Habilidades sociales para padres.
No deja de ser llamativo —y preocupante— que en la secundaria pareciera que las únicas decisiones importantes son qué carrera elegir, dónde hacer la fiesta de egresados o si el viaje será a Bariloche o a Cancún. Como si la vida de un adolescente se redujera a un menú turístico o vocacional. Y como si esto fuera poco, cada año asistimos al ritual casi teatral del “último, último, último día”, ese imperativo cultural que celebra el cierre del colegio como si lo que viniera después fuese un abismo: terminar el secundario pareciera abrir la puerta de la nada.
En ese contexto, hablar de toma de decisiones no es un lujo ni un adorno pedagógico: es una falla estructural que debería encender alarmas. Porque si hay una habilidad socioemocional capaz de torcer el rumbo de una vida —para bien o para mal— es esta. Y aun así, después de más de siete años de escolaridad, la mayoría de los chicos egresa sin saber decidir con criterio propio. Se la da por natural, por obvia, por “cosa de la vida”, cuando en realidad se enseña poco y se practica menos. Y justamente por eso, es en el secundario donde más urgente resulta trabajarla: porque lo que no se entrena ahí, se improvisa afuera, y muchas veces con consecuencias que ya no tienen vuelta atrás.
La toma de decisiones no es solo elegir entre dos opciones. Es aprender a frenar, evaluar, anticipar consecuencias y actuar con criterio propio. No se trata de “hacer lo que quiero”, sino de “decidir lo que me hace bien”. Y ahí, los adultos —padres, madres, docentes, tutores— tenemos un rol insoslayable.
Un ejemplo que todos conocen: la elección vocacional.
Miles de chicos atraviesan su último año de secundaria con un miedo silencioso: equivocarse eligiendo su futuro. ¿Qué estudiar? ¿Qué trabajo quiero? ¿Qué pasa si elijo mal? Sin herramientas de toma de decisiones, ese proceso se vuelve un laberinto emocional: ansiedad, comparación constante con los demás, presiones familiares. Pero cuando un adolescente aprende a recopilar información, entender sus intereses, evaluar escenarios y asumir que cambiar de idea no es fracasar, todo se ordena. Decide desde sí, no desde el mandato o el miedo.
Y un ejemplo que asusta, porque es real: subirse al auto de un amigo que tomó de más.
Es una escena típica de cualquier salida nocturna. Un chico que duda, un grupo que insiste, un conductor que “está bien, no pasa nada”. En segundos, ese adolescente queda parado frente a una decisión que puede costarle la vida. Y lo que suele definirse en ese momento no es la suerte: son las habilidades socioemocionales. ¿Sabe poner límites? ¿Puede enfrentar la presión del grupo? ¿Tiene la capacidad de anticipar el riesgo? ¿Cuenta con la seguridad necesaria para decir “no me subo”? Sin ese entrenamiento, lo más fácil es ceder. Con él, lo más probable es cuidarse.
Por eso, trabajar la toma de decisiones en el secundario no es un “contenido blando” y asilado. Es prevención. Es salud mental. Es autonomía. Es enseñarles a nuestros hijos a ser dueños de su vida y no espectadores de las consecuencias.
Las investigaciones en educación emocional son contundentes: los adolescentes que desarrollan buenas habilidades socioemocionales tienen menos conductas de riesgo, eligen mejor, se equivocan menos y, cuando se equivocan, pueden corregir. Además, mejoran su rendimiento académico, manejan mejor el estrés y se relacionan con más madurez.
Los padres no podemos delegar totalmente este aprendizaje, pero tampoco podemos hacerlo solos. Acá una paradoja y una duda que dejo planteada, ¿puede una generación que no ha sido educada en habilidades socioemocionales educar a otra? ¿No será que hay que forma cada vez más padres? Te la dejo picando…..
Necesitamos escuelas que formen en decisiones, no solo en contenidos. Espacios donde se analicen casos reales, se simulen situaciones, se practique decir “no”, se reflexione sobre presiones, miedos, proyectos y consecuencias. Una materia más útil que muchas que aún se sostienen por costumbre.
Hoy educar a un adolescente es prepararlo para decidir. Porque la vida, tarde o temprano, les va a pedir que elijan. Y cuando ese momento llegue —ya sea para definir una carrera o para bajarse de un auto peligroso— queremos que tengan lo más importante: un criterio propio capaz de cuidarlos y guiarlos.
Eso, justamente, es educar para la vida.





