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Farmear aura: cuando la estupidez consigue prestigio

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Hay modas que divierten, modas que sorprenden y modas que duran apenas unos días hasta que aparece la siguiente. Y después están aquellas que, sin tener mayor importancia, consiguen algo extraordinario: que toda una sociedad se detenga a analizarlas como si encerraran una nueva clave para comprender a las generaciones jóvenes. La última se llama “farmear aura”.

La expresión alude, en términos simples, a hacer determinados gestos, poses o acciones que supuestamente aumentan una suerte de puntuación imaginaria de carisma, estilo o presencia frente a los demás. Uno hace algo considerado “cool” y suma aura; hace el ridículo y pierde aura. Hasta ahí, nada demasiado grave. Los adolescentes siempre inventaron códigos, lenguajes y modas que los adultos miramos con cierta distancia y, muchas veces, con bastante desconcierto. El problema empieza cuando aquello que podría quedar reducido a una ocurrencia pasajera se transforma en noticia, fenómeno cultural y objeto de análisis.

De pronto necesitamos especialistas que expliquen lo inexplicable. Psicólogos, sociólogos, comunicadores y expertos en tendencias aparecen intentando encontrar profundidades extraordinarias detrás de un gesto viral. Se habla de identidad, pertenencia, validación, construcción del yo y nuevas formas de reconocimiento. Todo eso puede tener alguna relación, por supuesto, pero también deberíamos recuperar el derecho a decir algo mucho más sencillo: hay cosas que no significan demasiado. A veces una estupidez es simplemente una estupidez. Y quizás uno de los problemas de nuestro tiempo sea que hemos perdido la capacidad de distinguir entre aquello que merece una reflexión y aquello que simplemente merece pasar de largo.

La cuestión, entonces, no es “farmear aura”. El verdadero problema es la enorme maquinaria cultural que convierte cualquier banalidad en acontecimiento. Una persona hace algo, alguien lo filma, miles lo imitan, el algoritmo lo multiplica, los medios lo amplifican y finalmente los adultos terminamos convencidos de que debemos entenderlo. La estupidez ya no necesita tener contenido: alcanza con que tenga alcance.

Y aquí aparece una contradicción preocupante. Mientras destinamos tiempo y energía a interpretar la última moda viral, nuestros adolescentes siguen enfrentando preguntas mucho más profundas: quiénes son, qué quieren hacer con su vida, cómo manejar la frustración, cómo construir vínculos sanos, qué hacer con la presión social, cómo enfrentar la soledad, cómo encontrar una vocación y cómo descubrir algo que dé sentido a su existencia. Sin embargo, muchas veces les ofrecemos contenidos cada vez más rápidos, más superficiales y más diseñados para captar atención que para generar pensamiento.

Quizás por eso la expresión “farmear aura” resulta involuntariamente tan reveladora. Hemos ido reemplazando lentamente la construcción del carácter por la construcción de la imagen. Durante mucho tiempo intentamos transmitir que el prestigio se construía con esfuerzo, conocimiento, responsabilidad, generosidad, palabra y coherencia. Hoy parece que también puede construirse simplemente logrando que los demás nos perciban de determinada manera. Y no es lo mismo preguntarse “¿quién quiero ser?” que preguntarse “¿cómo quiero que me vean?”. La primera pregunta puede construir una vida. La segunda, apenas un perfil.

No se trata de demonizar las redes sociales ni de declarar una guerra absurda contra las nuevas generaciones. Sería tan torpe como pretender que los adolescentes no tengan sus propios códigos. Se trata, precisamente, de dejar de subestimarlos. Los jóvenes pueden reflexionar sobre el amor, la muerte, la amistad, las adicciones, el fracaso, la libertad, la vocación, la familia y el sentido de la vida. Pueden escuchar historias reales, emocionarse, cambiar de opinión, encontrar referentes y descubrir proyectos que los movilicen. El problema es que muchas veces los adultos parecemos haber renunciado a ofrecerles profundidad porque creemos que solo podemos llegar a ellos imitando aquello que está de moda.

Tal vez necesitemos recuperar algo mucho más elemental: el sentido común. No todo necesita convertirse en tendencia, no todo merece una explicación psicológica y no todo aquello que obtiene millones de visualizaciones tiene valor. Nuestra responsabilidad como adultos, familias, educadores, comunicadores y profesionales debería ser otra: ayudar a los jóvenes a distinguir lo importante de lo irrelevante.

La propuesta de valor, entonces, no pasa por prohibir que “farmeen aura”. Que se diviertan, que inventen palabras, que tengan sus códigos y sus modas. El desafío es ofrecerles algo mejor al mismo tiempo. Generar espacios donde puedan hablar de lo que verdaderamente les pasa, recuperar conversaciones familiares, proponer contenidos que despierten preguntas, enseñar pensamiento crítico, mostrar historias de superación y volver a prestigiar valores como el esfuerzo, la responsabilidad, la empatía, la curiosidad, el conocimiento y el compromiso.

Porque cuando termine la moda, se apague la pantalla y nadie esté otorgando puntos imaginarios, nuestros adolescentes van a necesitar algo mucho más importante que aura: van a necesitar convicciones, afectos, sueños, valores, proyectos y una razón para levantarse cada mañana. Quizás ese sea el verdadero desafío. No conseguir que dejen de farmear aura, sino lograr que descubran que hay cosas infinitamente más valiosas que vale la pena construir.

www.fundacionpadres.org

IG: adriandallastaok

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