Estimado lector:
Si usted nació entre los años 60 y fines de los 70, probablemente alguna vez haya pensado que los 50 estaban lejísimos. Bueno… llegaron. Y acá estamos.
A veces me pregunto en qué momento pasó todo tan rápido. Una cosa es tener 20 años e imaginar cómo será la vida cuando uno sea grande, y otra descubrir que ese futuro remoto resulta ser este presente.
Nací en Gualeguaychú y pertenezco a una generación con una infancia muy distinta de la que tienen hoy nuestros hijos y nietos. Crecimos sin internet ni teléfonos capaces de decirnos dónde estaba alguien. Si una amiga venía a buscarnos, tocaba el timbre y punto. No había mensajes desde el auto. El ring nos avisaba que era hora de salir a callejear.
En mi casa, el teléfono era un aparato que estaba en un lugar fijo y clave de la casa. Para poder llamar había que discar una gran cantidad de números, y eso llevaba un tiempo suficiente como para que la espera formara parte de la comunicación. Nunca fue un problema. Era, simplemente, la manera que teníamos de hablar con alguien que no estaba cerca.
La televisión también tenía sus rituales. Crecimos con el blanco y negro y esas imágenes llenas de rayas cuando la antena no estaba bien orientada. Entonces alguien subía al techo y desde abajo indicábamos si la imagen mejoraba. Cuando finalmente se veía bien, nadie pensaba en cambiar de canal: bastante trabajo había costado.
Años después hizo su aparición la televisión en color y fue todo un acontecimiento.
La música, parte fundamental de nuestra generación, tenía sus tiempos. Nos quedábamos pegados a la radio esperando que sonara “esa” canción y, en el instante justo en que arrancaba, apretábamos al mismo tiempo los botones de Rec y Play, con el cassette TDK en el radiograbador, rogando que el locutor no hablara encima de la introducción. Si había suerte, quedaba grabada casi entera y, como era nuestra favorita, para volver a escucharla había que rebobinar la cinta.
Lo lógico en el mundo laboral era quedarse toda la vida en el mismo trabajo o seguir la carrera o el oficio de nuestros padres, porque era lo que correspondía. También casarse, tener hijos y formar una familia. Eran como una herencia silenciosa que fuimos cumpliendo sin demasiadas preguntas: era el paisaje en el que crecimos, y durante mucho tiempo creímos que ser adulto significaba justamente eso. Aun así, muchos nos animamos a apostar por algo distinto de lo que ellos esperaban, aunque no siempre supiéramos bien hacia dónde estábamos yendo.
En mi caso, cumplí con todos, uno por uno, en el orden esperado. Con el tiempo empecé a entender que esas creencias no eran mías, sino prestadas. Y, si bien fueron impuestas con mucho cariño, debí animarme a transformarlas.
No digo que antes fuera mejor. Así nos tocó vivir y no se nos ocurrió cuestionarlo. Ni en nuestros sueños más remotos imaginábamos que algún día esa época les parecería extraña a nuestros propios hijos.
Y así, casi sin darnos cuenta, llegamos a una edad que en los ochenta parecía pertenecer a quienes ya estaban por jubilarse. Sin embargo, acá estamos: somos los Equis.
No llegamos con todas las respuestas que imaginábamos, sino con experiencia, algunas certezas y nuevas preguntas. La vida no fue el plan que trazamos a los 20, ocurrió en el orden que ocurrió, y recién a esta altura, algunos pudimos entender que ese desorden también cuenta.
Por eso, Generación Equis no será una columna sobre nostalgia, sino un espacio para que, entre todos, podamos mirar de dónde venimos para entender mejor dónde estamos. Aprendimos a cambiar muchas veces sin dejar de reconocernos.
Hasta acá llegamos, y quizás sea un buen momento para preguntarnos qué queremos hacer con todo lo que todavía nos queda.
Bienvenidos a Generación Equis.





