El hecho reciente en Mendoza —una alumna de 14 años que ingresó armada a su colegio y disparó al menos dos veces, para luego atrincherarse en el aula durante horas— es un episodio alarmante que no podemos mirar como una simple “noticia más”.
Detrás de esta violencia hay señales —muchas de ellas silenciosas— que remiten a un malestar profundo, a rupturas en los lazos de contención, a carencias en el tejido relacional familiar y social. En ese sentido, el episodio en Mendoza puede leerse como un llamado de atención sobre la importancia de la familia en prevenir tragedias que nacen de la desesperación, el dolor y el desequilibrio emocional.
La familia como agente central de prevención
1. La construcción de la identidad emocional
Uno de los roles más fundamentales de la familia consiste en ayudar a los niños y adolescentes a construir su identidad emocional. Cuando un hijo o hija crece sintiéndose escuchado, comprendido y aceptado en su vulnerabilidad —y no sólo premiado por sus éxitos o castigado por sus errores— desarrollará una capacidad interna de autorregulación emocional, de poner palabras a sus propias emociones y de gestionar el enfado, la frustración o el dolor de una manera más madura.
Sin embargo, si ese espacio emocional nunca se habilita —si el adolescente siente que “nadie lo entiende”, “nadie quiere escucharlo”, o “soy un problema y no un ser humano”—, puede llegar a gestarse un tormento interno que no encuentra salida por vías sanas. En muchos actos violentos o autodestructivos, la persona está actuando un grito sin palabras, una desesperación no verbalizada.
2. La contención afectiva real y cotidiana
No alcanza con “decir que uno ama a sus hijos”. La contención afectiva real se expresa de modo cotidiano: estar presente, atender el mundo interno del niño o adolescente, interesarse en sus emociones, sus miedos, sus frustraciones, sus sueños; sostenerlo en la caída, validarlo en el error, acompañarlo en su dolor. La contención se construye con escucha activa, gestos de cuidado, comunicación emocional fluida y un acompañamiento constante cuando hay conflicto o crisis.
Cuando este tejido se debilita —por padres ausentes, por consumos problemáticos, por exceso de trabajo, por descuido emocional o falta de tiempo genuino—, el joven puede sentirse “solo dentro de su propia cabeza”, sin nadie que lo respalde en su confusión o su sufrimiento.
3. El acompañamiento ante el sufrimiento y el bullying
En el caso concreto de Mendoza, algunos relatos periodísticos señalan que la adolescente habría sufrido situaciones de acoso escolar (bullying).
Una familia atenta y preventiva puede marcar la diferencia en estos casos: no sólo reaccionando cuando el daño ya es visible, sino monitoreando las señales tempranas de sufrimiento (cambios de ánimo, retraimiento, desesperanza, cambios de rendimiento escolar, aislamiento), dialogando con la escuela, promoviendo espacios seguros en casa para expresar lo que le duele, y acompañando profesionalmente (psicólogos, consejeros escolares, servicios de salud mental) cuando el daño empieza a hacerse visible.
Además, si el joven siente que tiene un respaldo familiar estable, es mucho más probable que encuentre vías de expresión y búsqueda de ayuda antes de llegar a la desesperación extrema.
4. El modelo relacional y la educación de la agresividad
Los niños y adolescentes aprenden a relacionarse con el otro mirando los patrones que ven en la familia: cómo se resoluciona el conflicto, cómo se expresa el enojo, cómo se pide disculpa, cómo se ejerce el poder y la autoridad, cómo se ejercita la empatía y la reparación. Si los vínculos familiares son autoritarios, descalificadores, o si comunican que “la agresividad es el modo de hacerse respetar”, se corre el riesgo de que el joven interiorice que la violencia es una respuesta legítima ante el dolor o la frustración.
Por el contrario, si en la familia se promueven los diálogos asertivos, el reconocimiento del otro como persona valiosa, el reconocimiento de los errores, la búsqueda de soluciones compartidas, la empatía y la transparencia emocional, el adolescente aprende a autorregular su agresividad, a pensarse como parte de una red de responsabilidad mutua, y a evitar la lógica del “yo tomo el arma para que me escuchen”.
5. La salud mental como tarea familiar y social
La salud mental no es un asunto individual separado del contexto familiar y social. Muchas dificultades mentales (ansiedad, depresión, agresividad extrema, ideas suicidas o violentas) se construyen o agravan en un aislamiento relacional prolongado: el joven siente que “no encaja”, que “nadie lo comprende”, “nadie me escucha”, “nadie me apoya”.
