Hay que reconocerles una cosa: ya ni siquiera se gastan en disimular. Ayer, en el plenario de comisiones de la Cámara de Diputados, asistimos a una nueva función de ese teatro de revista en el que se ha convertido nuestro Poder Legislativo.
Los protagonistas de la velada fueron Alberto “Bertie” Benegas Lynch y Juan Grabois. El lamentable guión fue digno de un rincón de bar a las tres de la mañana.
Todo comenzó con una sutileza de salón. Benegas Lynch, en su rol de presidente del debate, le concedió el uso de la palabra a Grabois. El dirigente social, lejos de limitarse a un sobrio “gracias, señor presidente”, prefirió inaugurar la sesión con un goteo de ácido “Gracias, genio”.
Ese sutil “genio”, cargado de esa soberbia tan nuestra, fue la chispa que hizo saltar la térmica republicana. Benegas Lynch recogió el guante de inmediato y decidió que era un excelente momento para ventilar cuestiones de vestuario y arremetió: “Después nos encontramos en la calle vestidos de jean y zapatillas y me decís hola Bertie, y después acá te hacés el picante…”. Un planteo de una profundidad institucional que conmovería a los padres de la Patria.
La respuesta, por supuesto, estuvo a la altura del desafío. Grabois recogió el guante con la delicadeza de un camión de acopio: “Yo a vos no te saludé nunca. Ya estoy vestido de zapatillas y jean; si querés nos encontramos en un rato, no tengo problema (…). No te hagas el canchero, te queda bastante mal, sos bastante pelotudo”.
Increíble pero real. Dos dirigentes con pretensiones de estadistas, debatiendo el destino económico del país, terminaron midiéndose el ego a partir de una ironía barata e invitándose a pelear a la salida, como si estuviéramos en el patio de una escuela secundaria y no en el lugar donde se diseñan las leyes que rigen la vida de 46 millones de personas.
Lo verdaderamente trágico de estas escenas no es solo la chabacanería o el insulto fácil sino la alarmante devaluación del cargo. Pareciera que a muchos de nuestros representantes la banca les queda excesivamente grande. Confunden la representación popular con el minuto de fama en las redes sociales, y el argumento legislativo con el tuit más picante. El decoro republicano cotiza a la baja, y el griterío es la única moneda de cambio que conocen.
Al final del día, el chiste lo pagamos nosotros. En definitiva a estos profesionales del “acting” los elegimos y les financiamos el escenario con nuestros impuestos. Sería saludable exigirles un estándar un poco más alto que el del cordón de la vereda. Nuestro voto, el del ciudadano, debería ser un filtro de idoneidad, no una entrada preferencial para ver un cuadrilátero de bajísimo nivel.





