El primer verano en el que los hijos se van solos de vacaciones suele vivirse como un rito de pasaje. Para ellos, una mezcla de euforia, libertad y sensación de adultez recién estrenada. Para los padres, una experiencia ambivalente: orgullo por lo que creció ese hijo que ahora arma el bolso sin nosotros y una preocupación silenciosa que aparece cuando cae la noche y el celular no responde.
Desde mi trabajo acompañando a familias desde hace años, puedo decir algo con claridad: el verano no es el problema. El problema es creer que el verano “se maneja solo”. Bien acompañado, puede ser una experiencia valiosa de disfrute, amistad y autonomía. Mal leído, se transforma en un terreno fértil para riesgos que hoy son más complejos y visibles que nunca.
Las vacaciones entre amigos suelen ser el escenario donde se inicia —o se intensifica— el consumo de alcohol. No hablamos solo de “probar”, sino de borracheras sostenidas, consumo sin control y situaciones que luego nadie sabe cómo manejar. A esto se suma el inicio o la normalización de drogas, el vapeo como falsa alternativa “inofensiva” y el abuso de bebidas energizantes, con efectos reales sobre el corazón, el sueño y la salud mental.
También es un momento sensible en términos de sexualidad. Relaciones sin cuidados, desinformación, presión grupal, miedo a decir que no, y riesgos concretos para la salud sexual y emocional. En muchos casos, estas situaciones se dan en contextos atravesados por el alcohol, lo que aumenta exponencialmente la vulnerabilidad.
Otro punto que no podemos ignorar es la violencia. Peleas, patotas, discusiones que escalan rápido cuando hay consumo, noches que terminan mal y consecuencias que nadie planificó. A esto se agregan riesgos menos visibles pero igual de importantes: alquileres truchos, departamentos en condiciones precarias, hacinamiento “naturalizado” y decisiones logísticas que muchas veces los adultos conocen… y consienten.
Nada de esto implica demonizar las vacaciones ni vivir desde el miedo. Implica ejercer el rol adulto antes de que el problema aparezca. Acompañar no es controlar, es preparar.
Algunas herramientas concretas para reflexionar y dialogar antes de que se vayan:
- Hablar antes, no después. No esperes a que algo pase. Las conversaciones preventivas son las únicas que llegan a tiempo.
- Poner palabras a los riesgos reales. Sin dramatizar, pero sin negar. Alcohol, drogas, sexualidad, violencia y cuidado personal deben poder nombrarse.
- Acordar límites claros. Horarios, dinero, consumo, convivencia. La libertad sin marco no es autonomía, es abandono.
- Revisar el alojamiento. Saber dónde van a estar, con quiénes, en qué condiciones y bajo qué responsabilidad adulta.
- Hablar de cuidado entre pares. No dejar solo a un amigo en riesgo, no normalizar situaciones peligrosas, pedir ayuda a tiempo.
- Dejar abierta la puerta. Que sepan que pueden llamar, volver antes o pedir ayuda sin miedo a represalias.
- Revisar nuestras propias incoherencias. No exigir cuidado si como adultos minimizamos, habilitamos o miramos para otro lado.
El primer verano solos no define a nuestros hijos, pero sí puede marcar una huella. La diferencia no está en prohibir o soltar sin más, sino en animarnos a ejercer una parentalidad presente, firme y disponible.
Acompañar también es confiar, pero la confianza se construye con diálogo, límites y responsabilidad compartida. El verano puede ser una linda experiencia. Que no sea, por omisión adulta, una experiencia que después lamentemos.





