La política argentina volvió a ingresar en ese territorio donde nadie termina de decir qué hará, pero todos trabajan intensamente para que, llegado el momento, nada los encuentre desprevenidos. En el fondo, todos saben que todavía falta mucho para 2027, pero también saben que en política el futuro comienza bastante antes de que alguien se anime a pronunciarlo.
En La Libertad Avanza aprendieron, después de la experiencia del año pasado, que no siempre conviene teñir el mapa de violeta de una sola pincelada. Martín Menem y Lule Menem administran los tiempos con una paciencia que tiene bastante menos de casualidad que de estrategia. No quieren regalarle las provincias a los gobernadores por un puñado de votos en el Congreso, pero tampoco parecen dispuestos a entrar en una guerra territorial que pueda terminar debilitando al propio Gobierno. Por eso dilatan definiciones, esperan mejores condiciones económicas, observan la imagen presidencial y, mientras tanto, les dan oxígeno a candidatos que hoy todavía parecen demasiado livianos para disputar una gobernación, pero que con seis meses más de instalación podrían convertirse en otra cosa.
El problema es que los votos del Congreso no abundan y los gobernadores siguen siendo una pieza necesaria del mecanismo. El oficialismo sabe que muchos mandatarios comparten electorados con Javier Milei y que desafiar abiertamente a La Libertad Avanza puede significar, en algunos territorios, enfrentarse con una parte de su propia base electoral. Pero también sabe que esa relación no es de subordinación automática. Es un matrimonio político de esos en los que ambos sonríen para la fotografía mientras cada uno guarda cuidadosamente las llaves de su propia casa.
En ese escenario aparece Patricia Bullrich, que volvió a mover su estructura con una discreción que, paradójicamente, hizo bastante ruido. Reuniones con legisladores, contactos con funcionarios que responden a su espacio y conversaciones con dirigentes nacionales y provinciales forman parte de una orden sencilla: la maquinaria se vuelve a poner en marcha. Nadie escuchó todavía de boca de la senadora el anuncio formal de una candidatura presidencial, pero tampoco parece casual que haya comenzado a reconstruir una estructura que había quedado en pausa.
Varios gobernadores aliados, afirman que Patricia los tantea para ver si ellos la apoyarían. Ninguno se lo confirma, aunque nadie le dice que no acelere. En la política argentina, naturalmente, decir que no hay una decisión tomada suele ser una manera elegante de admitir que la decisión ya está siendo conversada.
La pulseada también atraviesa la reforma electoral. El oficialismo todavía no tiene asegurados los 37 votos necesarios en el Senado para eliminar las PASO, mientras Diego Santilli sostiene que ese número puede aparecer y Bullrich calcula que, por ahora, ni siquiera llegan a 30. En esa diferencia hay mucho más que una discusión aritmética: hay una pelea silenciosa por el poder y por la manera en que cada espacio imagina el escenario electoral que viene.
Del otro lado, el peronismo comenzó a entender que conservar las PASO puede ser tan importante como definir quién será su candidato. La reunión que sentó en una misma mesa a Sergio Massa, Axel Kicillof y Máximo Kirchner dejó una señal que hasta hace poco parecía difícil de imaginar: el intento de construir un mínimo común frente a una reforma que consideran funcional a los intereses del Gobierno. No porque las diferencias internas hayan desaparecido —sería demasiado pedirle semejante milagro a la política argentina— sino porque todos parecen comprender que, si llegan divididos al próximo proceso electoral, el problema será bastante mayor que la disputa por una candidatura.
Fuentes confiables que participaron del encuentro fueron especialmente críticas con la estrategia oficialista y definieron la eliminación de las primarias como “un traje a medida para él”, en referencia a Milei. Según uno de los asistentes, el Gobierno tiene tres problemas simultáneos: “cubrirse la espalda con Bullrich, fragmentar lo más que pueda la oposición y, además, las fragilidades económicas en las que se sustenta”. La interpretación es que la reforma electoral no sería solamente una cuestión institucional, sino una herramienta para ordenar un escenario político que al oficialismo todavía le resulta incómodo.
También por eso comenzó la presión sobre gobernadores dialoguistas como Gustavo Sáenz, Osvaldo Jaldo y Raúl Jalil, a quienes el peronismo busca convencer de que no acompañen al Gobierno en la eliminación de las PASO. El mensaje tiene una segunda parte, menos amable: si colaboran con la Casa Rosada, sus propios armados provinciales podrían encontrar obstáculos en el camino.
En esa misma conversación apareció otra advertencia sobre la economía y el comportamiento del capital financiero. “Cuando sienten un ruidito vuelan y se van”, graficó uno de los dirigentes, al referirse a la volatilidad de los mercados y a la fragilidad que, según su diagnóstico, todavía existe detrás del programa económico. Y ahí aparece el dato que puede terminar convirtiendo toda esta discusión política en algo bastante más concreto: la economía real empezó a dar señales de agotamiento.
El tercer trimestre —julio, agosto y septiembre— habría sido el peor del año en materia de actividad. La estimación planteada es una caída cercana al 1,5%, después de un segundo trimestre que ya había mostrado una contracción del 0,6%. Dos trimestres consecutivos de caída configuran técnicamente un escenario de recesión. Y aunque podría aparecer alguna recuperación leve en el último tramo de 2026, la expectativa es que el año termine con una actividad creciendo menos del 1%, un resultado demasiado pobre para una economía que necesita recuperar dinamismo. Además, las estimaciones de inflación de Octubre, rondan el 2%.
Lo más preocupante es que tampoco alcanza con mirar los sectores que hasta ahora funcionaban como motores. La minería y la actividad petrolera, que habían aparecido como las grandes locomotoras del nuevo esquema económico, también comenzaron a mostrar retrocesos, mientras la industria y la construcción continúan entre los sectores más castigados. El motor empieza a toser y el resto del vehículo todavía no encuentra la manera de empujar.
Y ahí está, quizás, la verdadera discusión que atraviesa todas las demás. Dos trimestres consecutivos de caída no son una metáfora política. Son actividad que se enfría, sectores que producen menos y una sociedad que empieza a sentir en la calle aquello que los dirigentes todavía discuten alrededor de una mesa. La política puede esperar. La economía, bastante menos.




