Peleas entre adolescentes, agresiones filmadas con celulares y videos que se viralizan en cuestión de minutos. Una serie de episodios recientes entre mujeres adolescentes en la Argentina nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué está pasando con nuestras hijas y qué responsabilidad tenemos los adultos?
Dos adolescentes se agarran de los pelos, se golpean, caen al suelo. A su alrededor, otros jóvenes gritan, alientan, se ríen o levantan sus celulares para filmar. Minutos después, el video circula por las redes sociales, acumula reproducciones y se convierte en un espectáculo.
En las últimas semanas, distintos episodios ocurridos en la provincia de Buenos Aires volvieron a encender las alarmas. Peleas entre alumnas en La Plata, una adolescente de 15 años brutalmente golpeada en Alberdi y una docente agredida por una estudiante en San Nicolás son algunos de los hechos que trascendieron públicamente durante octubre.
¿Qué está pasando para que, frente a un conflicto, algunas adolescentes encuentren en la violencia una forma de hacerse escuchar, imponerse o conseguir reconocimiento?
Cuando las palabras se convierten en golpes
Una discusión, los celos, una burla, un comentario en redes sociales o una situación de exclusión pueden desencadenar enfrentamientos que alcanzan niveles preocupantes.
Detrás de estas conductas pueden existir dificultades para manejar la frustración, expresar el enojo, tolerar un rechazo o resolver conflictos sin recurrir a la agresión.
Y hay algo todavía más inquietante: muchas veces, quienes presencian estas escenas no intervienen ni buscan ayuda. Prefieren filmar.
¿En qué momento el sufrimiento de otra persona comenzó a convertirse en entretenimiento?
Las redes sociales no inventaron la violencia, pero pueden amplificarla. Una pelea ya no termina cuando alguien separa a las protagonistas. Continúa en los grupos de WhatsApp, en TikTok, en Instagram, entre burlas, comentarios y humillaciones que pueden prolongar el daño.
¿Dónde estamos los adultos?
Quizás esta sea la pregunta más incómoda.
Los adolescentes crecen observando cómo los adultos discutimos, reaccionamos frente a las diferencias y resolvemos nuestros propios conflictos. Ven agresividad en las redes, en los medios y, muchas veces, en sus entornos cotidianos.
No podemos pedirles que resuelvan pacíficamente sus diferencias si nosotros mismos naturalizamos la violencia como una manera de relacionarnos.






