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¿Es posible un mundo sin hijos?

Durante los últimos años, la conversación pública global parece haber encontrado un consenso casi indiscutible: la prioridad es la sustentabilidad del planeta. Se habla —con razón— del cambio climático, de la reducción de emisiones, del cuidado de los recursos naturales y del famoso “triple impacto”: ambiental, social y económico. Sin embargo, hay un vacío llamativo en ese discurso que rara vez se nombra con la seriedad que merece: el desarrollo humano en sí mismo. Y dentro de él, la natalidad.

La paradoja es evidente. Mientras discutimos cómo sostener el planeta a futuro, el mundo atraviesa una de las crisis de natalidad más profundas de su historia. Países desarrollados y en vías de desarrollo registran tasas de fecundidad por debajo del nivel de reemplazo. Escuelas que cierran por falta de alumnos, sistemas previsionales en jaque por la escasez de jóvenes que sostengan a una población cada vez más envejecida, economías que pierden dinamismo porque simplemente no hay suficientes personas para producir, crear, innovar y cuidar.

En este contexto cultural aparece una narrativa inquietante: los hijos dejaron de ser pensados como un proyecto humano y social para convertirse, en muchos discursos, en un problema. Un obstáculo para la libertad personal. Un costo económico excesivo. Una amenaza al disfrute, al descanso, al bienestar individual. Tener hijos ya no es presentado como una experiencia compleja pero profundamente significativa, sino como una renuncia casi irracional.

El texto reciente de Santiago Bilinkis pone el dedo en una llaga incómoda. Decir “no me gustan los chicos” se ha vuelto socialmente aceptable, incluso celebrado, algo que sería impensable si se refiriera a otros grupos humanos. La infancia, que históricamente fue protegida, idealizada o al menos cuidada en el plano simbólico, hoy carga con una pésima campaña de relaciones públicas. Los niños aparecen asociados al caos, al cansancio, a la pérdida de control y de felicidad. No es casual que, en paralelo, las mascotas ocupen un lugar afectivo central: ofrecen compañía, ternura y sentido… sin exigir el compromiso estructural que implica criar a otro ser humano.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando una sociedad decide —explícita o implícitamente— que los niños sobran?

Desde el punto de vista económico, el impacto es inmediato y medible. Menos nacimientos implican menos estudiantes, menos docentes, menos instituciones educativas. Menos jóvenes significa menos fuerza laboral, menos consumo, menos innovación. Los sistemas jubilatorios, diseñados sobre la base de la solidaridad intergeneracional, se vuelven inviables. La economía entra en un proceso de contracción silenciosa pero persistente.

Desde el plano social, la ausencia de niños erosiona el tejido comunitario. No hay transmisión de valores, de cultura, de memoria colectiva. Se pierde la noción de futuro compartido. Una sociedad sin infancia es una sociedad que deja de preguntarse qué mundo quiere dejar, porque ya no hay a quién dejárselo.

Y desde la mirada ambiental —tal vez la más paradójica— la pregunta es aún más profunda: ¿para quién cuidamos el planeta si no hay próximas generaciones? La sustentabilidad, por definición, implica continuidad en el tiempo. Sin hijos, no hay largo plazo. No hay herencia. No hay responsabilidad intergeneracional. La idea de proteger la Tierra pierde sentido si el sujeto humano desaparece de la ecuación.

Aquí es donde el discurso del triple impacto muestra su mayor fragilidad. ¿De qué impacto social hablamos si no problematizamos seriamente la crisis de natalidad? ¿Qué desarrollo económico es posible en sociedades demográficamente agotadas? ¿Qué sustentabilidad ambiental puede existir sin personas que encarnen ese futuro?

Esto no implica romantizar la paternidad ni negar sus dificultades. Criar hijos es exigente, desgastante y desafiante. Lo fue siempre. Lo nuevo no es el cansancio, sino el relato cultural que transforma esa dificultad en un argumento disuasorio, casi moral. Pasamos de ocultar los problemas de la crianza a sobredimensionarlos hasta convertirlos en una advertencia permanente.

Tal vez el verdadero debate pendiente no sea si el mundo puede seguir sin hijos, sino si puede seguir siendo humano sin ellos. Porque sin niños no hay proyecto colectivo, no hay horizonte, no hay continuidad. Y sin continuidad, el desarrollo —social, económico y ambiental— deja de ser desarrollo para convertirse apenas en administración del ocaso.

La pregunta, entonces, no es solo demográfica. Es profundamente ética y cultural. ¿Qué tipo de mundo estamos construyendo cuando el futuro deja de parecernos deseable? ¿Y qué dice de nosotros una sociedad que cuida más al planeta que a la infancia que debería habitarlo?

IG adriandallastaok

www.fundacionpadres.org

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