Los israelíes concurren este martes a las urnas para elegir la 26ª Knéset en una elección considerada decisiva para el futuro político del país y que podría determinar si Benjamin Netanyahu continúa al frente del gobierno o si la oposición logra finalmente desplazarlo del poder. La jornada comenzó con una participación electoral especialmente elevada: el 31,5% de los ciudadanos habilitados ya había votado al mediodía, según informó el Comité Electoral Central, frente al 28,4% registrado a la misma hora en las elecciones de 2022. Se trata, además, del nivel de participación más alto para ese horario desde 1973, cuando Israel celebró sus primeras elecciones después de la guerra de Yom Kippur.
Unos 7,3 millones de israelíes están habilitados para votar en unos comicios atravesados por las consecuencias de la guerra iniciada tras el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, los conflictos abiertos en distintos frentes, una fuerte polarización interna y un creciente aislamiento internacional. En este escenario, Netanyahu busca conservar el poder frente a una oposición encabezada por Gadi Eisenkot y su partido Yashar, mientras los sondeos anticipan una disputa muy ajustada entre el bloque de derecha y ultraortodoxo que respalda al primer ministro y las distintas fuerzas opositoras.
Netanyahu votó durante la mañana junto a su esposa, Sara, en un centro electoral de Jerusalén y aprovechó la ocasión para llamar a la población a participar. “¡Vayan a votar!”, pidió el primer ministro en hebreo. Su objetivo es convertir la movilización de su electorado en una nueva mayoría parlamentaria que le permita continuar al frente del Ejecutivo, incluso ante la posibilidad de que los partidos opositores obtengan en conjunto una mayor cantidad de votos.
La particularidad del sistema político israelí hace que la elección del partido más votado no determine automáticamente quién gobernará. Israel funciona bajo un sistema parlamentario de representación proporcional y todo el país constituye una única circunscripción electoral. Los ciudadanos no eligen directamente al primer ministro, sino que votan por listas partidarias que competirán por los 120 escaños de la Knéset. Para ingresar al Parlamento, una fuerza debe superar el umbral del 3,25% de los votos válidos.
Por esa razón, el verdadero desafío comenzará después del recuento. La distribución de los escaños y la capacidad de los distintos dirigentes para construir una coalición de al menos 61 diputados serán determinantes. La oposición puede contar con un mayor número de combinaciones para alcanzar una mayoría, pero mantiene fuertes diferencias internas, especialmente respecto de la posibilidad de establecer acuerdos o recibir apoyo parlamentario de partidos árabes.
Mientras avanza la votación, el proceso también quedó rodeado de denuncias sobre presuntas irregularidades en distintos centros electorales. Varias fuerzas políticas, entre ellas Yashar, de Gadi Eisenkot; B’Yachad, de Naftali Bennett; People of Israel, de Ofer Winter; Yisrael Beytenu, de Avigdor Liberman; Ra’am, de Mansour Abbas, y Reservists-Economic, de Yoaz Hendel, denunciaron papeletas faltantes, dañadas o supuestas interferencias en el desarrollo de la elección.
El Comité Electoral Central salió al cruce de esas acusaciones y aseguró que, hasta el momento, no existen pruebas de una manipulación sistemática de las papeletas. El organismo señaló que las denuncias individuales están siendo investigadas y atendidas de inmediato, al tiempo que pidió a los ciudadanos que recurran exclusivamente a sus canales oficiales para informarse sobre posibles irregularidades.
La elevada participación agrega un elemento de incertidumbre a una elección cuyo resultado podría tener consecuencias mucho más allá de la composición de la próxima Knéset. Una victoria de Netanyahu abriría la puerta a la continuidad de su gobierno y de su alianza con los sectores de derecha y ultraortodoxos. Una ventaja opositora, en cambio, podría iniciar una compleja negociación para formar una nueva coalición, aunque las diferencias entre sus integrantes podrían dificultar la construcción de una mayoría estable.
El escenario tampoco descarta un nuevo bloqueo político, un gobierno en minoría o incluso una improbable coalición de unidad nacional. Por eso, la jornada electoral no necesariamente definirá por sí sola quién gobernará Israel: el resultado de las urnas será apenas el primer capítulo de una negociación política que podría extenderse durante días o semanas.
Con una participación que avanza a un ritmo inédito en más de cinco décadas para esta instancia del día, la atención está puesta ahora en la evolución de la concurrencia a las urnas y, especialmente, en cómo se traducirá esa movilización en la distribución de los 120 escaños de la Knéset. Para Netanyahu, la elección representa una nueva oportunidad de prolongar su permanencia en el poder. Para sus adversarios, la posibilidad de poner fin a uno de los períodos de gobierno más extensos de la historia política israelí.




