Argentina atraviesa una paradoja inédita: mientras el apoyo de Estados Unidos alcanza una magnitud nunca vista —con compras de pesos por parte del Tesoro norteamericano y una alianza estratégica en marcha—, dentro del país se profundiza una crisis productiva y política que hace mella en el corazón del proyecto libertario. El orden suele implicar previsibilidad, y hoy lo único previsible es el desconcierto.
Por un lado, los inversores observan el tablero con la expectativa de un inminente acuerdo con Estados Unidos; por el otro, el humor del mercado argentino parece tener un oído más atento a los desencuentros internos que a los elogios de Scott Bessent.
El secretario del Tesoro norteamericano puede comprar pesos, intervenir en el “blue chip swap” y bendecir el rumbo económico cuantas veces quiera; sin embargo, el termómetro seguirá caliente, al menos, hasta el próximo domingo.
El escenario político, lejos de calmar las aguas, no ayuda. Las internas están a flor de piel y el presidente elige esquivar la intervención. Santiago Caputo viajó con agenda propia, paralela a la comitiva oficial, desconociendo al propio Canciller Gerardo Werthein, a quien luego mandó a hostigar por redes.
Al mismo tiempo, Guillermo Francos, que debería coordinarlo todo, se entera por terceros de las reuniones que Caputo organizó junto a Tomás Vidal y el consultor Barry Bennett, ese “embajador blue” del trumpismo que parece entender mejor la diplomacia libertaria que muchos diplomáticos de carrera.
En la reunión, además, estaban Cristian Ritondo, Rodrigo de Loredo y Juan Manuel Pichetto: los tres presidentes de bloques que pueden ser aliados clave para garantizar la gobernabilidad en los últimos dos años.
El diputado Agost Carreño estaba invitado, aunque decidió no participar. Esa “agenda blue” desató la furia de Guillermo Francos, quien nuevamente se enteró por terceros del encuentro.
Caputo, por su parte, dejó trascender que la modificación del artículo 3 —que cambiaba la ley de DNU y le permitió al gobierno ganar tiempo— fue acordada por él con los gobernadores.
Desde el país del norte, llegó otra señal: se pidió retomar la negociación con los mandatarios provinciales. La nueva agenda está marcada, y responde más a la visión de Caputo que a la de Karina Milei.
El presidente, consciente del desgaste, planea un cambio del gabinete en la que Caputo acumularía gran parte del poder libertario. Si bien Karina es intocable, su poder podría reducirse. ¿Funcionará este equilibrio frágil? La relación entre Francos y Santiago Caputo está rota, y esa grieta se proyecta sobre todo el gabinete.
En la Casa Rosada ya se preparan para la reestructuración que seguirá a las elecciones del 26 de octubre, donde se anticipan las salidas de Bullrich, Petri y Adorni —el portavoz cansado que no quiere ser legislador y espera que Karina lo entronice en la Jefatura de Gabinete—, todos por su inminente asunción en cargos legislativos.
Caputo se imagina un escenario con Ritondo en Seguridad o incluso en la presidencia de la Cámara en lugar de Martín Menem. Si el presidente del bloque del PRO asume ese rol, el puesto podría recaer en el “Colo” Santilli. Guillermo Montenegro suena para Justicia.
¿Y el propio Caputo? Él se proyecta como jefe de Gabinete, en medio de su interna con Francos. Karina y Francos, curiosamente, juegan del mismo lado, aunque más por necesidad que por devoción.
Eso sí: en lo único que concuerdan Karina y Santiago es en mantener a Mauricio Macri lejos, aunque lo nieguen porque ahora lo necesitan. En la mesa política conviven las expectativas del expresidente —que todavía busca su lugar en esta orquesta sin director— con la desconfianza de los propios libertarios, que temen perder lo que aún no consolidaron.
Mientras tanto, en Washington, el ministro de Economía, Luis Caputo, perdió la compostura y se mostró visiblemente molesto con Federico Sturzenegger y sus dichos sobre eventuales cambios en la banda de flotación del dólar. “Lo voy a matar”, exclamó ante su equipo. Egos, celos y desconfianzas se cruzan entre ambos.
La estrategia de Milei, según sus allegados, es clara: estirar las definiciones hasta después de las elecciones, como si el tiempo fuera una herramienta de gobierno.
El oficialismo imagina tres futuros posibles: uno luminoso, con el tercio legislativo asegurado; otro gris, con empate técnico y gobernabilidad a los tropezones; y un tercero oscuro, la derrota. Curiosamente, los tres escenarios parecen igualmente plausibles, lo que ya dice bastante sobre el clima del poder.
Después del 26, Milei planea un llamado al consenso con los gobernadores de Provincias Unidas y ex aliados. Busca un blindaje político para 2026 y una tregua de gobernabilidad sin menguar el poder libertario. Pero la confianza, como se sabe, se pierde una sola vez. Y en medio del vértigo de los acuerdos y desacuerdos, la paciencia social se evapora con rapidez.
Ahora sí, la verdadera encuesta se conocerá el próximo domingo. Y será entonces, finalmente, cuando la sociedad de su veredicto.
IG: almendrosale
X: rpmalmendros





