Un apretón de manos con Donald Trump después de la final del Mundial alcanzó para que parte de la dirigencia del fútbol argentino, y también algunos periodistas, interpretaran esa imagen como una señal de fortaleza para Claudio “Chiqui” Tapia, casi como si una fotografía pudiera ofrecerle algún tipo de protección frente a las causas judiciales que lo involucran.
Esa lectura confunde dos planos que no deberían mezclarse. El fútbol tiene la capacidad de modificar el ánimo de un país entero y de convertir a sus protagonistas en figuras de enorme influencia pública, pero ese reconocimiento no altera el recorrido de un expediente: las investigaciones avanzan, se frenan o se archivan por las pruebas que reúnen fiscales y jueces, nunca por la cercanía circunstancial con un líder internacional que, dicho sea de paso, suele sacar su propio rédito de esas fotos, ni por el impacto mediático de una imagen que dura lo que dura un flash.
Conviene, además, repartir los méritos con justicia. Que la Selección Argentina haya vuelto a disputar una final es consecuencia del trabajo sostenido de Lionel Scaloni, Walter Samuel, Pablo Aimar, Roberto Ayala y de un plantel que durante años construyó una identidad futbolística con Lionel Messi como referencia inequívoca. La dirigencia administra la AFA, negocia contratos, organiza competencias y conduce la institución; el prestigio deportivo, en cambio, se construye exclusivamente dentro de la cancha, donde ningún escritorio reemplaza el esfuerzo, el talento y el liderazgo estratégico de un equipo.
Es lógico que un ciclo exitoso fortalezca políticamente a quien está al frente de una organización: ocurre en el fútbol, en las empresas y también en la política. Lo que no resulta razonable es pretender extender ese reconocimiento hacia un terreno completamente distinto, como si la valoración pública pudiera influir sobre el funcionamiento de la Justicia. Confundir popularidad con inmunidad institucional no solo constituye un severo error de análisis, sino que alimenta una lógica de privilegios que la Argentina ya conoce demasiado bien.
Tal vez el problema sea, una vez más, la tendencia a creer que el fútbol tiene poderes que exceden al deporte: a lo largo de los años se lo usó para explicar éxitos políticos, fracasos de gobierno e incluso expectativas económicas, y ahora vuelve a aparecer la idea de que una foto puede torcer algo que pertenece de manera exclusiva al ámbito judicial, cuando en realidad los expedientes se sostienen sobre la rigurosidad de las pruebas, los testimonios y los hechos, y solo van a conservar credibilidad si los fallos se escriben con evidencia y no con relaciones públicas.





