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¿Hasta cuándo el UPD?

Cuando los adultos confunden acompañar con habilitar

Cada inicio de ciclo lectivo vuelve la misma escena y el mismo libreto: adolescentes que no duermen, consumen alcohol en exceso, se descontrolan durante la madrugada y luego ingresan a la escuela en una situación festiva que nada tiene que ver con una institución educativa. Todo esto bajo una etiqueta que suena simpática y hasta moderna: UPD, Último Primer Día.

La pregunta es simple y, a la vez, incómoda: ¿hasta cuándo vamos a seguir llamando acompañamiento a lo que, en realidad, es habilitación?

Porque seamos honestos. El objetivo del UPD no es simbólico, no es pedagógico, no es emocionalmente profundo. El objetivo es claro y compartido por quienes lo organizan: alcoholizarse, descontrolarse y transgredir. No hay épica escondida. No hay misterio. No hay doble lectura.

Celebrar lo que no se terminó

Hay algo intrínsecamente absurdo en la lógica del UPD: se celebra el inicio de algo que todavía no se logró. En cualquier ámbito de la vida —el trabajo, el deporte, el estudio— se celebra el cierre, el objetivo alcanzado, el esfuerzo concluido. Nadie festeja un campeonato antes de jugarlo. Nadie brinda por un título antes de rendir los exámenes.

Entonces, ¿por qué naturalizamos que adolescentes que aún tienen un año entero por delante celebren como si ya hubieran llegado a la meta? No es una celebración: es una distorsión del sentido del logro.

Y esa distorsión no nace en los chicos. Nace en los adultos que la validan.

No es un ritual, es un mal hábito

En los últimos años apareció otra palabra que intenta embellecer lo que no lo es: ritual. Se habla del UPD como si fuera un rito de paso, algo que hay que respetar, cuidar y acompañar.

Pero un ritual no es cualquier conducta repetida en el tiempo.
Un ritual ordena, da sentido, marca un pasaje con límites claros, protege. Un ritual no expone al riesgo ni necesita del descontrol para existir.

Lo que se repite y se sostiene en el tiempo sin sentido, sin límites y con daño no es un ritual: es un pésimo hábito. Y que algo se haya sostenido durante años no lo vuelve valioso; muchas conductas nocivas también se sostienen durante décadas hasta que alguien se anima a cuestionarlas.

¿Acompañar qué, exactamente?

Aquí aparece una de las frases más repetidas —y menos pensadas— del discurso adulto actual:
“Los adultos tenemos que acompañar”.

¿Acompañar qué?
¿Quedarnos al lado mientras se alcoholizan?
¿Mirar cómo entran en situaciones de riesgo?
¿Ser testigos pasivos de conductas que los alejan de la mejor versión de sí mismos?

Acompañar no es mirar en silencio.
Acompañar no es callar por miedo al conflicto.
Acompañar no es renunciar al rol adulto para no quedar mal.

Resulta francamente preocupante escuchar a profesionales de la salud mental, figuras mediáticas y referentes con miles de seguidores justificar lo injustificable con consignas vacías. Eso no es empatía: es negligencia disfrazada de modernidad.

El miedo adulto a prohibir

Tal vez la pregunta más incómoda sea esta:
¿por qué nos da tanto miedo prohibir algo que sabemos que les hace daño?

¿Qué nos pasa a los adultos con la palabra prohibir?
¿Por qué la asociamos automáticamente con autoritarismo y no con cuidado?
¿Por qué creemos que poner un límite es retroceder, cuando en realidad es asumir responsabilidad?

Prohibir no es castigar.
Prohibir no es dejar de amar.
Prohibir, muchas veces, es proteger cuando el otro todavía no puede hacerlo solo.

Los adolescentes no necesitan adultos “buena onda”. Necesitan adultos claros, firmes y presentes. Adultos que se animen a decir “no” cuando el “sí” es más cómodo pero profundamente dañino.

Animarse a pensar distinto

El UPD no es inevitable. No es natural. No es un derecho adquirido. Es una construcción cultural sostenida por adultos que prefieren no incomodar antes que cuidar.

Tal vez haya llegado el momento de hacernos cargo.
De dejar de celebrar lo que no se terminó.
De dejar de llamar ritual a lo que es un mal hábito.
Y, sobre todo, de animarnos a prohibir cuando prohibir es un acto de amor y responsabilidad.

Porque educar no es seguir la corriente.
Educar es, muchas veces, ir en contra cuando sabemos que el rumbo está equivocado.

IG adriandallastaok / www.fundacionpadres.org

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