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Entre el superávit y la cuota vencida

Hay una escena que se repite con una precisión casi literaria en la Argentina: durante un tiempo discutimos apasionadamente sobre la economía como si fuera un paisaje lejano, una abstracción compuesta por gráficos, curvas, bonos, reservas, déficit y tasas de interés, hasta que un día la macroeconomía toca el timbre de casa y aparece, sin metáforas ni PowerPoint, en forma de resumen de tarjeta, cuota vencida o préstamo que ya no entra en el sueldo. Entonces descubrimos que aquello que parecía una discusión para economistas también tenía nuestro nombre y apellido.

El presidente Javier Milei decidió esta semana poner la lupa sobre la morosidad y cuestionar el modo en que el tema está siendo utilizado políticamente. Lo hizo en la Bolsa de Comercio de Rosario, con ese tono que ya forma parte de su identidad pública y que combina convicción ideológica, desafío al adversario, referencias históricas y una particular colección de adjetivos que, en cualquier otro dirigente, probablemente serían considerados un problema de comunicación.

Milei sostuvo que no existen elementos para responsabilizar a su Gobierno por el aumento de la mora y acusó a sus adversarios de convertir un indicador económico en una herramienta de desgaste político. En uno de los pasajes centrales de su exposición afirmó: “La mora que están viendo hoy no es por préstamos de 2025”, y explicó que el fenómeno estaría relacionado principalmente con créditos otorgados durante 2024, que luego quedaron expuestos al cambio de condiciones financieras, al aumento de las tasas y al deterioro de la capacidad de pago.

La explicación puede discutirse, naturalmente, y forma parte de una batalla política y económica que recién comienza a adquirir volumen. Lo que resulta más difícil de discutir es el dato que está detrás de la discusión: durante junio, el 12,8% de los créditos tomados por las familias argentinas presentó atrasos en los pagos. El número general mostró una interrupción en la tendencia ascendente, pero cuando uno abandona la comodidad de la cifra promedio y abre las distintas cajas del sistema, la fotografía adquiere algunos tonos bastante menos tranquilizadores.

Las tarjetas de crédito, por ejemplo, ofrecieron una pequeña señal de alivio, porque la mora bajó del 13,1% al 12,6%. Pero los préstamos personales volvieron a deteriorarse y alcanzaron el 16,4%, después de haber registrado un 15,9% en mayo. Los créditos prendarios tampoco dieron buenas noticias, al pasar del 7,7% al 7,9%, mientras que los hipotecarios permanecieron estables en el 1,6%.

Es decir que la mora puede haberse tomado un pequeño descanso en términos generales, pero todavía no parece haber decidido abandonar la fiesta.

La estadística, cuando se la mira desde arriba, tiene la serenidad de una laguna. Cuando uno se acerca, descubre que debajo de la superficie hay corriente.

Milei tiene además un argumento que merece ser tomado en serio: durante el proceso electoral de 2025 hubo un fuerte aumento de las tasas y una mayor percepción de riesgo, mientras que la economía atravesaba un período de tensión. El Presidente sostiene que buena parte de la mora actual es consecuencia de aquel escenario y de créditos concedidos anteriormente. También cuestiona la idea de que el Estado deba intervenir para rescatar a quienes tomaron decisiones financieras que luego no pudieron sostener.

En ese punto fue categórico: “Nadie fue a esos mercados con una pistola en la cabeza”, sostuvo, para remarcar que se trató de acuerdos entre privados y que cada operación implicó una decisión tanto del prestamista como del deudor.

Es una mirada coherente con la arquitectura conceptual del Gobierno, aunque tiene un pequeño inconveniente que suele aparecer cuando las teorías económicas abandonan los pizarrones y se encuentran con la vida cotidiana: las decisiones pueden ser libres y, al mismo tiempo, estar condicionadas por la necesidad. Y quien pide dinero para llegar a fin de mes no siempre se parece demasiado al personaje ideal que aparece en los manuales de economía, ese individuo racional que calcula riesgos, compara tasas, proyecta escenarios y finalmente toma una decisión perfectamente informada mientras toma un café.

