El pasado 27 de octubre, en el marco del encuentro internacional HumanaMENTE, dedicado a la salud mental, se puso sobre la mesa una preocupación cada vez más presente: el lugar que está ocupando la inteligencia artificial en nuestra vida emocional. La posibilidad de recurrir a una herramienta que siempre está disponible y parece escucharnos sin juzgarnos abre un debate que va más allá de la tecnología.
Personalmente, creo que vale la pena detenernos a pensar qué está pasando con nuestros vínculos cuando empezamos a encontrar en una máquina la seguridad que no siempre sentimos con otras personas. ¿Estamos ante una nueva forma de expresar lo que nos pasa o estamos buscando una manera de evitar el riesgo emocional que implica encontrarnos con el otro?
La inteligencia artificial se está convirtiendo en un espacio de desahogo emocional. Podemos contarle nuestros miedos, nuestras dudas y hasta aquello que nos avergüenza, sin temor a una mirada incómoda o a una respuesta que nos lastime. Pero ¿Qué nos lleva a preferir una conversación con una máquina antes que hablar con alguien de nuestro entorno?
Una de las razones puede ser el miedo al juicio. En nuestros vínculos humanos, mostrarnos vulnerables implica correr el riesgo de no ser comprendidos, decepcionar a alguien o recibir una respuesta que no esperábamos. La inteligencia artificial, en cambio, está disponible a cualquier hora y puede ofrecernos una respuesta que nos resulte tranquilizadora. Sin embargo, sentirnos seguros al hablar no significa necesariamente que estemos aprendiendo a construir vínculos más seguros.
¿Qué podemos hacer? La próxima vez que sientas la necesidad de contarle algo importante a una inteligencia artificial, preguntate qué te impide compartirlo con una persona de confianza. ¿Es vergüenza, miedo al rechazo o temor a que te cuestionen? Identificar qué nos frena puede ser el primer paso para revisar nuestra manera de relacionarnos.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar pensamientos y expresar emociones, pero el encuentro humano nos ofrece algo diferente: la posibilidad de ser escuchados por alguien que también tiene sus propias emociones, perspectivas y límites. Quizás el desafío no sea encontrar un espacio donde nunca nos sintamos juzgados, sino aprender a construir relaciones en las que podamos mostrarnos vulnerables sin sentir que tenemos que ocultar quiénes somos.





