En las últimas semanas, algo se volvió imposible de ignorar en Argentina: el deterioro del lazo social, el aumento de la agresividad cotidiana y una profunda fragilización de la salud mental colectiva. No se trata de hechos aislados ni de “sensaciones”. Se trata de consecuencias.
Vivimos en una época donde se insiste en que todo es responsabilidad individual: si no llegás, es porque no te esforzaste; si estás mal, es porque no vibraste alto; si sufrís, es porque lo atraés. Esta narrativa, tan difundida por ciertas corrientes New Age, no solo es falsa: es profundamente violenta.
La salud mental no se construye en el vacío. Se construye —o se erosiona— en contextos concretos, materiales, simbólicos. Nadie puede sostener equilibrio psíquico cuando no tiene garantizadas condiciones mínimas de dignidad: trabajo posible, descanso, acceso a la salud, educación, tiempo para vivir.
Cuando el Estado se retira de su función esencial —la de garantizar derechos básicos—, el costo no desaparece: se desplaza al cuerpo y a la psique de las personas. Aparece en forma de irritabilidad, violencia, angustia crónica, disociación, consumo problemático, apatía o discursos que justifican el propio maltrato.
Resulta alarmante escuchar a trabajadores decir que “está bien” trabajar 14 horas, resignar vacaciones o aceptar condiciones indignas. No porque sean “ignorantes”, sino porque esto habla de algo mucho más profundo: una subjetividad agotada, confundida, que ya no logra discernir qué es digno y qué no. Cuando el maltrato se internaliza, empieza a confundirse con mérito.
A esto se suma un fenómeno inquietante: adolescencias que ensayan identidades extremas, provocadoras, desancladas de toda referencia simbólica sólida. No como moda superficial, sino como expresión de una crisis de sentido, de pertenencia y de límites. Cuando los adultos, las instituciones y el Estado fallan, el psiquismo joven busca sostén donde puede.
En este contexto, responsabilizar exclusivamente al individuo es una forma elegante de abandono. Confundir responsabilidad subjetiva con culpa estructural es funcional a un sistema que no quiere hacerse cargo. No todo lo que duele es una proyección. Hay realidades que dañan.
Pensar que el Estado no debe devolver nada a cambio de los impuestos que recauda no es libertad: es una lógica narcisista y perversa. Es exigir sin garantizar, pedir sacrificio sin cuidado, reclamar adaptación sin ofrecer sostén. Y eso también enferma.
La agresividad que hoy se ve en las calles, en las redes, en los vínculos, no surge de la nada. Es el síntoma de una sociedad empujada al límite, donde se naturaliza el sálvese quien pueda y se ridiculiza la necesidad. Pero las personas tenemos necesidades. Negarlas no nos vuelve más fuertes: nos vuelve más rotos.
Hablar de salud mental hoy implica, necesariamente, hablar de política, de ética y de responsabilidad colectiva. Porque cuando el abandono se vuelve sistema, la salud mental deja de ser un problema individual y pasa a ser una urgencia social.





