz para mantener encendido al núcleo duro: siempre hay un enemigo, una conspiración o una batalla cultural esperando en la próxima esquina.
El problema es que las familias no pagan sus deudas con batallas culturales.
Las pagan con ingresos.
Y cuando esos ingresos no alcanzan, ninguna consigna alcanza tampoco.
En paralelo, la política bonaerense prepara su propio tablero. Axel Kicillof insiste con modificar el límite a las reelecciones de los intendentes y sostiene que, si un jefe comunal no sirve, los vecinos simplemente dejan de votarlo. Es un argumento democrático, aunque tiene esa curiosa virtud de olvidar que la alternancia también forma parte de la democracia y que el poder territorial, cuando permanece demasiado tiempo, puede terminar confundiendo cercanía con propiedad.
En esa negociación aparece nuevamente Sergio Massa, que ya no parece dispuesto a desempeñar solamente el papel de conciliador. Sus bloques conservan disciplina y capacidad de negociación, y el Frente Renovador mantiene una posición firme sobre la reelección de los intendentes. Como suele ocurrir con Massa, muchos vuelven a descubrir su importancia justo cuando necesitan sus votos.
Y mientras todos hablan de 2027, el PRO y La Libertad Avanza volvieron a sentarse para comenzar a delinear una alianza electoral. No hablaron todavía de los distritos amarillos. Una precaución comprensible: es posible discutir una boda mientras se evita cuidadosamente conversar sobre quién se queda con la casa.
La Ciudad de Buenos Aires llegará después. Primero se habla de coincidencias, valores y futuro. Luego aparecen los nombres. Finalmente, los mapas. Y cuando llegan los mapas, las palabras suelen perder territorio.
Pero debajo de toda esa ingeniería electoral hay una sociedad que vive otra urgencia.
La Argentina de los discursos discute modelos, batallas culturales, alianzas y candidaturas. La Argentina de los hogares abre la aplicación del banco y calcula qué puede pagar. Refinancia una cuota para cubrir otra. Deja una factura para el mes siguiente. Descubre que el sueldo entra y sale con una velocidad casi ofensiva.
Tal vez, la verdadera pregunta para la política, será si es capaz de mirar a una sociedad endeudada y discutir qué hacer cuando endeudarse deja de ser una herramienta para progresar y se convierte en una forma de sobrevivir.
Las deudas no son todas iguales. Algunas nacen del consumo. Otras, de la necesidad. Confundirlas es injusto; condonarlas todas, también.
La política debería encontrar ese punto intermedio antes de que la emergencia social se convierta en otro expediente que duerma en una comisión.
Porque los expedientes pueden esperar.
Las alianzas pueden esperar.
Las elecciones pueden esperar.
Las familias, muchas veces, no.
Ellas viven en el próximo vencimiento.
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