La mesa de los domingos se ha transformado en un festival del consumo irónico. Admítalo, estimado lector: el menú de conversación que nos ofrece la realidad local es tan generoso que ya no sabemos con qué plato indignarnos primero para acompañar los ravioles. Tenemos el festival del ahorro patrimonial de Manuel Adorni, el “Yategate” con los cajones de dólares de Jésica Cirio dando vueltas por las pantallas, y para bajar tanta bilis, la sagrada fe mundialista, esa energía mística que nos hace rezarle a una pantalla y que,crucemos los dedos, nos tiene a todos flotando un ratito por encima de la miseria diaria.
Pero mientras la platea nacional se distrae con este maravilloso abanico de ofertas mediáticas, en las diagonales de La Plata se acaba de estrenar una comedia de enredo que pasó casi inadvertida para el gran público. Hablamos de la Legislatura bonaerense, ese misterioso templo de la democracia del cual la mayoría de los mortales desconoce su existencia, su ubicación geográfica o qué demonios se hace allí adentro. Pues bien, la gran noticia de la semana es que sus integrantes, contra todo pronóstico, levantaron las persianas y sesionaron en forma ordinaria por primera vez en el año. Sí, leyó bien: promediando el año, con las hojas del almanaque cayendo como fichas de casino, nuestros sacrificados representantes provinciales le sacaron el candado al recinto.
Hay que reconocer que los argentinos somos una raza superior de sobrevivientes. No solo le ponemos el pecho a las balas de la inflación, sino que además votamos con un optimismo antropológico digno de estudio. Sostenemos con nuestros impuestos una estructura bicameral de 92 diputados y 46 senadores que le cuesta a la provincia la módica suma de más de mil millones de pesos por día. Una fortuna diaria que, contra toda lógica de mercado, alcanzó para mantener un teatro cerrado por vacaciones encubiertas casi medio año. Uno se imaginaría que, tras semejante letargo, los muchachos habrán vuelto con una montaña de proyectos para salvar a la provincia de sus pestes crónicas, como la inseguridad o la quiebra virtual de la obra social IOMA. Pero no sea ingenuo, por favor. En esta provincia el único superávit garantizado es el de la palabrería.
La esperada sesión no fue más que una hermosa payasada de barricada, un ring de catarsis donde la oposición y el oficialismo se trenzaron en chicanas de cotillón. Hubo discursos encendidos, dedos acusadores y reproches ideológicos de alto vuelo cósmico, pero de soluciones concretas para aliviar la asfixiante presión fiscal del vecino o transparentar las cuentas públicas, ni noticias. Y mientras tanto, cada butaca de ese recinto le sigue costando a la provincia más de siete millones y medio de pesos por día, sesione o no, hable o no, resuelva o no. En el gran teatro de la política bonaerense, el libreto ya está escrito: se grita mucho en el escenario para que nadie note que las comisiones no funcionan, los proyectos duermen y las urgencias reales quedan en el fondo del río. Al final del día, el mayor éxito de este elenco estable ha sido el más difícil de lograr en la era de las redes sociales: conseguir que el apagón institucional pase totalmente desapercibido. Salud por los actores.