La vida real suele ser bastante menos ordenada.

A veces se pide un préstamo porque hay que pagar otro préstamo; se refinancia porque no queda alternativa; se usa la tarjeta para comprar alimentos; se posterga una cuota para pagar el alquiler; se vuelve a financiar una deuda para sostener una economía familiar que ya viene caminando sobre una cornisa. Y cuando la tasa de interés aparece, deja de ser un porcentaje y se convierte en una pared.

La oposición, por supuesto, hará política con la morosidad. Sería extraño que hiciera otra cosa: en una democracia, los gobiernos son evaluados y las oposiciones intentan demostrar que quienes gobiernan podrían hacerlo mejor. El problema aparece cuando el debate político consigue que todos terminemos discutiendo quién tiene la culpa y nadie se detiene demasiado a mirar quién tiene la deuda.

Porque la mora no vota. La mora vence.

Y esa diferencia es fundamental.

El Gobierno atraviesa, además, un momento en el que la discusión económica comienza a mezclarse inevitablemente con la discusión electoral. La mirada está puesta en 2027 y la Casa Rosada sabe que ya no alcanza con exhibir únicamente los resultados que permitieron estabilizar determinadas variables. La inflación más baja, el equilibrio fiscal y el ordenamiento macroeconómico pueden constituir una enorme fortaleza política, pero para convertirse en capital electoral necesitan atravesar la puerta de cada casa y traducirse en algo que la gente pueda reconocer como propio.

Ahí está, quizás, el verdadero desafío de Milei.

No se trata solamente de convencer a los argentinos de que la inflación bajó, de que el déficit fiscal dejó de ser el monstruo que durante décadas habitó debajo de la cama o de que el Estado debe gastar menos de lo que recauda. Se trata de conseguir que quien reconoce esos logros pueda decir, al mismo tiempo, que su propia vida empezó a mejorar.

Porque la economía tiene una extraña manera de vengarse de las abstracciones. Durante meses puede ser una cuestión de curvas y estadísticas, pero finalmente termina apareciendo en el supermercado, en el alquiler, en el crédito, en el salario y en la capacidad de pagar una cuota.

Y allí se encuentra el Gobierno con una pregunta mucho más difícil que cualquier discusión televisiva: ¿cuánto del orden macroeconómico ya llegó a la economía cotidiana?

Milei parece haber entendido que necesita recuperar una parte del personaje que lo llevó a la Casa Rosada. Su equipo parece convencido de que esa identidad todavía funciona, de que la sociedad quiere resultados pero también quiere que el Presidente continúe siendo Milei.

El problema es que el calendario no retrocede. 2026 no es 2023.

En 2023 Milei podía presentarse como el hombre que venía a romper un sistema que todavía era responsabilidad de otros. Ahora gobierna, tiene resultados que defender, errores que explicar, decisiones que justificar y, sobre todo, una sociedad que ya puede comparar la promesa con la experiencia.

Por eso convendría que nadie se enamore demasiado de las estadísticas, ni siquiera cuando son favorables. Y aquí es donde la política debería tener un poco menos de épica y bastante más de oído.

Porque si el Gobierno logra que el orden macroeconómico se convierta en bienestar concreto, tendrá probablemente su mejor argumento para 2027. Si no lo consigue, si la estabilidad permanece encerrada en los gráficos mientras la economía real continúa acumulando frustraciones, entonces ninguna batalla cultural podrá reemplazar indefinidamente aquello que la gente espera de un gobierno: vivir un poco mejor.

Hay una verdad más sencilla, menos sofisticada y bastante más incómoda: una economía se termina juzgando por lo que ocurre cuando la gente abre la billetera.

Y ahí no hay relato que alcance.

Ni de un lado ni del otro.

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