Yo no disfruto de la paz; yo sospecho. Es una condición psicosomática que comparto con millones de compatriotas. Tengo el radar de la tormenta permanentemente encendido, una suerte de memoria celular que me advierte que si las cosas me caminan bien por más de dos semestres seguidos, es porque la piña que viene va a ser declarada de interés nacional. El otro día logré cambiar el auto, encadené tres meses de buenas ventas en mi laburo y cometí la osadía de planear unas vacaciones sin tarjetear. ¿Disfruté? No, por favor, soy argentina. Me agarró taquicardia. Automáticamente se me encendió la alarma subconsciente: “¿Dónde está la trampa? ¿Quién se está quedando con mi vuelto? ¿Me estará por caer un meteorito?”. En mi cabeza, el bienestar nunca es un logro; lo siento como un error del sistema, un canje temporal que la realidad me va a cobrar a la vuelta de la esquina, y encima con retroactivo e intereses.
Esta paranoia mía no es un defecto psicológico, es un posgrado en supervivencia institucional. Yo me crié pagando el “Impuesto a la Ilusión”. Ese mecanismo perfecto mediante el cual la política licuaba mi esfuerzo para financiar el próximo cotillón electoral. Cada ciclo de aparente bonanza que viví no era desarrollo: era una anestesia local antes de que nos volvieran a operar sin consentimiento. Me acostumbré tanto a que nos mientan con la billetera ajena que terminé confundiendo el consumo eufórico con fecha de vencimiento, con la riqueza real. Para mí, el progreso no era ahorrar para el futuro; era tarjetear doce cuotas fijas de felicidad antes del próximo Big Bang.
Ante un Estado impredecible que durante años te cambiaba las reglas del juego a mitad del partido y además te pinchaba la pelota, mi “atajo” (el dólar termosellado abajo del colchón, la informalidad como legítima defensa, el consumo histérico para sacarme los pesos de encima antes de que venzan como un yogur), dejó de ser una avivada para ser parte de mi salvaguardia. Es que la cosa era que la democracia se me venía abajo cuando veía que trabajar, pagar los impuestos a tiempo y cumplir la ley me volvía una ingeniosa candidata al premio a la más ingenua del año. Seamos sinceros: si jugás limpio en un casino diseñado para que gane la banca, el problema no es el casino, sos vos.
Es por esto que el proceso de ordenamiento actual me resulta tan jodidamente incómodo. Porque desmantelar la cultura del parche, del subsidio y del cortoplacismo para intentar construir reglas de largo plazo apunta directo al estrés postraumático. Este ordenamiento macroeconómico me choca de frente porque tengo pánico a que me vuelvan a estafar, y convengamos que tengo una colección de cicatrices financieras para estar asustada. Estoy viviendo el doloroso síndrome de abstinencia, de la adicción al respirador artificial a tener que aprender a respirar por cuenta propia. Y la verdad, descubrir que tengo pulmones me da una fiaca tremenda.
A veces pienso en cómo nos miran desde afuera, entre la fascinación científica y el morbo de Crónica TV. Un país con premios Nobel, unicornios tecnológicos, litio, campo y un capital humano descomunal, que cada diez años decide prender fuego su propia moneda como si fuera un fogón de campamento. Una especie de manicomio indescifrable.Y en el ínterin yo me miro al espejo con ínfulas de aristocracia europea caída en desgracia, absolutamente convencida de que soy la víctima de una maldición gitana o de lo que me predijo el horóscopo semanal, y no de mis propias decisiones.
Es por esto que estoy convencida que la madurez de nuestra democracia ya no se va a medir en la cantidad de veces que vaya a meter un papel en una urna para ver qué nuevo verdugo me toca. Se medirá en mi capacidad de tolerar la transición del atajo hacia el camino largo. Una transición incómoda, porque me obliga a aceptar una verdad desagradable: si las cosas finalmente salen bien y el país se vuelve normal, me voy a quedar sin excusas. Y admitámoslo: quedarse sin nadie a quien echarle la culpa de nuestros propios fracasos es el verdadero abismo existencial. ¿De qué voy a protestar en el asado del domingo si no tengo una crisis a mano? Ser feliz y previsible es un estrés para el que ningún argentino está capacitado.





