Hay personas que hicieron todo “bien”.
Cumplieron. Se adaptaron. Tomaron decisiones coherentes. Siguieron el camino esperado.
Estudiaron lo que había que estudiar.
Trabajaron donde había que trabajar.
Sostuvieron lo que había que sostener.
Desde afuera, nada parece desordenado.
Sin embargo, en algún momento aparece una pregunta que no es tan fácil de responder:
¿qué quiero yo?
Y ahí empieza la incomodidad.
No porque no haya opciones, sino porque no hay registro.
No aparece una respuesta clara, ni siquiera una intuición.
Eso no es casual.
Cuando durante mucho tiempo se prioriza lo que “corresponde”, lo que “hay que hacer” o lo que otros esperan, el deseo empieza a quedar en segundo plano. No desaparece, pero se debilita, pierde fuerza y deja de ser una referencia confiable.
En su lugar, aparece otra lógica: la de la repetición.
Se repiten decisiones que ya funcionaron.
Se sostienen caminos conocidos.
Se eligen opciones que garantizan continuidad, aunque no generen conexión.
Y en ese movimiento, la vida sigue avanzando, pero cada vez con menos registro interno.
La repetición da seguridad. Ordena. Evita el error.
Sin embargo, también puede volverse una forma de no preguntarse demasiado.
Porque preguntarse implica abrir algo.
Implica reconocer que tal vez lo que se viene haciendo ya no alcanza.
Implica asumir que no todo está tan claro como parecía.
Por eso, muchas personas llegan a un punto donde todo está en orden, pero algo no cierra.
No hay crisis evidente.
No hay un problema concreto.
Hay, más bien, una desconexión.
La dificultad no está en elegir entre opciones, sino en saber desde dónde elegir.
Cuando el deseo no está disponible, las decisiones se toman desde la lógica, la costumbre o la expectativa. Funcionan, pero no necesariamente representan.
Y eso se empieza a sentir.
A veces como desmotivación.
Otras veces como incomodidad.
O como una sensación difícil de explicar: estar viviendo algo que no termina de ser propio.
En ese contexto, forzar una respuesta no ayuda.
Tampoco sirve apurarse a “definir qué quiero”.
El trabajo empieza en otro lugar.
Empieza por registrar.
Por hacer espacio.
Por permitir que aparezca algo distinto de lo esperado.
Volver a conectar con el deseo no es inmediato. Requiere tiempo, honestidad y, muchas veces, atravesar cierta incomodidad.
Porque el deseo no siempre coincide con lo correcto,
ni con lo esperado,
ni con lo que se venía haciendo.
Sin embargo, es lo que permite construir una vida con mayor coherencia interna.
Por eso, más que preguntarte qué deberías hacer ahora, tal vez valga la pena empezar por algo más simple —y más desafiante a la vez—:
¿Cuánto de lo que estoy sosteniendo hoy responde a lo que quiero… y cuánto a lo que aprendí que tenía que hacer?
Esa diferencia, aunque al principio sea sutil, puede cambiar la dirección de muchas decisiones.
Nos encontramos en la próxima nota.
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