Los jóvenes siempre han buscado por diferentes motivos un refugio personal e ideológico en la música, no es novedad. Desde el rock, en la década de los cincuenta, hasta el nu metal y el rap en los noventas o principios del dos dos mil, este patrón social se repite sin cesar.
Miles de artistas o bandas se han convertido directa, indirectamente y hasta por elección propia, en comunicadores sociales. Máquinas de manifiestos adornados de armonías y riffs, para expresar sus inquietudes, descontentos o reflexionar sobre el mundo que los rodea.
Lali siempre ha sido cuestionada. Desde sus comienzos en la televisión como chica Cris Morena, con todo lo que se comenta sobre el universo de sus ficciones, hasta involucrarla, una y otra vez , en chimentos de farándula para desestabilizar su imagen pública.
El arte es provocación, y ella entendió esto a la perfección con su performance, su ideología y su discurso musical.
Subestimada por los boomers, como el ángel que alguna vez fue en sus orígenes, para transformar esa baja vara en el demonio que sabotea inconscientemente la conservaduría del presidente, es la personificación del efecto Streisand en su máxima expresión: cada intento de censura o crítica que tuvo, solo generó más visibilidad en su mensaje y un fandom que no para de crecer, luego de su última entrega en el Josè Amalfitani. El mismo que volvió a agotar para este próximo 7 de septiembre.





