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La inflación baja en el Excel, pero no en la vida: por qué los servicios siguen corriendo por delante del IPC

Hay una escena cada vez más frecuente en la economía argentina: el Gobierno celebra que la inflación baja, el INDEC confirma que el IPC de agosto fue del 1,7% y, unas horas después, llega una factura con la delicadeza de un ladrillo. No es una contradicción estadística. Es, precisamente, la diferencia entre que la inflación baje y que los precios bajen. En agosto, el nivel general aumentó 1,7%, pero los servicios subieron 2%, mientras los bienes avanzaron 1,4%. En doce meses, los servicios acumularon 41,8%, frente a 29,5% de los bienes y 33,5% del IPC general.

La primera corrección conceptual es importante: los servicios no están “bajando” porque la inflación sea menor. Están aumentando más lentamente o más rápidamente según el rubro. Y agosto mostró una economía partida en velocidades. La inflación núcleo —que excluye precios regulados y estacionales— fue de 1,8%, mientras los regulados treparon 2,2% y los estacionales retrocedieron 0,9%. Dicho de otra manera: una parte de la desaceleración del IPC vino de precios que bajaron y otra de bienes que aumentaron menos, mientras los regulados continuaron avanzando.

El problema está en la canasta que llega todos los meses

La división que mejor explica la distancia entre el discurso de la desinflación y la experiencia doméstica es Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, que aumentó 2,8% en agosto. Le siguieron Educación, con 2,5%; Salud y Bienes y servicios varios, con 2,4%; y Comunicación, con 2,3%. Incluso dentro de los servicios hay realidades distintas: Transporte aumentó 1,5%, por debajo del IPC.

¿Por qué ocurre esto? Porque una parte de estos precios no se determina todos los días como el de una remera importada o el de un electrodoméstico. Hay tarifas reguladas, contratos, salarios, alquileres y esquemas de actualización que responden a decisiones administrativas o a estructuras de costos diferentes. En agosto, el INDEC registró justamente una suba de 2,2% en los precios regulados, impulsada por electricidad, gas, transporte público y gastos de prepagas.

Y aparece aquí la primera gran paradoja argentina: desinflación no significa deflación. Que un servicio pase de aumentar 4% a aumentar 2% no significa que haya bajado; significa que sigue aumentando, pero a menor velocidad. La diferencia parece semántica hasta que llega la factura.

El segundo elemento es la recomposición tarifaria. Durante los últimos años hubo precios que permanecieron contenidos mediante subsidios, regulaciones o retrasos de actualización. Cuando esas variables comienzan a corregirse, pueden crecer bastante por encima de una inflación general que ya está bajando. El dato del IIEP-UBA/CONICET para el AMBA lo muestra con crudeza: una canasta de electricidad, gas, agua y transporte costó en agosto $289.622 para un hogar promedio sin subsidios. Fue 2,1% menor que en julio por el menor consumo estacional de energía, pero 54% mayor que un año atrás.

Hay algo casi literario en esa cifra: la familia consumió menos y gastó menos que el mes anterior, pero gastó mucho más que un año atrás. La factura bajó y, al mismo tiempo, se encareció. No es magia; es tarifa más consumo.

Cuánto aumentó cada sector frente a la inflación general

La comparación interanual permite ver dónde está instalada realmente la presión:

SectorSuba interanual a agostoDiferencia frente al IPC
Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles49,1%+15,6 puntos
Educación40,0%+6,5 puntos
Transporte38,2%+4,7 puntos
Comunicación36,8%+3,3 puntos
Restaurantes y hoteles34,6%+1,1 puntos
Salud33,2%-0,3 puntos
IPC general33,5%

Fuente: INDEC.

La fotografía deja pocas dudas. Vivienda aumentó casi 16 puntos más que el promedio de la economía; Educación, seis puntos y medio; Transporte, casi cinco. No todos son servicios puros, porque algunas divisiones incluyen componentes mixtos, pero sirven para identificar dónde continúa concentrándose el aumento de precios.

Y si se mira específicamente la canasta de servicios públicos del AMBA, la brecha es todavía mayor. En agosto, el transporte representó el 43% de esa canasta y costó $123.726 mensuales; la electricidad, $61.308; el gas, $61.613; y el agua, $42.975. En términos interanuales, esos componentes registraron aumentos de 69%, 50%, 43% y 38%, respectivamente.

Hay que hacer aquí otra aclaración fundamental: ese 54% no es la inflación de los servicios en todo el país, sino la evolución de una canasta específica de servicios públicos del AMBA y, además, para un hogar promedio sin subsidios. Mezclar ambas mediciones sería comparar peras con medidores de luz. Pero la diferencia resulta útil porque explica por qué la percepción cotidiana puede ser bastante más dura que el IPC general.

El costo que no aparece en el supermercado

La economía argentina está atravesando una transición en la que los bienes enfrentan una competencia más intensa y una demanda que limita la capacidad de trasladar costos, mientras muchos servicios conservan mecanismos propios de actualización. La apertura comercial, por ejemplo, ayuda a contener algunos bienes: en agosto, indumentaria y calzado cayó 0,6%, mientras recreación y cultura no registró variación.

Los servicios, en cambio, tienen una composición distinta. Un colegio no importa alumnos. Un alquiler no puede descargarse de un contenedor. Un viaje en colectivo necesita combustible, salarios y mantenimiento. Una empresa de salud tiene que pagar profesionales, medicamentos y estructura. Y una tarifa energética incorpora costos de generación, transporte, distribución y decisiones regulatorias.

Eso explica parte de la rigidez descendente: los precios de los servicios suelen tener más dificultades para acompañar hacia abajo una desaceleración del IPC. No porque tengan una ley propia contra la estabilidad, sino porque detrás de ellos hay costos internos y contratos que no reaccionan con la misma rapidez que los bienes transables.

El propio comportamiento del INDEC muestra que la tendencia todavía no está completamente consolidada. La inflación núcleo permaneció en 1,8%, mientras los analistas del REM de agosto habían esperado 1,7% para ese componente.

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