Estimado lector: Llegamos al noveno capítulo de Generación Equis y, como el final se empieza a avizorar, me pareció hora de saldar una deuda con el pasado: cómo nos vestíamos en los ochenta. Una cosa es recordar las canciones de la secundaria y otra muy distinta es tropezarse con una foto de 1988 y tener que ensayar una defensa en juicio.
Lo más trágico no era la ropa, sino la seguridad. Nos creíamos despampanantes. Nuestros padres nos miraban cruzar el living con espanto y resignación, pero nosotros marchábamos convencidos de que el problema eran ellos, que no entendían nada de la modernidad ochentosa. Décadas después, frente a ese archivo irrefutable, hay que admitir que la piedad filial no existía.
En mi caso tenía todos los boletos comprados, y seguro que muchas de las chicas de los ‘80 también: jeans nevados, hombreras monumentales y colores que se veían desde el espacio. Hombreras en todo, hasta en una remera de algodón que no las necesitaba ni a ganchos. Si había tiempo, se cosían; si no, las sosteníamos con la tirita del corpiño y cruzábamos los dedos para que no se resbalaran. Y cuanto más destruido por la lavandina quedaba el jean, más copados nos parecíamos.
Y el pelo… El flequillo no se peinaba, se construía. Un tarro entero de Roby y a rezar. Quedaba tieso como un cartón, duro como el Titanic, y tenía que aguantar así hasta las seis de la mañana.
Madonna y Cyndi Lauper nos complicaron la existencia. Las veíamos en los videoclips y copiábamos todo con lo que había a mano: tijera, coraje y una madre con máquina de coser. ¿Quién no se hizo alguna vez un peinado imposible frente al espejo del baño? En el barrio la moda siempre llegaba con un toque de retraso, pero justo a tiempo para hacernos quedar en ridículo.
Los varones tampoco se salvaron, y lo digo con conocimiento de causa. Ellos no pensaban tanto la ropa, pero se vestían siguiendo el código de la banda que escuchaban. Los metaleros, con la remera de AC/DC o de Guns N’ Roses y el pelo largo a lo Bon Jovi. Los del rock nacional, con la campera de jean y las mangas arremangadas a fondo. Y el que se ponía esa campera se ponía también el fijador con corte cubano, el del mechón largo atrás. Media hora de espejo para salir con una indiferencia impostada, como si se hubieran tirado encima lo primero que encontraron.
Pasó el tiempo, cambiaron los siglos y, de pronto, la cara de espanto en el living pasó a ser la nuestra. Hoy miramos a los chicos en TikTok o Instagram mostrar su vida sin ningún tapujo, vestidos con combinaciones que a nosotros nos harían dar un soponcio, y entendemos exactamente el gesto que ponían nuestros viejos. Nos convertimos en ellos. Aunque hay que reconocerles algo a los pibes de hoy: se ponen lo que les gusta, lo que les queda cómodo, y chau. No parecen tan esclavos de un solo mandato estético como lo estábamos nosotros; quizás porque hoy todo es moda y nada dura demasiado.
Aquella moda nuestra se hace la distraída, aunque yo sigo guardando las fotos de esa época bajo siete llaves, por las dudas. Si vos sos prudente, hacé lo mismo con las tuyas. Total, esa batalla ya la libramos todos hace muchos años y va siendo hora de confesar la verdad sin anestesia: nuestros viejos tenían toda la razón del mundo. Empezando por la mía.





