InicioOpiniónLa política ya sacó la calculadora

La política ya sacó la calculadora

Karina Milei tiene ahora una urgencia adicional: acordar con los gobernadores. La discusión electoral dejó de ser una conversación para después de las elecciones y se convirtió en una carrera contra el calendario. Las PASO, la posibilidad de modificarlas o suspenderlas y las reglas con las que se jugará la próxima elección necesitan definiciones antes de que el tiempo termine convirtiéndose en otro adversario del Gobierno.

Por eso la Casa Rosada mira a las provincias con una atención que hasta hace poco estaba reservada para el Congreso. Hay gobernadores que tienen sus propios problemas, sus propios intereses y, sobre todo, sus propios calendarios. Algunos no tendrán posibilidad de reelegirse en 2031 y saben que después de abandonar el poder provincial deberán convivir con quien gane la próxima elección nacional. En política, esa perspectiva puede modificar hasta las convicciones más sólidas.

No se trata necesariamente de una cuestión ideológica. La ideología suele ocupar un lugar importante en los discursos, pero bastante menos cuando llega la hora de hacer las cuentas. Para algunos mandatarios, un acuerdo con Milei puede significar una forma de atravesar los próximos años con mayor margen de maniobra. No porque el Gobierno nacional les dé todo lo que necesitan, sino porque el escenario que podría aparecer después tampoco parece demasiado atractivo. De todos modos los mandatarios demoran el acercamiento, porque quieren ver como se mueve la economía. Lo tratarán de estirar lo más que se pueda. En muchos de ellos, hay mas dudas que certezas para atarse al oficialismo nacional. Las bases provinciales le reclaman.

Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro, Rogelio Frigerio, Marcelo Orrego e Ignacio Torres aparecen dentro de ese universo de gobernadores que deberán decidir cuánto se acercan, cuánto se alejan y cuánto necesitan del poder central. La negociación tiene una lógica sencilla: el Gobierno necesita votos y los gobernadores necesitan preservar su territorio. Algunos de ellos, piensan en un espacio nuevo.

La fórmula es casi tan vieja como la política. El oficialismo puede evitar determinadas disputas provinciales y los gobernadores pueden acompañar iniciativas nacionales. Se habla de acuerdos, de gobernabilidad, de diálogo institucional. Son palabras elegantes para describir algo bastante más concreto: nadie quiere quedarse solo cuando empiece la próxima tormenta.

Karina Milei lo sabe. También lo sabe Javier Milei. Y los gobernadores, seguramente, lo saben mucho mejor.

Por eso París puede terminar siendo bastante más que una fotografía internacional, una reunión con empresarios o una agenda de inversiones. Puede convertirse en una mesa política sin mantel visible. Una docena de gobernadores junto al Presidente, en una ciudad acostumbrada a las grandes negociaciones, tiene algo de postal diplomática y bastante de reunión de consorcio: todos sonríen para la foto, pero cada uno llega con una lista de reclamos debajo del brazo.

La interna del Gobierno agrega otro condimento. Santiago Caputo aparece alineado con Javier Milei y Luis Caputo en la defensa del rumbo económico, mientras Karina concentra buena parte de la construcción política y de la relación con gobernadores y sectores aliados. No necesariamente son dos gobiernos dentro de un Gobierno. Son, quizás, dos necesidades diferentes de una misma administración: sostener el programa económico y, al mismo tiempo, construir la arquitectura política que permita sostenerlo.

Porque gobernar es una cosa. Ganar una elección es otra. Y conseguir que ambas cosas ocurran al mismo tiempo es, en la Argentina, casi una especialidad de prestidigitador.

El oficialismo todavía analiza distintas alternativas para las PASO. Una posibilidad es ir directamente a las elecciones nacionales, eventualmente con colectoras. Otra es conservar una instancia de primarias, pero sin obligatoriedad. El peronismo necesita una herramienta que le permita ordenar su propia interna y el Gobierno, en cambio, busca evitar que Javier Milei tenga que exponerse a una competencia que pueda terminar funcionando como una medición anticipada de fuerzas.

Y mientras Karina cuenta gobernadores, el peronismo cuenta candidatos.

Axel Kicillof decidió acelerar. Sergio Massa eligió otro ritmo. La diferencia no es menor. Kicillof se muestra, habla, recorre, construye y utiliza cada escenario disponible para proyectarse más allá de la provincia de Buenos Aires. Massa, en cambio, parece entender que una carrera demasiado larga también puede dejar al corredor sin piernas antes de llegar a la meta.

