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Malvinas, la Justicia y Massa: tres movimientos de un tablero que ya empezó a mirar hacia 2027

Hay semanas en las que la política argentina parece empeñada en demostrar que la casualidad es una categoría demasiado ingenua para explicar lo que ocurre. Y ésta tiene algo de eso. Primero apareció Malvinas, después la Justicia y, casi sin pedir permiso, Sergio Massa comenzó a caminar otra vez por el territorio donde la política argentina suele confundir las intenciones con las candidaturas hasta que un día descubre que aquella intención ya tiene cartel, pasacalles y dirigentes haciendo fila. Tres escenas distintas, tres movimientos aparentemente desconectados, pero unidos por una misma pregunta: quién está acomodando las piezas mientras todos miramos el tablero.

Empecemos por Malvinas, porque allí hubo una señal que merece ser observada con algo más de atención que la que permiten los titulares de una tarde. El lunes, una pregunta formulada a Donald Trump desde el universo mediático de la derecha británica abrió una puerta que hasta entonces parecía cerrada con siete llaves: el presidente norteamericano volvió a dejar abierta la posibilidad de revisar la posición histórica de Washington sobre las islas. No fue exactamente una declaración surgida de la nada ni una improvisación romántica sobre el Atlántico Sur. Trump venía utilizando a Londres como parte de su propio reclamo para exigir mayor compromiso militar y financiero, y en ese tablero apareció la cuestión Malvinas como una pieza inesperadamente útil. Tres días después, Javier Milei se plantó frente a las cámaras para hablar de soberanía, sanciones, petróleo y una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego. La coincidencia temporal es demasiado grande como para mirarla con los anteojos de la ingenuidad: la Casa Blanca movió una pieza, Buenos Aires respondió y Londres entendió inmediatamente que el juego había cambiado de tono.

El anuncio de Javier Milei sobre las empresas vinculadas con la explotación hidrocarburífera en las Islas Malvinas tiene la contundencia del gesto y la fragilidad de la distancia. El Gobierno argentino endurece las sanciones y penas contra quienes participen de una actividad que considera ilegal y vuelve a poner sobre el mostrador la cuestión de la soberanía, como quien desempolva una bandera que nunca dejó de flamear. Pero mientras Buenos Aires anuncia castigos, Sea Lion sigue avanzando hacia su primer barril de petróleo. Y allí aparece la paradoja, esa vieja criatura de la política internacional que suele esconderse detrás de los comunicados: cuando el recurso comienza a convertirse en negocio, la protesta corre el riesgo de llegar siempre un poco después.

El petróleo, además, tiene la desagradable costumbre de no esperar discursos. No entiende de calendarios electorales, de conferencias de prensa ni de frases inflamadas. Sale de la tierra —o del mar— cuando las inversiones, las plataformas y las decisiones técnicas han hecho su trabajo. Por eso el planteo de Jorge Argüello introduce una pregunta incómoda que excede al Gobierno de turno: ¿qué sentido tiene endurecer las sanciones puertas adentro si la explotación que se busca frenar ocurre puertas afuera?

Argentina ha reaccionado durante años con leyes, sanciones, inhabilitaciones y protestas diplomáticas. Sin embargo, el proyecto sobrevivió, creció y ahora tiene fecha para producir. Tal vez allí esté la verdadera lección de esta historia: el primer barril no se detiene con un decreto argentino. Se detiene —o se condiciona— con diplomacia, Derecho Internacional y una estrategia capaz de llevar la discusión hasta los lugares donde la soberanía deja de ser una declaración y empieza a jugarse como una cuestión de poder. El Gobierno probablemente sabe que estos anuncios pueden reposicionar al Presidente en un momento económico delicado. Pero también hay una incómoda verdad electoral: quienes se oponen a Milei difícilmente cambien de opinión por un discurso sobre Malvinas, mientras quienes lo apoyan seguirán haciéndolo.

Lo bueno de todo esto, es que el anuncio de continuar con la construcción de la base en Tierra del Fuego, que Milei había suspendido, es que logra el apoyo de todo el arco político. Todos de acuerdo. Casi de cuentos.

