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¿Es más difícil educar a un hijo hoy?

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Hay una pregunta que aparece cada vez con mayor frecuencia entre los padres: ¿es más difícil criar y educar a un hijo hoy que hace veinte o treinta años? Cada generación atravesó sus propios desafíos, pero hay algo que sí cambió profundamente: el escenario en el que transcurre la adolescencia.

El alcohol, las drogas, la necesidad de pertenecer, la presión del grupo, los conflictos entre pares y las primeras frustraciones no son fenómenos nuevos. Lo nuevo es la forma en que muchos de ellos se potencian a través de la tecnología. Un conflicto que antes terminaba al salir del colegio hoy puede continuar durante toda la noche en un grupo de WhatsApp. Una exclusión, una burla o una discusión pueden quedar expuestas frente a decenas de personas. Y las redes sociales agregan una comparación permanente con vidas que parecen siempre más felices, más exitosas o más aceptadas.

También cambiaron las posibilidades de acceso. Las apuestas, por ejemplo, durante mucho tiempo estuvieron asociadas al mundo adulto y a determinados espacios físicos. Hoy pueden estar disponibles las veinticuatro horas en el mismo teléfono con el que un adolescente estudia, conversa con sus amigos o mira un video. Lo mismo ocurre con otros consumos y conductas de riesgo: la tecnología no necesariamente los creó, pero sí aumentó su velocidad, disponibilidad e intensidad.

Sin embargo, quizá el desafío más importante sea menos visible: la dificultad que tenemos, tanto adultos como jóvenes, para gestionar nuestras emociones. Aprender a tolerar una frustración, soportar un “no”, esperar, atravesar una pérdida, manejar la ansiedad, aceptar no pertenecer a determinado grupo, reconocer lo que sentimos y pedir ayuda son aprendizajes esenciales. Y muchas veces dedicamos enormes esfuerzos a preparar a nuestros hijos académicamente, pero bastante menos a enseñarles qué hacer con aquello que sienten.

Detrás de muchos consumos problemáticos, comportamientos compulsivos o dependencias tecnológicas puede existir precisamente una dificultad para tramitar el malestar. Cuando no sabemos qué hacer con la ansiedad buscamos algo que la apague; cuando no toleramos la frustración buscamos una satisfacción inmediata; cuando nuestra autoestima depende exclusivamente de la aceptación externa, una exclusión puede adquirir una dimensión enorme.

Padres con menos certezas

A esto se suma que muchos padres sienten hoy menos certezas para ejercer su rol. ¿Hay que controlar el celular o respetar la privacidad? ¿Prohibir o acompañar? ¿Cuándo intervenir? ¿Cuánto tiempo de pantalla es demasiado? Nunca tuvimos tanta información sobre crianza y, paradójicamente, nunca tantos adultos parecieron sentirse tan solos frente a ella.

Durante años existieron redes espontáneas entre familias: padres que se conocían, conversaban, compartían preocupaciones y acordaban ciertos límites. Hoy esa comunidad aparece más fragmentada y cada familia intenta resolver individualmente problemas que muchas veces son colectivos. Frente a una dificultad buscamos rápidamente un especialista, una institución, una aplicación o una respuesta en Internet. Esas herramientas pueden ser necesarias, pero no pueden sustituir lo que también corresponde construir dentro de la familia y junto a otros padres.

A veces una respuesta comienza en casa y otras veces empieza con una conversación entre adultos: “En casa estamos teniendo este problema, ¿a ustedes también les pasa?”. Muchas situaciones que parecen individuales se vuelven más manejables cuando se comparten.

Volver a formar comunidades de padres

Por eso es tan importante recuperar espacios que lentamente estamos abandonando. Las reuniones de padres, los talleres en los colegios y las charlas sobre adolescencia, consumos, tecnología, vínculos o salud emocional no deberían verse como actividades accesorias. Son espacios de formación.

Si nuestros hijos están creciendo en una realidad distinta de aquella en la que nosotros fuimos adolescentes, también nosotros necesitamos aprender a ser padres en esa nueva realidad. No se trata de convertirnos en especialistas, sino de adquirir mejores herramientas para escuchar, reconocer señales, establecer límites y saber cuándo pedir ayuda. También implica volver a vincularnos con otros padres, compartir criterios y construir redes.

Educar emocionalmente tampoco significa evitarles todos los sufrimientos. Crecer implica frustrarse, perder, esperar, quedar afuera alguna vez, equivocarse y descubrir que no todo puede ser inmediato. La tarea del adulto no es despejar completamente ese camino, sino acompañar mientras el adolescente desarrolla recursos para transitarlo.

¿Y si también por eso tenemos menos hijos?

En este contexto aparece incluso una pregunta más amplia. Muchas personas postergan la maternidad y la paternidad o deciden no tener hijos por razones económicas, laborales, culturales y personales. Pero quizá también influya la percepción de que criar hoy se ha convertido en una tarea de enorme complejidad: acompañar redes sociales, controlar pantallas, prevenir consumos, atender la salud emocional, fomentar autonomía, poner límites y al mismo tiempo sostener las exigencias de la vida adulta.

Tal vez necesitemos recuperar algo de sencillez. Los padres no necesitan ser perfectos. Necesitan estar presentes, formarse, conversar, aprender y entender que no tienen que hacerlo solos.

Una nueva alianza entre adultos

Frente a los desafíos actuales, la respuesta no puede ser únicamente tecnológica. No habrá control parental capaz de reemplazar una conversación, ni algoritmo que sustituya un límite, ni colegio que pueda hacer solo lo que corresponde construir entre familia, comunidad educativa y sociedad.

¿Es más difícil educar a un hijo hoy? Probablemente sea diferente. El escenario es más rápido, más expuesto y más complejo, pero las necesidades esenciales de los adolescentes siguen siendo sorprendentemente parecidas: necesitan adultos presentes, afecto, límites, escucha, pertenencia y herramientas para enfrentar la frustración.

La tecnología cambió las formas, pero no esas necesidades. Quizá quienes debamos cambiar seamos nosotros: volver a aprender, volver a participar, ir a esa charla del colegio aunque estemos cansados, preguntar, escuchar y construir redes. Porque en una época en la que nuestros hijos están conectados como nunca antes, tal vez sean los adultos quienes necesiten volver a conectarse entre sí.

Lic. Adrián Dall’Asta

IG adriandallastaok

www.fundacionpadres.org

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