Hay una paradoja que empieza a recorrer los pasillos de la Casa Rosada con la misma velocidad con la que alguna vez circuló el entusiasmo por Javier Milei. El Presidente que irrumpió en la política porque fue el único capaz de interpretar un cambio cultural profundo, el único que entendió antes que nadie el cansancio de una sociedad agotada de promesas incumplidas, parece comenzar a perder justamente aquello que lo hizo distinto: la capacidad de escuchar lo que ocurre fuera de los despachos oficiales. Gobernar nunca consistió solamente en tener razón sobre el diagnóstico; también exige advertir cuándo la realidad empieza a cambiar de temperatura. Y la política, como los viejos relojes de arena, casi nunca se rompe de golpe: primero deja de marcar el tiempo.
Las señales empiezan a acumularse. Ninguna, por sí sola, alcanza para anunciar una crisis; todas juntas, sin embargo, empiezan a dibujar un paisaje que el Gobierno haría bien en observar con menos soberbia intelectual y más sensibilidad política. La media sanción de una ley de Propiedad Privada que terminó convertida en una sombra de sí misma después de perder sus capítulos centrales, la sucesión de derrotas legislativas, las dudas de los propios aliados, el creciente malhumor social y la necesidad permanente de explicar reformas que nunca terminan de ser comprendidas revelan un fenómeno más profundo que un simple traspié parlamentario. Revelan un problema de conexión.
Porque una cosa es perder una votación y otra muy distinta es perder el relato. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con la discusión sobre la Ley de Tierras. Mientras el oficialismo intentaba hablar de inversiones, competitividad y desarrollo, buena parte de la sociedad terminó convencida de que se estaba discutiendo la venta de la Argentina. No importa, en términos políticos, quién tenía razón desde el punto de vista técnico. La política nunca premia al que tiene el mejor PowerPoint; premia al que consigue que la sociedad comprenda lo que intenta hacer. Y cuando un gobierno deja que sea la oposición quien le ponga el título a sus proyectos, generalmente ya empezó perdiendo la discusión.
Hasta Federico Sturzenegger, probablemente el funcionario con mayor densidad técnica del gabinete, terminó atrapado en esa lógica. El ministro parece convencido de que las buenas ideas tienen vida propia y que basta con exhibir sus beneficios para que la sociedad las abrace. La historia argentina demuestra exactamente lo contrario. Ninguna reforma importante prosperó únicamente porque fuera correcta. Todas necesitaron construir legitimidad. Las reformas económicas se parecen bastante a los trasplantes: no alcanza con que el órgano sea sano; el cuerpo también tiene que dejar de rechazarlo.
Y mientras la política discutía tierras, desalojos o expropiaciones, otro dato pasaba casi inadvertido, aunque probablemente sea mucho más importante que cualquier sesión parlamentaria. El Barómetro de las Religiones y las Creencias elaborado por la Universidad de Buenos Aires reveló que más de un tercio de los argentinos acudió durante el último año a una iglesia buscando ayuda. La mayoría encontró contención espiritual, pero casi la mitad reconoció que también buscaba alimentos, trabajo o asistencia económica. Es una fotografía extraordinariamente elocuente de la Argentina que empieza a emerger. Cuando las parroquias vuelven a convertirse en oficinas sociales, no estamos solamente frente a un fenómeno religioso; estamos frente a un síntoma político. Allí donde el Estado retrocede, la necesidad siempre encuentra otra puerta para golpear.
Quizás por eso algunos dirigentes del propio oficialismo comenzaron a pronunciar una palabra que hasta hace pocos meses parecía prohibida: bolsillo. Durante meses el Gobierno sostuvo que estabilizar la macroeconomía era condición suficiente para que el bienestar terminara derramándose sobre la sociedad. El problema es que la paciencia social tiene un reloj bastante más corto que los modelos económicos. La inflación descendió, es cierto, pero el consumo sigue sin levantar, el salario continúa corriendo detrás de las expectativas y el empleo privado todavía no consigue transmitir esa sensación de recuperación que el Gobierno prometía encontrar a la vuelta de la esquina.
No deja de ser llamativo que las advertencias ya no provengan únicamente de economistas críticos o de dirigentes opositores. Empiezan a escucharse dentro del propio universo libertario. Funcionarios, legisladores y gobernadores aliados admiten, con distintos niveles de preocupación, que la economía todavía no llega al mostrador. Porque los indicadores pueden mejorar mucho antes que el humor social, pero ninguna elección se gana con planillas de Excel. Los votos nunca salen del superávit fiscal; salen del changuito del supermercado.
Allí aparece otro riesgo que la Casa Rosada parece subestimar. Cuando la política empieza a pensar exclusivamente en la próxima elección, suele descuidar aquello que precisamente le permite ganarla: la gestión. Hoy toda la energía oficial parece concentrarse en la reelección de 2027. Es comprensible. Todo gobierno gobierna pensando también en conservar el poder. Lo preocupante sería que la estrategia electoral termine reemplazando la estrategia política. Porque una campaña puede organizarse desde una mesa de situación; la confianza, en cambio, se construye caminando la calle.
Las encuestas conocidas durante los últimos días agregan otro elemento que merece atención. Axel Kicillof aparece con mejor imagen que Javier Milei en la inmensa mayoría de los municipios del conurbano bonaerense. No significa necesariamente que el gobernador vaya a ganar una futura elección. Significa algo quizá más relevante: que la economía vuelve a partir electoralmente a la Argentina según el ingreso. Milei conserva fortaleza en los sectores donde la estabilidad ya se percibe; empieza a perder terreno donde el alivio todavía no llegó. Es una frontera mucho más peligrosa que cualquier interna partidaria.
Mientras tanto, algunos funcionarios siguen convencidos de que la comunicación resolverá lo que la realidad todavía no consigue resolver. Es una ilusión bastante frecuente en la política contemporánea. Ninguna estrategia de redes sociales puede reemplazar el alivio de una factura que baja, un salario que alcanza o un empleo que aparece. La realidad tiene la desagradable costumbre de no aceptar filtros.
Quizás el mayor desafío de Javier Milei ya no sea convencer a los mercados internacionales ni cosechar elogios en los foros económicos donde suele sentirse cómodo. El verdadero examen vuelve a estar donde comenzó toda esta historia: en esa sociedad que lo eligió porque creyó que alguien, por fin, había entendido su enojo. Gobernar consiste precisamente en eso: seguir escuchando incluso después de haber ganado.
Porque los gobiernos no suelen caer cuando dejan de hablar; empiezan a desgastarse cuando dejan de oír. Y en la Argentina, donde la esperanza siempre convive con la desilusión, el silencio del poder suele ser mucho más ruidoso que los gritos de la oposición. Ahí reside, acaso, la ironía más elegante de este tiempo: el Presidente que llegó prometiendo romper con la vieja política enfrenta ahora el desafío que derrotó a casi todos sus antecesores. Descubrir que la economía puede estabilizarse mucho antes que el ánimo de una sociedad. Y comprender, antes de que sea demasiado tarde, que los mercados celebran balances, pero los pueblos votan sensaciones.




