Estimado lector:
Acá estamos nuevamente, una semana después de esta cita que armamos entre todos. Éste será el segundo capítulo de doce entregas prometidas, así que todavía estamos a tiempo de arrepentirnos los dos, aunque a esta altura ya nos conocemos y sabemos que ninguno se va a bajar. Generación Equis suena a etiqueta reservada para los que nacimos entre el ‘60 y fines de los ‘70 , pero la cosa es más generosa si naciste en el siglo pasado, en cualquier década, porque seguro tenés grabada alguna vez en que dijiste que sí con total convicción mientras por dentro ya estabas craneando cómo zafar, y encima lo hacías con cara de que te encantaba. Decir que sí fue algo que aprendimos bien; hacerlo creíble, mucho más.
Pienso en la peluquería y enseguida me acuerdo de esto. Llegabas con una foto recortada de alguna revista, Gente, Radiolandia, la que hubiera en tu casa, convencido de que ibas a salir con el jopo de Soda Stereo, el flequillo de Madonna o algún corte que en la tapa se veía espectacular y en tu cabeza ya era tuyo. El peluquero, el mismo que te cortaba el pelo desde que tenías memoria, con el delantal a cuadros y el peine detrás de la oreja, miraba la foto, asentía como si hubiera entendido exactamente lo que le pedías y agarraba la tijera con una confianza que no ameritaba, porque a los cinco minutos ya estaba haciendo el corte de siempre, el de toda la vida, el que le salía con los ojos cerrados. El problema llegaba con el espejo: en vez del jopo aparecía el lengüetazo de vaca, o directamente el corte de la abuela, algo que a Soda Stereo lo dejaba a diez cuadras de distancia. Él estaba chocho con su obra. Vos sonreías, asentías, y te ibas pateando piedritas .Nos podían dejar con el corte parecido al de Julio Iglesias o al de Lolita Torres, pero jamás faltarle al respeto al peluquero que era el del barrio, el de toda la vida.
El corte de pelo era apenas la primera de una larga lista de cosas de las que nos costaba negarnos cuando existía la chance de incomodar a alguien. Podíamos habernos acostado a las seis de la mañana después del boliche, con los oídos todavía zumbando y la ropa impregnada de humo, y aun así levantarnos para el almuerzo familiar, porque faltar ni se discutía: los abuelos esperaban con la mesa puesta y los ravioles con tuco, y faltar sin aviso era casi un delito federal. La noche anterior, en el boliche, habíamos bailado con todos: no nos gustaba “rebotar” a nadie, ni hacer sentir mal a un chico que, en el fondo, no tenía la culpa de no gustarnos. Si alguien necesitaba una mano, nos disfrazábamos de ganas y ahí estábamos, aunque no tuviéramos ni el cuerpo ni el tiempo, con la sonrisa puesta y el reloj corriendo por dentro.
Crecimos, y pasaron años para animarnos a hacer cosas que no estaban en nuestros planes de más jóvenes: vivir solos, decidir con quién querer estar, o decir que no a una nueva propuesta de trabajo que, por más buena que sea, ya no cuadra con esa independencia que hemos aprendido a construir. Lo que pasa, querido lector, es que la maldita culpa sigue apareciendo en el momento menos esperado: en esa invitación que con entusiasmo decimos “sí”, sabiendo que vamos arrastrándonos y obligados, o en el favor que aceptamos sabiendo que no podemos cumplir. Quince segundos tarda en llegar el arrepentimiento a nuestro sí culposo. Y ahí quedamos petrificados pero sonrientes, aunque nuestra mente no para de planificar cómo excusarnos con elegancia.
Lo que más nos hace revisar esa costumbre son nuestros propios hijos, sin proponérselo. Los escuchamos decir “no quiero” con una tranquilidad que a nosotros nos hubiera costado un sermón de una hora sentados en la mesa de la cocina, y la primera reacción es pensar que son un poco desconsiderados: allá por los ‘70, jamás nos hubiésemos animado a decir semejante cosa. Después, cuando baja la indignación, lo que queda ya no es sospecha, es casi una certeza. No están errados. Lo que nos cuesta admitir es que nos están enseñando algo que nosotros no supimos ver a esa edad.
A nuestros 50 y pico, si algo no nos gusta lo decimos, aunque nunca en seco, nosotros, la Generación Equis, no sabemos hacerlo en seco. Antes ensayamos el argumento dos o tres veces, le pegamos una vuelta y nos aseguramos de que no suene a un no pelado, no vaya a ser que alguien se ofenda a esta altura del partido. Calculamos el movimiento con la misma cautela con la que antes armábamos la coartada para mamá, solo que ahora no hay toque de queda que valga. A esta altura de la vida, ya podemos decidir negarnos a lo que no queremos hacer, a lo que no nos hace bien, a lo que no nos completa. La culpa aparece igual, ¿pero saben qué…? Ya hicimos las paces, y la verdad, no tenemos más ganas de hacerle caso.