La provincia de Buenos Aires vuelve a ser el gran escenario de esa disputa. Jorge Ferraresi, Julio Alak, Fernando Espinoza, Gabriel Katopodis, Carlos Bianco y Andrés Larroque aparecen entre los nombres que podrían entrar en la conversación del lado de Kicillof. También están los del lado de Cristina y de los Intendentes. Máximo habla en nombre de su madre. Hay una regla que parece sencilla: será candidato quien mejor mida cuando llegue la hora de definir.

La frase parece inocente, pero en realidad es una pequeña guerra civil envuelta en una estadística. Todos pueden medir. Todos pueden tener estructura. Todos pueden tener territorio. Lo difícil es que todos acepten que otro mida mejor.

Kicillof aprovechó Nueva York para mostrar una dimensión nacional de su proyecto. Se reunió con Zohran Mamdani, con Pedro Sánchez, con empresarios e inversores y llevó al exterior un discurso completamente diferente al de Milei. Mientras el Presidente reivindica la apertura económica y la ortodoxia fiscal, el gobernador bonaerense cuestiona la primarización y advierte sobre el destino de los recursos estratégicos.

Milei fue a Nueva York a mostrarle al mundo su modelo. Kicillof fue a Nueva York a mostrarle a la Argentina que tiene otro modelo.

Dos argentinos en la misma ciudad, mirando hacia el mismo país desde ventanas diferentes.

Massa, entretanto, se mueve por debajo del ruido. Reúne jóvenes dirigentes, conversa con sectores del peronismo, trabaja sobre la unidad y evita cerrar demasiado pronto una candidatura. Tal vez porque todavía no sabe si será candidato. Tal vez porque sabe que en política quien anuncia demasiado temprano una carrera puede terminar llegando primero al lugar equivocado.

Todos están mirando algo distinto.

Mauricio Macri también volvió a escena, y dejó claro que el partido no quiere desaparecer detrás de La Libertad Avanza. Acompaña al Gobierno en determinadas discusiones, pero conserva diferencias y busca recuperar una identidad propia. Macri reconoció la velocidad con la que Milei consiguió el equilibrio fiscal, aunque cuestionó la calidad del superávit, la infraestructura, las obras y los equipos de gestión.

Macri sabe que la política argentina puede ser generosa con los espacios que conservan una silla propia. Pero también sabe que puede ser despiadada con aquellos que esperan demasiado tiempo para decidir dónde sentarse.

Y entonces aparece la economía. Esa vieja costumbre argentina de arruinar cualquier relato político con una planilla de números.

Los últimos datos muestran una realidad incómoda. La pobreza llegó al 32,3% durante el primer semestre y la indigencia al 7,5%. La actividad económica cayó 1,4% interanual en julio y 2,9% respecto de junio. Los salarios registrados, es cierto, volvieron a ganarle a la inflación en julio, pero esa mejora mensual no alcanza para borrar el deterioro acumulado.

Ahí está la paradoja.

El Gobierno puede mostrar variables que mejoran y, al mismo tiempo, una sociedad que todavía no siente que la mejora haya llegado con la misma velocidad. La macroeconomía puede comenzar a acomodarse mientras la economía doméstica sigue caminando con los zapatos mojados.

El consumo masivo volvió a caer, aunque menos que en los meses previos. La actividad tiene sectores que avanzan y otros que retroceden. Y la pobreza volvió a subir.

La economía, como siempre, se niega a ser completamente oficialista o completamente opositora. Tiene esa desagradable costumbre de entregar datos buenos y malos en la misma bandeja.

El riesgo país también hizo su aporte a la conversación. Superó los 600 puntos y volvió a instalar una señal de alerta. Allí se mezclan los vencimientos futuros, las reservas, el comportamiento de los bonos, la actividad económica y las dudas políticas sobre lo que ocurrirá después de 2027.

El mercado, en definitiva, también vota. No en las urnas, naturalmente, sino con precios.

Y cuando los inversores empiezan a mirar más allá de la próxima elección, la política descubre que el futuro puede cotizarse mucho antes de que llegue.

El Gobierno puede explicar una transición. Puede hablar de herencia, de ajuste, de transformación estructural. Puede sostener que los resultados llegarán después. Pero hay una pregunta que ninguna conferencia de prensa consigue responder del todo: ¿cuánto tiempo puede esperar una familia para que el futuro deje de ser futuro?

Y mientras tanto, en otra parte del escenario, hay una pelea que empieza a levantar temperatura y que todavía conviene mirar desde cierta distancia: la de Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino.

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