El Calamar venció 2-0 a Corinthians en la Neo Química Arena por la última fecha del Grupo E de la Copa Libertadores y se clasificó a los octavos de final. Los goles fueron obra de Franco Zapiola.
El equipo de Walter Zunino jugó un partido enorme. Inteligente. Serio. Con carácter. Entendiendo cuándo sufrir y cuándo golpear.
El partido arrancó trabado, incómodo, con Corinthians manejando más la pelota que las situaciones. Mucho traslado, mucho pase corto, mucho lujo inofensivo. Mientras tanto Platense esperaba. Compacto, Concentrado y sin desesperarse.
Hasta que a los 18 minutos llegó el primer cimbronazo de la noche. Centro al área, mala salida de Hugo Souza y mano infantil de Rodrigo Garro. El árbitro dejó seguir, pero el VAR lo llamó. Y terminó cobrando el penal.
Ahí apareció Zapiola. Quien caminó lento, miró fijo al arquero brasileño y esperó el movimiento. Cuando Souza eligió un palo, el 10 eligió el otro. Definió suave, con mucha frialdad. El silencio en São Paulo y delirio de un puñado de hinchas calamares que no podían creer lo que estaban viviendo.
Platense no dominaba, pero sí controlaba. Corinthians tenía la pelota, aunque no encontraba espacios. Nacho Vázquez y Víctor Cuesta se hicieron patrones del área. Amarfil equilibraba todo en el medio y el equipo argentino jugaba con una convicción admirable.
Antes del descanso casi llega el segundo.
A los 35, mientras los brasileños reclamaban una supuesta falta y Bidón seguía tirado en el piso, Zapiola decidió seguir. Agarró la pelota por izquierda, encaró, se metió en el área y sacó un derechazo tremendo al primer palo que Hugo Souza reaccionó justo para evitar otro golazo. A los 43 minutos del primer tiempo Yuri Alberto tocaría rápidamente en el área para Depay quien haría una jugada de baby futbol, un pie a pie impresionante para definir de puntazo pero el arquero Borgogno, de gran partido, se quedaría con el balón.
El primer tiempo se fue con una sensación clara: Platense sabía perfectamente el partido que estaba jugando.
En el complemento Corinthians salió con otra intensidad. Ya no había tacos ni firuletes. El equipo de Fernando Diniz adelantó los laterales, empujó con más gente y buscó llevarse puesto al Calamar. Pero entre centros y posesión, generaba poco. Muy poco.
Y cuando parecía que el empate estaba al caer, llegó la obra maestra. 56 minutos del segundo tiempo Hugo Souza quiso salir jugando en una pelota absolutamente controlada y la regaló. Zapiola leyó todo antes que nadie, cortó el pase y levantó la cabeza. Después hizo arte. La pinchó por arriba del arquero con una definición absurda, hermosa, eterna. La pelota tardó siglos en bajar. Un gol con perfume copero.
A partir de ahí el partido fue todo de Platense. Incluso cuando no tenía la pelota.
Corinthians empujaba más por obligación que por ideas. Garro dejaba alguna pincelada aislada, Kaio César intentaba romper por afuera y Yuri Alberto chocaba una y otra vez contra los centrales calamares, que jugaron un partido gigantesco. Entonces Zunino entendió que había llegado el momento de cerrar la persiana. Línea de cinco, el área de Platense se convirtió en un territorio prohibido. Y cuando la noche parecía encaminada hacia la perfección, apareció la polémica. A los 87 minutos el árbitro cobró penal para Corinthians tras una jugada dividida entre Tomás Silva y el mediocampista Brasileño Bidón. El lateral de Platense intentó despejar con una especie de pirueta karateca y el jugador del Timaõ cayó como si lo hubiese bajado un francotirador. Pero otra vez apareció el VAR. Revisión rápida y decisión correcta: no hubo contacto. simulación plena y Penal anulado y amarilla retirada para Silva. Minutos más tarde el árbitro finalizó el encuentro.
Mientras los jugadores de Platense se abrazaban en el medio de la cancha, algo quedaba claro: esto ya no es sorpresa. Esto es una realidad. Platense se clasificó a octavos de final en un grupo con Corinthians y Peñarol. Lo hizo jugando, lo hizo compitiendo como un equipo grande.
Del barrio al continente. Y esta vez, la frase quedó perfecta.





