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Cuando la angustia se vuelve agresión

El pasado 16 de julio de 2025, en la Escuela N.º 8 D.E. 4 “Carlos Della Penna” del barrio porteño La Boca, se produjo un suceso que sacudió a toda la comunidad educativa: durante una reunión, la madre de un alumno clavó una lapicera en el brazo del director, Luis Feigelman, mientras que la abuela agredió a una secretaria y a un auxiliar de la institución.

El director sufrió una herida cortante en el hombro, la secretaria un traumatismo de cráneo y el auxiliar una fractura de pulgar; acudieron al Hospital Argerich, pero quedaron fuera de peligro. El episodio derivó en la detención de ambas agresoras. Según fuentes judiciales, en una de ellas se halló marihuana. Hay versiones contrapuestas: algunos dicen que el incidente estalló durante una discusión con otros padres; otros afirman que se originó por el supuesto bullying hacia el hijo  Como medida paliativa, la escuela suspendió las clases al día siguiente e implementó una jornada EMI (Espacio de Mejora Institucional) “para llevar tranquilidad a la comunidad educativa”.

¿Es sólo un episodio de violencia?

No. Este incidente es un síntoma más que una causa en sí mismo. La violencia no surge de la nada: es la culminación de emociones desbordadas —miedo, impotencia, desconfianza— que no fueron canalizadas. Refleja una comunicación rota entre la escuela y la familia, donde el miedo a perder el control o a que algo grave le ocurra al hijo desplaza la capacidad de empatizar, dialogar o pedir ayuda.

Cuando la madre y la abuela reaccionan con agresividad, no solo cometen un delito: están expresando desesperación. Sin embargo, esa expresión lastima y estigmatiza aún más, dificultando reconstruir la confianza necesaria para acompañar el crecimiento de un niño.

Claves para los padres: prevenir antes que lamentar

  1. Reconocer las propias emociones

Si un padre se siente enojado, humillado o fuera de control en un encuentro escolar, detenerse un segundo es vital. Respirar, observar la dinámica, recordar que el otro también siente: esa pausa permite elegir cómo actuar en lugar de reaccionar.

  • Construir puentes, no muros

Una reunión con el director o docentes no es un juicio, sino una oportunidad. Hacer preguntas abiertas —“¿Cómo está interactuando mi hijo en clase? ¿Dónde podría mejorar?”— en lugar de acusar, ayuda a alinear esfuerzos y potencia el vínculo adulto-escuela.

  • Evitar el aislamiento emocional

Buscar acompañamiento —en pareja, con amigos, profesionales— puede aliviar el peso emocional y disminuir las chances de un estallido. En redes de padres responsables hay espacio para compartir sin culpa ni juicios.

  • Acción frente a señales tempranas

Si existen sospechas de bullying, problemas emocionales o bajo rendimiento, no esperar a que la situación alcance el límite. Hablar con docentes, psicólogos u orientadores, y generar un plan conjunto, puede cambiar el rumbo.

  • Educar con coherencia emocional

La forma en que los padres gestionan sus emociones es un modelo para los hijos. Un adulto que reconoce un error, pide disculpas, busca reparación y aprenden de la conmoción, transmite valores sólidos y resilientes.

Un impulso para reconstruir la conexión

Este tipo de violencia —aunque aislada— tiene un trasfondo: relaciones que no se sintieron comprendidas, escuchadas o contenidas. Padres y escuela forman un equipo crucial en la crianza. Reconstruir la confianza pasa por espacios donde los errores no sean motivo de vergüenza, sino de comprensión y aprendizaje.

Un paso clave es retomar el diálogo. La jornada EMI debe ser un punto de partida, no una solución simbólica. Proponer talleres conjuntos —familias con docentes— sobre resolución de conflictos, estrategias de escucha activa y autocuidado emocional, puede transformar el miedo y la culpa en construcción colectiva.

¿Cómo acompañar a tu hijo?

  • Validando su experiencia: “Veo que estás preocupado” abre camino a la confianza. Evita comparar o minimizar.
  • Enseñando herramientas de comunicación: Enseñar a pedir ayuda, expresar emociones con palabras y escuchar sin interrumpir.
  • Modelando autocontrol: Mostrar que los adultos también enfrentan desafíos emocionales y saben pedir disculpas.
  • Fortaleciendo vínculos dentro y fuera de la escuela: Promover actividades compartidas entre padres, hijes y docentes construye redes que reducen la huella de un incidente violento.

Este episodio en La Boca no puede verse como un caso aislado de violencia. Es un aviso: cuando el vínculo entre familia y escuela se tensiona hasta el quiebre, corremos el riesgo de que broten extremos. Pero quien lo reconoce también tiene la responsabilidad y capacidad de cambiarlo.

No se trata de demonizar a las personas, sino de humanizar las relaciones. Los padres pueden elegir construir, escuchar y sostener. El reto es grande, pero el resultado —niños que crecen en un entorno emocional seguro— vale cada diálogo, cada tregua, cada paso de encuentro.

Lic. Adrián Dall’Asta

www.fundacionpadres.org

IG adriandallastaok

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