Mi estimado ciudadano: ¿A qué hora pusiste hoy el despertador? ¿Con qué pensamiento te levantaste mientras preparabas el mate o el café antes de salir? Te lo pregunto porque sos el verdadero protagonista de este tiempo; el que no sale en los organigramas, pero sostiene, con un esfuerzo silencioso, los cimientos de lo que todavía llamamos país.
Venimos de recorrer un desierto de dieciséis años de un modelo específico, insertos en dos décadas donde el populismo absoluto nos vendió una épica de cartón pintado. Mientras tanto, por lo bajo, se carcomía la cultura del trabajo, se asfixiaba al que produce y se degradaban las instituciones hasta convertirlas en unidades básicas de un proyecto personal. Fue una etapa de “presentismo” voraz, donde se gastó lo que no había y se hipotecó el futuro en nombre de una justicia social que solo terminó multiplicando la pobreza y consolidando una nueva casta de privilegiados.
Luego llegó el cambio y el aire se sintió distinto. Hubo, y aún hay restos, de una confianza depositada en la necesidad de ordenar las cuentas, de terminar con el despilfarro y de devolverle al individuo la soberanía sobre su propia vida. Ese acompañamiento sigue ahí latente porque, mi estimado ciudadano, somos varios los entendemos que no hay fórmulas mágicas ni parches a corto plazo para salir de pozos tan profundos.
Sin embargo, el termómetro de la calle empieza a marcar una temperatura que no siempre coincide con los gráficos de las planillas oficiales. Mientras se discute la macroeconomía y se libran batallas culturales en las redes, vos seguís ahí, intentando que la brújula diaria no se rompa.
Hoy vemos con preocupación cómo la agenda pública se distrae en ruidos que creíamos haber dejado atrás: funcionarios bajo la lupa, causas que parecen dormir el sueño de los justos en los pasillos de la justicia y una gestión que, por momentos, parece alejarse de la urgencia del que no llega a fin de mes. La polarización, esa grieta que nos sirvió de cárcel durante tanto tiempo, sigue siendo el deporte favorito de algunos, mientras el que sale a laburar cada día queda atrapado en el medio, intentando descifrar si el sacrificio de hoy realmente será el bienestar de mañana.
La paciencia del que trabaja es admirable, pero no es infinita. Se confía en las políticas de largo plazo y se sabe que el camino del orden es el único posible, pero el desgaste de una realidad que nos atraviesa es innegable. La gestión necesita la transparencia como el aire, y la esperanza necesita resultados palpables para no transformarse en una nueva desilusión.
El esfuerzo lo está haciendo la gente, pero la ejemplaridad debe ser la única brújula de quienes nos conducen. Al final del día, lo que queda es la dignidad de quien sigue apostando por un país normal y la coherencia de ser un ciudadano con sentido común. La ética del mando no puede ser una asignatura pendiente; la sociedad ya entregó su parte y ahora espera, con derecho, que la política esté a la altura de su sacrificio.




