Hay canciones que uno escucha, canciones que uno canta y canciones que, sin pedir permiso, se instalan para siempre en algún rincón del alma. Eso me sucede con Las manos de mi madre, esa maravillosa canción de Peteco Carabajal que comienza diciendo: “Las manos de mi madre son como pájaros en el aire”. Elegí esta canción para homenajear a mi madre en su día porque, cada vez que la escucho, inevitablemente vuelvo a sus manos. Y al recordarlas, de alguna manera, vuelvo a ella.
No sé por qué, entre tantos recuerdos que guardo de mi madre, sus manos ocupan un lugar tan especial. Quizás porque las manos cuentan historias que las palabras nunca terminan de contar. Las manos de mi madre eran manos de pianista, manos de docente, manos de abuela. Pero, por encima de todo, eran las manos de mi mamá. Siempre me llamaron la atención. Eran manos delicadas, cuidadas, coquetas, con sus uñas siempre pintadas, impecables. No importaba cuánto hubiera trabajado o cuántas preocupaciones llevara encima. Sus manos estaban siempre arregladas, siempre limpias, siempre bonitas. Había en ese pequeño detalle algo profundamente suyo, una manera de ser, una elegancia que la acompañó siempre.
Pero aquellas manos eran muchísimo más que unas manos bonitas. Eran las manos que recorrían las teclas de un piano y transformaban el silencio en música. Las que enseñaban, escribían y corregían con la paciencia de una docente. Las que, con el paso de los años, descubrieron una nueva forma de ternura cuando llegaron los nietos. Y eran también las manos que me acariciaban. ¡Qué extraordinario poder tiene la caricia de una madre! Pocas cosas se parecen a aquella mano que se apoyaba sobre nuestra frente cuando estábamos enfermos, que nos acomodaba el pelo o que simplemente nos acariciaba sin necesidad de decir absolutamente nada.
Claro que aquellas manos también sabían poner límites. Porque mi madre, como tantas madres, sabía que amar no era solamente acariciar, consentir o proteger. Amar también era educar, corregir y enseñar a vivir. Con los años comprendí que aquellas manos que alguna vez me marcaron un límite eran exactamente las mismas que estaban siempre dispuestas a sostenerme si me caía. Y quizás eso sea una madre: alguien capaz de acariciarnos con una mano y enseñarnos a vivir con la otra.
Hoy, cuando pienso en ella, me sorprende descubrir cuánto puede sobrevivir en la memoria un gesto tan pequeño. Porque uno olvida tantas cosas, se desdibujan las conversaciones, se mezclan las fechas, se pierden detalles de la vida cotidiana. Pero hay recuerdos que permanecen intactos. Yo recuerdo sus manos. Sus uñas pintadas, sus dedos sobre el piano, su manera de acariciar. Recuerdo esas manos que hicieron tantas cosas y que, sin saberlo, estaban escribiendo la historia más importante de todas: la historia de nuestra familia.
Y entonces vuelvo a escuchar aquella canción de Peteco Carabajal y entiendo por qué me conmueve tanto. Porque habla de esas manos que estuvieron allí desde el principio, cuando el mundo nos quedaba demasiado grande y necesitábamos aferrarnos a alguien para sentirnos seguros. Manos que dieron sin llevar la cuenta, que trabajaron sin pedir reconocimiento y que muchas veces escondieron su propio cansancio para que a nosotros no nos faltara nada. De chicos pensamos que nuestras madres pueden con todo. Y cuando crecemos descubrimos que no podían con todo, pero que muchas veces hicieron lo imposible para que nosotros creyéramos que sí.
Por eso, en este Día de la Madre, quiero rendirle un homenaje sencillo, pero profundamente sentido. A sus manos de pianista, que me enseñaron que la vida también podía tener música. A sus manos de docente, que me mostraron el valor de aprender y enseñar. A sus manos de abuela, que prolongaron el amor hacia una nueva generación. Y, sobre todo, a sus manos de madre, que con sus caricias y sus límites me ayudaron a convertirme en la persona que soy.
A veces pienso que uno nunca termina de despedirse de su madre. Porque hay algo de ella que permanece en nuestra manera de hablar, en nuestros valores, en nuestros gestos y, especialmente, en nuestra forma de querer a los demás. Tal vez las manos de una madre nunca desaparezcan del todo. Tal vez sigan presentes cada vez que acariciamos a nuestros hijos, cuando sostenemos la mano de alguien que sufre o cuando ayudamos a levantarse a quien se ha caído. Tal vez las manos de nuestras madres sigan acariciando al mundo a través de las nuestras.
Mamá, hoy quiero recordarte así. Con tus manos siempre arregladas, tus uñas pintadas, tu elegancia, tu piano y esa manera tan tuya de demostrar el amor. Y si pudiera pedirle algo a la vida, aunque fuera por un instante, no le pediría volver a ser niño ni detener el tiempo. Le pediría algo mucho más sencillo: que me dejara tomar una vez más tus manos entre las mías, sentir otra vez esa caricia que ninguna otra mano podrá reemplazar y decirte, simplemente, gracias, mamá. Gracias por todo lo que hicieron tus manos por mí y, sobre todo, por todo el amor que dejaron en las mías.
IG: adriandallastaok