Una familia fuerte —entendida no como perfecta, sino como resiliente, afectiva, reflexiva y comunicativa— actúa como un factor protector clave frente a este tipo de deterioro. No es simplemente un tema de “más recursos psiquiátricos”, sino de redes de cuidado que permiten detectar el deterioro emocional a tiempo, intervenir tempranamente y sostener el dolor hasta que haya otra vía de salida que no sea la violencia o la autodestrucción.
¿Qué debería reforzarse, a la luz del suceso de Mendoza?
A partir del episodio en Mendoza, pueden extraerse algunas lecciones prácticas para fortalecer el rol de la familia como agente central de prevención:
Volver a priorizar el tiempo de calidad en la familia: promover espacios regulares y protegidos de comunicación afectiva (comidas compartidas sin pantallas, tiempos de conversación sobre emociones cotidianas, “chequeos” emocionales semanales, etc.).
Educar y entrenar la escucha emocional de los padres: muchos adultos no recibieron de niños un modelo de cómo escuchar el sufrimiento del otro, cómo contener el enojo o la frustración, o cómo acompañar sin juzgar. Programas de educación parental, talleres y recursos comunitarios pueden ayudar a dotar a las familias de herramientas para acompañar emocionalmente a los hijos.
Establecer redes de acompañamiento temprano: la familia debe funcionar como nodo central de una red más amplia (escuela, servicios de salud mental, clubes, pares responsables, vecinos, guías espirituales u otras redes sociales de contención). Cuando la familia detecta sufrimiento, debe poder activar esas redes antes de que el daño se agrave.
Dialogar con los adolescentes sobre el bullying, la violencia y las armas: no basta con prohibir (“no lleves armas”, “no te juntes con esos chicos”). Es clave abrir el espacio para que el joven exprese lo que siente cuando es acosado, silenciado o amenazado. Preguntar con curiosidad y no con culpa (“¿qué te pasó cuando te insultaron?”, “¿qué pensaste? ¿Cómo reaccionaste?”), abrir la conversación sin minimizar el dolor (“debe haber sido muy difícil”, “me imagino lo que sentiste, ¿quieres contarme más?”) y acompañar exploraciones colectivas de alternativas no violentas.
Promover el reconocimiento del otro como persona digna de respeto, incluso en el conflicto: si los jóvenes aprenden desde el hogar que el otro siempre merece ser escuchado, que los conflictos pueden resolverse con mediación, reparación, disculpas y no con daño o humillaciones, estarán menos proclives a interpretar la violencia como una respuesta legítima.
Apostar por la salud mental como prioridad familiar y comunitaria: no estigmatizar la búsqueda de ayuda, detectar temprano señales de alerta emocional (cambios bruscos de humor, aislamiento, fantasías violentas o desesperanzadas, habla de venganza, intención de hacerse daño o dañar al otro, despersonalización, temáticas obsesivas recurrentes sobre el dolor o la humillación), y acompañar profesionalmente cuando esas señales aparecen, sin esperar a que el sufrimiento “sea grave”.
Construir la resiliencia emocional con el ejemplo: los adultos no sólo deben hablar de valores como el respeto, la empatía o la responsabilidad, sino demostrar con su comportamiento cómo se actúa cuando el otro nos hiere, cómo se pide perdón, cómo se reclama justicia sin recurrir a la violencia, cómo se sostiene el enojo sin perder el respeto por la dignidad del otro. El adolescente internaliza más lo que ve que lo que se le dice
El hecho de Mendoza es una alerta clara: la violencia adolescente extrema no surge de un vacío, sino siempre en contextos relacionales dañados, de sufrimiento no contenido, de identidades adolescentes que no encuentran su lugar y de dolor que no encuentra canales de expresión y reparación.
Si queremos prevenir que este tipo de episodios se repitan —y, más aún, si queremos construir una sociedad más sana, con jóvenes que se sientan acompañados, escuchados y capaces de transformar el dolor en proyectos vitales—, necesitamos volver a apostar por la familia como agente central de prevención, contención y salud mental. No como un refugio exclusivo ni nostálgico, sino como una red viva de vínculos imperfectos pero sensibles, capaces de responder al dolor, de contenerlo y de transformarlo.
No podemos delegar toda la responsabilidad en las instituciones escolares o en los servicios especializados de salud mental: la tarea debe comenzar en casa, con la responsabilidad adulta de ver al adolescente en su frágil humanidad, en su tormenta interna y comprometerse a acompañarlo con amor, escucha activa y presencia emocional. Esa apuesta —no simbólica sino real, cotidiana y comprometida— puede marcar la diferencia entre un acto de desesperación extrema y una vida que encuentra alternativas para el dolor y el enojo que no destruyan ni a uno mismo ni a los demás.
IG adriandallastaok





