InicioOpiniónOligarquía cromática bonaerense

Oligarquía cromática bonaerense

Este fin de semana se conmemoraron los 206 años de la muerte de Manuel Belgrano en el Día de la Bandera. Es un buen momento para analizar cómo la política argentina se apropió durante años de los colores que Belgrano creó para unir, no para dividir.

El kirchnerismo fue el caso más visible: el Frente de Todos y después Unión por la Patria, dos sellos del mismo espacio, construyeron toda su estética sobre el celeste y blanco, forzando la idea de que el Gobierno era la Patria. Ese kirchnerismo nacional fue eyectado del poder hace tres años, pero el vicio de privatizar los símbolos de todos encontró su último búnker en la Provincia de Buenos Aires. Ahí no alcanzó con fundir el celeste y blanco en cada marca de la gestión provincial. Fueron más allá y se apropiaron también del amarillo del Sol de Mayo para sus tipografías y su cartelería. La jugada tiene un cinismo preciso, porque toma un elemento de la bandera nacional para absorber el color que identificaba a la oposición. El sol de la unidad, reconvertido en el sol del manual de marca militante.

Belgrano levantó esa bandera en las barrancas del Paraná para darle identidad a un ejército descalzo que peleaba por la libertad, no para fundar una interna ni para montar un escenario de propaganda. Dejó, además, una frase que con el tiempo se volvió incómoda para cualquier funcionario: “Me hierve la sangre al ver tanto obstáculo, tantas maquinaciones en las personas que, lejos de cooperar al bien general, solo aspiran a su interés particular.”

Ese fue el legado que dejó: una vida entera puesta al servicio de un país que recién empezaba, sin un peso propio guardado para sí. La Provincia de Buenos Aires administra esa herencia al revés. La gestión bonaerense gasta millones de los contribuyentes en cambiar cartelería, patrulleros y folletos según la necesidad electoral del momento, mientras los símbolos que debían representar a todos terminan financiando la supervivencia de unos pocos. Apropiarse de la paleta nacional funciona como mecanismo de defensa de una burocracia que necesita blindar su ineficiencia. Quien cuestiona las rutas, la inseguridad o la presión fiscal termina acusado de atacar la Patria que ellos mismos pintaron de celeste y blanco.

Belgrano entendía la soberanía como emancipación individual a través de las leyes, el comercio libre y la educación, no como sumisión a un aparato que reparte escarapelas con logo de partido mientras ahoga en impuestos. La bandera no es una franquicia electoral de Kicillof ni de Unión por la Patria. El mejor homenaje no es cantar el himno en un acto financiado por los postergados, sino exigir la misma transparencia que Belgrano practicó hasta el final. Los colores son el límite al abuso de poder, nunca el uniforme de campaña de una gestión en retirada.

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