Por Marcela Falasca. Directora de Relaciones Institucionales de la Federación Argentina de Destilados y Aperitivos
En Argentina, el consumo de alcohol forma parte de la vida social adulta, pero cuando se trata de menores de edad, la evidencia es clara: cuanto más temprano se inicia el consumo, mayores son los riesgos a corto y largo plazo. Por eso, la prevención no puede empezar tarde. Empieza mucho antes de lo que solemos pensar.
Distintos estudios nacionales, como los relevamientos del Observatorio Argentino de Drogas (dependiente de la SEDRONAR), muestran que una proporción significativa de adolescentes ha probado alcohol antes de los 15 años. Además, el consumo episódico excesivo —conocido como “consumo en atracón”— sigue siendo una preocupación en edades cada vez más tempranas.
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Las decisiones de los chicos están profundamente influenciadas por su entorno. Familia, escuela y comunidad construyen lo que se percibe como “normal”. Uno de los principales desafíos es, justamente, desarmar la idea de que “todos toman”. La evidencia indica que los adolescentes suelen sobreestimar el consumo de sus pares, lo que aumenta la presión social. Cuando esa percepción se corrige, el consumo disminuye.
En este contexto, el rol de los adultos es decisivo. Aunque muchas veces se crea que los amigos son la principal influencia, diversos estudios muestran que la familia sigue siendo el factor más importante en las decisiones vinculadas al alcohol. Las reglas claras, la comunicación y el ejemplo cotidiano tienen un impacto directo.
Hablar del tema no implica grandes discursos. Por el contrario, las conversaciones más efectivas suelen darse en lo cotidiano, con preguntas abiertas que inviten a reflexionar: “¿Qué harías si te ofrecen?”, “¿Qué opinás del alcohol?”. Escuchar sin juzgar es tan importante como orientar.
También es clave establecer límites claros. Mensajes ambiguos como “un poco no hace nada” pueden generar confusión. En cambio, cuando los adultos expresan de manera consistente que el consumo no está permitido en menores, se reducen significativamente las probabilidades de inicio temprano.
La coherencia entre familias es otro punto fundamental. Cuando los adultos comparten criterios —por ejemplo, no permitir alcohol en reuniones de chicos o garantizar supervisión— se reduce la presión social y se fortalecen los acuerdos. En este sentido, las escuelas pueden cumplir un rol articulador clave, generando espacios de diálogo y construcción colectiva.
Por supuesto, nada de esto implica controlar cada aspecto de la vida de los hijos. Se trata de acompañar, generar confianza y ofrecer herramientas para que puedan tomar decisiones saludables cuando enfrenten situaciones reales.
El ejemplo también cuenta. Los chicos observan cómo los adultos se relacionan con el alcohol: cuándo, cómo y por qué consumen. Esa observación cotidiana construye referencias mucho más fuertes que cualquier recomendación.
Desde la Federación Argentina de Destilados y Aperitivos creemos que la prevención del consumo en menores es una responsabilidad compartida. Promover un consumo responsable en adultos implica, también, ser firmes en un mensaje claro: a los Menores Ni Una Gota.
Prevenir no es reaccionar cuando el problema aparece. Es generar, desde temprano, las condiciones para que los chicos puedan elegir mejor. Y en ese camino, el compromiso de los adultos no solo es importante: es indispensable.






