Enero suele llegar con una promesa implícita: bajar el ritmo, soltar rutinas, aflojar tensiones. Para muchas familias es sinónimo de vacaciones, encuentros, horarios más flexibles y cierta sensación de libertad largamente esperada. Sin embargo, desde la experiencia clínica y preventiva, el verano también concentra un riesgo que pocas veces se pone sobre la mesa con la seriedad que merece: es uno de los momentos más frecuentes de inicio en el consumo de drogas.
Una investigación reciente realizada por Fundación Manantiales sobre más de 400 personas en tratamiento o seguimiento por adicciones arroja un dato contundente: casi la mitad de los consumos se iniciaron durante el verano. No se trata de una casualidad estacional, sino de un patrón que se repite año tras año y que invita a mirar las vacaciones desde otra perspectiva.
Menos rutinas, menos adultos, más exposición
Las vacaciones modifican la vida cotidiana de manera profunda. Se diluyen los horarios, disminuye la supervisión adulta, aumentan las salidas nocturnas y los espacios sin presencia de referentes. A esto se suma algo no menor: muchos adultos también “se toman vacaciones” de su rol, confundiendo descanso con ausencia.
La adolescencia —etapa clave en la construcción de identidad— aparece como el período más vulnerable. Los datos muestran que casi tres de cada cuatro personas comenzaron a consumir entre los 13 y los 18 años, y un porcentaje nada despreciable lo hizo incluso antes de los 13. Es decir, hablamos de chicos y chicas que todavía necesitan límites claros, presencia adulta y conversaciones sinceras, aunque muchas veces no las pidan.
Llegar al consumo sin información: una deuda adulta
Como suelo señalar en conferencias y espacios de formación, uno de los datos más alarmantes no es solo cuándo se inicia el consumo, sino cómo se llega a él. Más del 60% de los jóvenes encuestados reconoció no haber recibido ninguna acción preventiva antes de su primer contacto con las drogas. Ni en la escuela, ni en el club, ni en la familia.
Esto interpela directamente al mundo adulto. No alcanza con confiar en que “en casa no pasa” o con suponer que hablar de drogas es incentivar el consumo. La evidencia demuestra exactamente lo contrario: el silencio deja a los chicos solos frente a decisiones para las que no están preparados.
Del “probar” al hábito, en tiempo récord
Otro punto que suele minimizarse es la velocidad con la que el consumo puede instalarse. El estudio muestra que casi la mitad de las personas pasó de la experimentación al consumo habitual en tres meses o menos, y que siete de cada diez lo hicieron dentro del primer año.
La idea de que “solo probó” muchas veces es una ilusión tranquilizadora para los adultos, pero peligrosa para los chicos.
Cuando la adicción avanza, el impacto no se limita al consumidor. Más del 60% reconoció haber robado alguna vez para conseguir droga o dinero, muchas veces dentro de su propio hogar. La adicción erosiona la confianza, quiebra vínculos y deja marcas profundas en toda la familia.
Vacaciones no deberían ser un paréntesis educativo
El verano no es el problema en sí. El riesgo aparece cuando confundimos libertad con desinterés, confianza con falta de límites y descanso con ausencia. Prevenir no es controlar ni perseguir, sino estar disponibles, anticipar escenarios, conversar antes de que sea tarde y sostener presencia adulta incluso cuando incomoda.
Las vacaciones pueden —y deberían— ser un tiempo privilegiado para fortalecer vínculos, compartir más tiempo y generar espacios de diálogo que durante el año no siempre se logran. Pero para eso hace falta una decisión consciente: no correrse del rol justo cuando más se necesita.
La prevención empieza mucho antes del primer consumo. Empieza en casa, en las conversaciones incómodas, en los límites claros y en la presencia adulta que acompaña, incluso en verano.





