En los últimos tiempos estamos asistiendo a un fenómeno preocupante: en nombre de la reducción de daños, ciertos discursos médicos, educativos y comunicacionales comienzan a relativizar conductas que representan riesgos reales, especialmente para niños y adolescentes.
Frases como “los adolescentes van a tomar alcohol, enseñémosles a hacerlo responsablemente”, “no podemos evitar que consuman, pero sí ayudarlos a cuidarse” o “no hay que prohibir el celular, sino enseñar a utilizarlo” parecen instalarse como respuestas modernas y comprensivas. Sin embargo, detrás de ellas existe un peligro: confundir la prevención con la aceptación anticipada de una conducta de riesgo.
La reducción de daños es una estrategia válida y necesaria cuando una persona ya está expuesta a determinadas conductas. Pero cuando se convierte en el eje central del mensaje preventivo, corremos el riesgo de debilitar aquello que debería ser nuestra principal preocupación: la percepción del riesgo.
La prevención debe procurar que las personas comprendan las consecuencias reales de sus decisiones antes de exponerse a situaciones potencialmente dañinas. Si transmitimos permanentemente que determinadas conductas son inevitables y que simplemente debemos aprender a administrarlas, terminamos naturalizando aquello que pretendemos prevenir.
Parece que como sociedad hemos comenzado a tener miedo de prohibir. Decir que no, establecer límites o advertir sobre determinados peligros se interpreta muchas veces como una actitud autoritaria o anticuada. Sin embargo, poner límites no es dejar de acompañar; es también una forma de cuidar.
Un adolescente no necesita solamente que le expliquemos cómo disminuir las consecuencias del consumo de alcohol. Necesita comprender por qué consumirlo representa un riesgo para su salud. Del mismo modo, frente al uso excesivo de pantallas, no alcanza con hablar de responsabilidad individual cuando muchas veces es necesario establecer límites claros.
Los profesionales de la salud y los comunicadores tenemos una enorme responsabilidad. Nuestros mensajes contribuyen a construir la percepción social sobre lo que es peligroso, aceptable o recomendable. Por eso debemos evitar que, en el esfuerzo por disminuir las consecuencias de una conducta, terminemos restándole importancia a sus riesgos.
No se trata de generar miedo irracional, estigmatizar ni desconocer la realidad. Se trata de recuperar la capacidad de advertir, educar y prevenir antes de que aparezca el daño.
La reducción de daños debe existir, pero no puede desplazar el objetivo fundamental de la prevención. Necesitamos aumentar la percepción del riesgo, fortalecer los factores de protección y recuperar el valor de los límites.
Porque cuando una sociedad comienza a preocuparse más por enseñar cómo convivir con los peligros que por evitar que sus jóvenes se expongan a ellos, algo esencial está fallando.
Prevenir no es resignarse a que el daño ocurra. Prevenir es trabajar para que nunca llegue a suceder.