La segunda escena es menos épica y bastante más delicada, porque sucede en ese lugar donde los micrófonos deberían entrar con los zapatos lustrados y la política debería quedarse afuera: la Justicia. Durante años, el kirchnerismo fue acusado de influir sobre los tribunales mediante una lógica ideológica y una concepción del poder en la que la independencia judicial parecía muchas veces una incomodidad administrativa. Ahora el método parece tener otra estética. Ya no se discute tanto la ideología de los magistrados como la arquitectura de los nombramientos y la selección estratégica de los tribunales que deberán revisar las causas de corrupción que inevitablemente alcanzarán al poder de turno.

Y ahí aparecen Pablo Bertuzzi y Pablo Yadarola, dos nombres que quedaron bajo una lupa particularmente intensa por una razón temporal difícil de ignorar. Llegaron a posiciones de enorme relevancia con el acuerdo político correspondiente y, casi inmediatamente, protagonizaron movimientos judiciales que fueron leídos como favorables al oficialismo. En el caso de Yadarola, además, la escena tiene un ingrediente que parece escrito por un guionista con demasiado sentido del humor: el juez archivó, en su último día en el fuero Penal Económico, la causa por las valijas del vuelo privado vinculado a Leonardo Scatturice (si te gusta la trama del poder, no te lo podes perder), y, al día siguiente, quedó formalizado su desembarco en la Cámara Federal. La coincidencia temporal no prueba por sí misma una relación causal, pero en política las coincidencias demasiado prolijas siempre terminan pidiendo una explicación.

Y mientras tanto, en la Cámara Federal porteña, la causa $Libra recibió una decisión que también benefició la posición del oficialismo al confirmar el apartamiento de querellantes. Otra vez, no se trata de afirmar que un fallo judicial sea políticamente incorrecto por el solo hecho de favorecer al Gobierno. De eso se trata justamente una democracia: los jueces fallan según el expediente y no según las simpatías del poder. El problema empieza cuando los movimientos de designación, los tiempos de las resoluciones y la concentración de decisiones estratégicas comienzan a formar una coreografía demasiado sincronizada. Porque el liberalismo, si quiere ser verdaderamente liberal, tiene una obligación que excede la defensa del mercado: respetar la división de poderes, tolerar el periodismo de investigación y aceptar que una Justicia independiente puede ser bastante incómoda para quien gobierna. En rigor, ésa es la prueba.

Y la tercera escena llega desde el peronismo bonaerense, donde Sergio Massa parece haber entendido algo que en política vale casi tanto como un buen resultado electoral: no siempre hace falta anunciar una candidatura para empezar a construirla. El exministro se reunió con dirigentes, recibió intendentes, conversó con referentes y activó nuevamente el aparato del Frente Renovador en la provincia. La posibilidad de un esquema de unidad, con dos candidatos presidenciales en una interna y una sola figura para la gobernación bonaerense por el otro, comenzó a circular con insistencia. La famosa “Y”. Por ahora, es apenas una hipótesis. Pero las hipótesis en política tienen una costumbre saludable: cuando encuentran dirigentes dispuestos a discutirlas, dejan de ser solamente hipótesis.

Massa, mientras tanto, hace lo que mejor saben hacer quienes conocen el oficio: no apura el anuncio, apura el movimiento. Y en los próximos días la Liga de Intendentes bonaerenses, según trascendió, podría sentarse con él para plantearle una idea que encaja perfectamente con ese esquema: que el próximo candidato a gobernador salga de un municipio. Allí aparece nuevamente Massa, no necesariamente como el candidato, pero sí como uno de los hombres que puede ayudar a construir al candidato. Y ésa quizá sea su verdadera fortaleza en esta etapa: mantener abiertas todas las puertas mientras los demás empiezan a cerrarlas.

“Si hay que poner el pecho, se va a poner”, dijo Massa. La frase tiene la virtud de no decir demasiado y, justamente por eso, decir bastante. En la Argentina electoral, muchas veces una candidatura empieza cuando un dirigente deja de decir que no quiere ser candidato. Y Massa, que conoce ese mecanismo como pocos, ya parece haber pasado esa frontera invisible.

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