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La primera víctima de la política es la esperanza

Hay algo que no se mide en encuestas, pero que se siente en el aire como la humedad antes de la tormenta. No es la inflación, aunque hace meses que no desciende. No es el dólar, aunque se planche. No es siquiera la pobreza, aunque retroceda en los papeles. Es otra cosa. Más sutil, más frágil, más peligrosa. Es la esperanza.

Y cuando la esperanza empieza a resquebrajarse, no hace ruido. No hay sirenas ni cadenas nacionales que lo anuncien. Se filtra. Se desliza. Se instala como una sospecha íntima. Como ese pensamiento que uno evita formular en voz alta porque teme confirmarlo: “¿y si no era esto?”.

El Gobierno de Javier Milei habita ese instante. Ese punto exacto en el que los números todavía pueden defenderse, pero el clima ya no. Porque la política, como la vida, no se sostiene sólo con resultados; necesita sentido. Y cuando el sentido se diluye, todo lo demás empieza a parecer insuficiente, incluso cuando funciona.

La paradoja es brutal en su simpleza: el Gobierno logró lo que prometía como piedra angular —domar la inflación—, pero no consigue que la sociedad lo sienta como una victoria propia. Como si el esfuerzo hubiese sido colectivo, pero el alivio, individual. Como si la mejora existiera, pero no alcanzara a tocar el nervio más sensible de la experiencia cotidiana.

Entonces aparecen los otros síntomas. Los que no figuran en los informes técnicos. Los créditos del Banco Nación que salpican a funcionarios, el eco persistente del caso $Libra, las sombras que rodean a la Agencia Nacional de Discapacidad, los viajes de Adorni, los privilegios, los detalles incómodos que, aislados, podrían ser anecdóticos, pero juntos construyen una narrativa que el oficialismo no puede controlar.

Como apostilla, hablando del Jefe de Gabinete, si fuera por el presidente, Adorni ya habría dado un paso al costado. Sólo lo sostiene la Secretaria General. Ni siquiera los Menem, Martín y Lule, que forman parte del círculo íntimo de Karina Milei, hablan bien de él. En reuniones privadas fueron demoledores… Volvamos.

Porque la famosa “batalla cultural” tiene una regla tácita: se gana con coherencia o se pierde en silencio. Y cuando el discurso combate a la “casta”, pero la realidad empieza a parecerse demasiado a aquello que se prometió erradicar, la grieta ya no es ideológica. Es moral.

En paralelo, el territorio donde Milei supo ser invencible —las redes— se vuelve extrañamente opaco. Un apagón, dicen algunos. Una pausa. Un repliegue. Las “fuerzas del cielo” ya no rugen como antes. Y en ese silencio digital, las internas dejan de ser rumores para transformarse en textura. Santiago Caputo, Karina Milei, tensiones que no necesitan confirmación porque se perciben en la atmósfera. Como esas discusiones familiares que nadie menciona, pero todos sienten en la mesa.

Y en el centro de todo, el Presidente.

Un hombre que hizo del exceso verbal su marca registrada, hoy elige el silencio en los momentos más incómodos. No es que no hable. Habla, y mucho. Pero no sobre lo que se le pregunta. No sobre lo que incomoda. No sobre lo que exige explicación.

Prefiere, en cambio, cambiar el eje. Redirigir el fuego. Construir un enemigo.

Siendo que hay un conjunto de basuras disfrazadas de supuestos ‘periodistas’…”, escribió, como quien decide que el problema no es el incendio, sino el que avisa que hay humo. Es cierto que no todos avisamos. Y también hay periodistas corruptos. Si es cierto lo de la red de desinformación Rusa, aquellos que formaron parte, merecen las consecuencias que correspondan por ley.

Pero es una estrategia vieja cuando se acusa a todos. Funciona, a veces. Pero tiene un límite: cuando la realidad empieza a hablar más fuerte que cualquier relato.

Y la realidad, de a poco, empieza a hacerse oír en los números. No en los de la macroeconomía, sino en los de la percepción. La imagen positiva perfora umbrales simbólicos, la negativa crece como una mancha que se expande sin apuro, pero sin pausa. El futuro deja de ser promesa y se vuelve interrogante.

No hay catástrofe. Todavía no. Pero hay algo más inquietante: desgaste.

Ese desgaste que no tumba de un golpe, sino que erosiona. Que no estalla, sino que gotea. Que no grita, pero insiste.

Mientras tanto, la política oficial parece suspendida en una suerte de inercia. Sin nuevos proyectos, sin iniciativas que marquen agenda, sin ese impulso que alguna vez le permitió al Gobierno correr siempre un paso adelante. Ahora corre detrás. Reacciona. Se defiende. Y en política, defenderse es el preludio de perder la iniciativa, que es, en definitiva, perder el control del tiempo.

Porque gobernar no es sólo administrar. Es narrar. Es darle a la sociedad una historia en la que quiera creer. Y hoy, esa historia parece deshilacharse.

Queda, entonces, la pregunta más incómoda. No la que se formula en los estudios de televisión ni en los informes de consultoras, sino la que empieza a circular en voz baja, en sobremesas, en chats, en pensamientos sueltos: ¿hasta cuándo alcanza?

La política puede sobrevivir a casi todo. A los errores, a las contradicciones, incluso a las crisis. Pero hay una frontera invisible que no conviene cruzar.

La de la esperanza.

Porque cuando la esperanza se apaga, no hay discurso que la reemplace. No hay dato que la reconstruya. No hay enemigo que la devuelva.

Y entonces, lo que queda, no es el enojo.

Es algo peor.

Es la indiferencia.

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