Estimado lector: Arriba de mi cama había un cuadrito con mi signo. Aries: impulsiva, intolerante, irritable, impaciente. Mi hermana tenía el de Sagitario: generosa, bondadosa, piadosa. Una belleza. Yo tenía el manual de instrucciones de una granada.
Así crecimos los de la Generación Equis, los que nacimos entre los 60 y los 70 y tuvimos la adolescencia en los 80, con el rótulo puesto antes de poder elegir el propio. Comiendo en la cena el pastel de papas adornado con setenta clavos de olor porque quedaba lindo, y obligados lo tragábamos . Diciendo que sí cuando por dentro gritábamos que no (a mí me duró toda la vida). Los varones, mandando a un amigo de intermediario porque, frente a la chica, no les salían dos palabras.
La facha era capítulo aparte. Nosotras, con el flúor, los aros grandes y las camperas con las mangas arremangadas hasta el codo, y un fijador en el pelo para que no se nos moviera un rulo, porque a la permanente había que cuidarla. Ellos, con la remera de la banda que les gustaba: los metaleros de un lado, los roqueros del otro. Así pateábamos la calle.
Nos las arreglábamos con lo que había. La tele se sintonizaba a mano, con uno arriba del techo moviendo la antena y el de abajo gritándole “¡quedate ahí, quieto, que se ve bien!”. Cuando se enroscaba la cinta del cassette TDK donde habíamos grabado a los ponchazos nuestra canción favorita, la birome Bic nos salvaba la vida porque entraba justo en la parte hexagonal y la devolvía a su lugar. Sin inteligencia artificial ni algoritmos, nuestra tecnología de punta era una lapicera.
Corríamos a atender el teléfono antes de que cortaran, y hoy mandamos audios de cuatro minutos y nos quejamos de los de cinco. A los cincuenta, por fin, nos dimos algunos permisos. Hay quienes cambiaron de laburo, se animaron a emprender e incluso a estudiar, pensando en todo lo que nos queda por vivir. Hay quienes, después de más de veinte años, nos separamos y armamos otro proyecto de vida. Yo estoy recién aprendiendo a frenar el sí antes de que salga, y todavía se me escapa alguno. Por eso digo que fuimos la mejor generación: aguantamos de todo y, cuando llegó el momento, elegimos. Ríanse nomás.
Los amigos, los del último banco, los de los secretos en voz baja que esperaban al recreo. Algunos se fueron; otros encontraron otra forma de quedarse. Los de toda la vida llegaron con nosotros hasta acá, y no necesitamos vernos todos los días porque con una mirada luego de meses sabemos qué le pasa al otro. Mándele esta columna a uno de esos. No hace falta explicarle nada.
Gracias a los que me contaron sus anécdotas, esas que me ayudaron a construir las columnas que vinieron después. Al papá que se mataba de risa con el carbónico y tuvo que explicárselo a su hijo. A la señora que desaprobaba mecanografía los viernes a última hora, en un aula a oscuras; señora, le debo una aprobación. A todos los que me escribieron “a mí también me pasaba” con lo del baño. Gracias por confirmarme que no era la única con semejantes pavadas.
Hasta acá llegamos con Generación Equis.
Tenemos historia, no estamos jubilados.




