Hay épocas en las que estar ocupado es inevitable. Pero hay otras en las que estar permanentemente ocupado se vuelve una estrategia inconsciente para no conectar con lo que realmente sentimos.
Llenamos la agenda. Sumamos reuniones. Armamos proyectos nuevos. Respondemos mensajes incluso cuando podríamos no hacerlo. Y detrás de esa hiperactividad, muchas veces se esconde un mecanismo de defensa muy sutil: mientras estoy haciendo, no tengo que sentir.
Y no sentir puede parecer funcional… hasta que deja de serlo. Porque el cuerpo empieza a pasar factura. O los vínculos se enfrían. O el insomnio aparece. O simplemente ya no se puede sostener más esa exigencia.
¿Qué estamos evitando cuando no paramos nunca?
- El duelo no elaborado por algo que se perdió (una persona, una etapa, una idea).
- El miedo a enfrentar decisiones que vienen postergándose.
- La tristeza que aparece cuando bajamos la guardia.
- El enojo acumulado que nunca se expresó.
- El vacío existencial que se cuela en los silencios.
No es casual que, para muchas personas, los momentos de descanso o desconexión generen ansiedad. Porque cuando no hay estímulos externos, aparece el mundo interno, y no siempre estamos preparados para sostenerlo.
Algunas claves para empezar a mirar sin colapsar:
- Observá tus tiempos “muertos”. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué sentís?
- Notá si hay incomodidad en momentos de calma, y nombrala. No la llenes enseguida.
- Escribí lo que aparece cuando no estás haciendo nada. Aunque sea en frases sueltas.
- Hacete la pregunta incómoda: si no tuviera nada que hacer hoy, ¿qué emociones aparecerían?
- Permitite sentir sin resolver. No todo se soluciona rápido. A veces, el primer paso es simplemente registrar.
Nos leemos pronto,
Vicky Fiorenzi
Consultora Psicológica
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