Hace más de veinte años comencé a recorrer colegios, clubes, empresas y espacios comunitarios hablando con padres sobre un fenómeno que, en aquel momento, parecía preocupar a pocos: la “previa”.
Muchos la consideraban una simple costumbre juvenil, una forma económica de empezar una salida entre amigos. Sin embargo, quienes trabajábamos diariamente con adolescentes y familias advertíamos que allí se estaba gestando un cambio profundo en la manera de vivir la diversión. La previa dejaba de ser un encuentro para convertirse, muchas veces, en un ritual cuyo objetivo principal era llegar al boliche ya intoxicado.
En aquellos años advertíamos que el consumo intensivo de alcohol antes de salir no era una moda pasajera. Era una señal de algo mucho más profundo: jóvenes que necesitaban desinhibirse químicamente para relacionarse, divertirse o sentirse parte del grupo.
Dos décadas después, esa realidad no desapareció. Por el contrario, se volvió mucho más compleja.
Hoy la previa sigue existiendo, pero ya no gira únicamente alrededor del alcohol. En muchos casos se le suma el consumo de marihuana y otras sustancias psicoactivas, configurando escenarios de mayor riesgo y de consecuencias mucho más difíciles de prever.
Al mismo tiempo, aparecieron nuevas formas de adicción que hace veinte años eran prácticamente inexistentes. Las apuestas online ingresaron silenciosamente a los hogares y hoy capturan a miles de adolescentes desde la pantalla de un teléfono celular. El vaping se instaló como una práctica aparentemente inofensiva, impulsada por diseños atractivos y sabores que seducen a los más jóvenes, generando una falsa percepción de seguridad.
La tecnología también modificó profundamente el acceso a la pornografía. Cada vez observamos un contacto más temprano con contenidos sexuales de extrema violencia o degradación, que terminan influyendo en la construcción de vínculos, en la forma de entender la sexualidad y, en algunos casos, favorecen conductas de abuso, cosificación o desórdenes sexuales en edades muy tempranas.
Lo más preocupante es que estos fenómenos rara vez aparecen de manera aislada.
Con frecuencia encontramos adolescentes que consumen alcohol, utilizan marihuana, realizan apuestas deportivas o juegos de azar desde el celular, vapean compulsivamente y permanecen durante horas expuestos a contenidos digitales que alteran su manera de pensar, sentir y vincularse. Cuando varias de estas conductas se combinan, el riesgo se multiplica.
Frente a este escenario, muchos padres se preguntan cuál es el principal problema. La respuesta, probablemente, sea que ya no existe uno solo. Hoy debemos comprender que las adicciones dejaron de ser exclusivamente el consumo de sustancias. Existen adicciones conductuales, digitales y emocionales que afectan el desarrollo de los jóvenes con la misma intensidad y, muchas veces, conviven entre sí.
La buena noticia es que la prevención continúa siendo posible. Pero requiere familias presentes, diálogo cotidiano, límites claros y adultos capaces de interesarse genuinamente por el mundo que habitan sus hijos. No alcanza con controlar un horario o revisar un teléfono. Es necesario recuperar la conversación, compartir tiempo y construir vínculos de confianza que permitan detectar a tiempo las señales de alarma.
Durante años hablamos de la previa porque representaba el síntoma más visible de un cambio cultural. Hoy debemos ampliar la mirada. La diversión adolescente atraviesa transformaciones profundas y los desafíos para las familias son mucho mayores que hace veinte años.
La pregunta ya no es únicamente qué consumen nuestros hijos antes de salir. La verdadera pregunta es qué necesidades, qué vacíos o qué presiones intentan aliviar mediante esas conductas.
Responder esa pregunta, antes de que lo hagan las adicciones, sigue siendo la tarea más importante que tenemos como adultos.






