Durante décadas repetimos que la Argentina necesitaba convertirse en un país federal, hasta que la frase se gastó de tanto uso y quedó como esas consignas de spot institucional que nadie termina de creerse. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, algo de eso empieza a pasar de verdad. Las grandes inversiones ya no miran solamente al AMBA, empiezan a correrse hacia Vaca Muerta, el litio del norte, el cobre cordillerano y otras regiones que durante años quedaron relegadas por una mirada demasiado concentrada en Buenos Aires.
Que esto ocurra es una buena noticia, y no lo digo porque Buenos Aires tenga que resignar protagonismo, sino porque nunca tuvo sentido que un país de escala continental dependiera de un solo motor mientras el resto esperaba turno. Durante décadas aceptamos como normal que el interior produjera y la mayor parte del poder económico, político e institucional terminase concentrándose en el AMBA. Nunca fue un esquema equilibrado; simplemente fue el modelo al que nos acostumbramos.
Ahora que ese mapa empieza a moverse, aparece la pregunta que nadie parece querer responder: ¿qué lugar quiere ocupar la provincia de Buenos Aires en la Argentina que viene? Y cuando hablo de la provincia no hablo solamente del conurbano, que inevitablemente concentra la agenda política y mediática. Me refiero al enorme interior bonaerense que produce, exporta e innova sin reclamar demasiado protagonismo. Tandil, Pergamino, Junín, Bahía Blanca, San Nicolás, Olavarría, Tres Arroyos y tantos otros municipios sostienen buena parte de la economía real del país mientras siguen esperando que alguien piense el futuro con ellos y no solamente para ellos. Y ahí está el punto.
Mientras otras provincias empiezan a proyectar su crecimiento alrededor de la energía y la minería, el interior bonaerense necesita definir cuál será su propio motor de desarrollo. Su fortaleza no está bajo la tierra. Está en una identidad productiva construida durante décadas: en el campo, en los puertos, en la capacidad industrial de muchas de sus ciudades y en miles de pequeñas y medianas empresas que siguen sosteniendo las economías locales, casi siempre a pesar de la política y no gracias a ella. El potencial está. Lo que todavía no aparece con claridad es quién va a convertir ese potencial en una estrategia de desarrollo. Porque los cambios económicos no esperan a la política. Cuando la política reacciona, muchas veces las inversiones ya eligieron otro destino. Y los jóvenes también.
La escena se repite en demasiados pueblos del interior bonaerense. El hijo que se va a estudiar y ya no vuelve. El comercio que baja la persiana después de décadas. El productor que sabe que una ruta deteriorada también es una forma de perder competitividad. Municipios que hacen equilibrio para sostener servicios básicos. El problema ya no es solamente la falta de empleo. Es la sensación de que el futuro siempre está en otro lado. De eso se trata, en el fondo.
Celebro que las provincias crezcan. Eso es exactamente lo que significa construir un país más federal y con un desarrollo mejor distribuido. Pero esa misma lógica obliga a plantearse si existe hoy una estrategia para que el interior bonaerense sea protagonista del nuevo mapa productivo argentino o simplemente se espera que las oportunidades lleguen solas.
Sin lugar a dudas es una responsabilidad que el gobierno de Axel Kicillof no puede eludir. Más allá de la gestión cotidiana, la provincia necesita una visión clara: saber qué infraestructura priorizar, cómo generar condiciones para atraer inversiones y de qué manera va a acompañar a quienes producen, emprenden y generan empleo en el interior. Porque si el país está cambiando su eje de desarrollo, Buenos Aires no puede seguir actuando como si nada estuviera pasando.
Un país más equilibrado no consiste en que a una región le vaya peor para que otra pueda crecer. Consiste en que cada provincia encuentre su lugar, desarrolle aquello que mejor sabe hacer y tenga un proyecto propio. Ese debería ser el verdadero sentido del federalismo.
El cambio ya empezó y avanza sin pedir permiso. El punto ya no es si la Argentina va a cambiar su mapa productivo, ese proceso está en marcha. La incógnita es si la provincia de Buenos Aires piensa ocupar un lugar en ese futuro o si, una vez más, esperará a que el futuro la encuentre desprevenida de la mano de una política que prefiere negar la realidad antes que conducirla.





