El río, en los días soleados, parece otra cosa. No es ese marrón sospechoso que uno mira de reojo desde la costanera cuando el cielo está gris y el viento te despeina. No: en esos días de sol pleno, el agua brilla como si tuviera buenas intenciones. La gente se acerca con una fe que roza lo religioso: reposeras, lonas, heladeritas, parlantes que nadie pidió… Todo invita a creer que ahí, justo ahí, se puede descansar.
Mi problema, como siempre, es la gente.
Ir al río es, en teoría, un plan tranquilo. Te sentás, mirás el agua, fingís que estás de vacaciones aunque al día siguiente tengas que levantarte temprano; pero hay algo que nadie te dice: el río es territorio hostil. Especialmente si hay una pelota de fútbol en un radio de veinte metros.
Es algo que no falla nunca: podés elegir el lugar con precisión quirúrgica, analizar el terreno, detectar grupos sospechosos, calcular trayectorias posibles… Igual, en algún momento, una pelota va a aparecer de la nada y te va a pegar en la cabeza.
No es un golpe fuerte ni tampoco dramático. Es peor: es humillante.
La última vez que me pasó, intenté mantener la compostura. Esa dignidad frágil que uno lleva en los espacios públicos. Me toqué la cabeza, miré alrededor como si nada, como si ese pelotazo no hubiera redefinido completamente mi tarde y hubiese visto estrellitas de colores.
Pero claro, siempre hay un “Uh, perdón” gritado desde lejos, acompañado de un grupo de pibes que ni siquiera frenan el partido. Uno levanta la mano, medio culpable, pero ya está corriendo de nuevo. La pelota vuelve a circular. Vos quedás ahí, recalculando tu existencia.
Después viene la segunda vez (porque siempre hay una segunda vez; y tampoco hay dos sin tres).
Ahí ya no hay dignidad que sostener. Empezás a anticipar el golpe. Cada grito, cada corrida, cada “¡Pasala!” se convierte en una amenaza concreta. No estás mirando el río: estás vigilando. Te convertís en una especie de guardia de seguridad de tu propia cabeza.
Lo peor es que nadie se va. Nadie dice “Che, capaz no da jugar al fútbol en un lugar lleno de gente tirada en el piso…” El partido sigue, crece, se intensifica como si fuera la final de la Copa Libertadores. Se suman más jugadores, más pelotas, más caos. En algún momento hay dos partidos superpuestos, tres si te descuidás. El río pasa a ser un detalle de fondo.
Yo intenté adaptarme. Cambiar de lugar, alejarme, buscar zonas más “tranquilas”. Error. Siempre hay una pelota. Es como si el río tuviera un imán específico para atraerlas. Podés caminar quinientos metros, encontrar un espacio vacío, instalarte con esperanza… Y a los
diez minutos aparece un grupo nuevo con la misma idea brillante: jugar al fútbol en el único lugar donde la pelota inevitablemente va a terminar impactando en un desconocido.
La cuarta vez, ya resignada, ni siquiera me enojé. Recibí el pelotazo, levanté la vista y asentí, como quien acepta una ley natural. El chico que pateó vino a buscar la pelota, esta vez más cerca. “Perdón”, me dijo, con una sonrisa incómoda. “Todo bien”, le contesté.
Y era verdad. Porque en ese momento entendí algo: el río no es para descansar. Es un escenario. Un lugar donde uno va a ver hasta dónde puede tolerar la convivencia humana sin perder completamente la paciencia.
Igual, el sol estaba lindo. Por un rato, entre pelotazo y pelotazo, el agua seguía brillando como si nada. Como si no tuviera absolutamente nada que ver con todo eso y no fuera testigo de mi lento descenso hacia la locura.





