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Listas colectoras, y el país donde siempre se cambia el tablero antes de empezar la partida

Hay momentos en que la historia no avanza. Se limita a cambiarse de traje. Hay una vieja costumbre argentina que sobrevive a todas las ideologías: cuando las reglas del juego dejan de favorecer al poder, no se cambia la estrategia; se cambia el reglamento. Las consignas envejecen con una velocidad extraordinaria. Lo que ayer era una aberración institucional, hoy se presenta como una herramienta de gobernabilidad.

Lo que antes se denunciaba como la expresión más obscena de la vieja política, ahora adquiere el perfume sofisticado de la ingeniería electoral. La Libertad Avanza llegó prometiendo dinamitar los viejos privilegios de la casta. Sin embargo, la tentación del poder tiene una extraña capacidad para domesticar hasta a los revolucionarios más ruidosos. Allí donde antes se condenaban las viejas mañas del peronismo, hoy comienza a dibujarse una estrategia que huele demasiado conocida.

Las listas colectoras, aquellas criaturas políticas que durante años fueron señaladas como una deformación del sistema democrático, vuelven a asomarse por la ventana con maquillaje libertario.

La escena tiene algo de teatro clásico. Se elimina la herramienta de las PASO, pero en el mismo movimiento aparece un mecanismo destinado a contener aliados, sumar voluntades ajenas y multiplicar boletas alrededor de una misma candidatura presidencial. Cambian los nombres, pero la partitura es exactamente la misma. Es el populismo electoral disfrazado de eficiencia institucional. Un lobo con corbata liberal que intenta convencer al rebaño de que ahora la mordida será menos dolorosa.

Paradójicamente, quienes llegaron prometiendo terminar con la trampa electoral parecen descubrir que las viejas herramientas nunca fueron malas; simplemente estaban en manos equivocadas. La colectora deja de ser un pecado cuando sirve para ampliar la cosecha propia. La pureza ideológica suele durar hasta el primer cálculo de bancas. Lo denunciamos en 2011, al igual que lo hacemos ahora.

No resulta casual. Javier Milei sabe que los números macroeconómicos, por sí solos, no garantizan una elección. La estabilidad puede entusiasmar a los mercados, pero las urnas suelen escuchar otros idiomas. Por eso el Gobierno acelera una reforma que le permita ampliar su volumen legislativo sin resignar identidad, seduciendo a sectores del PRO, de la UCR y a gobernadores provinciales que observan el avance libertario con la misma mezcla de temor y conveniencia con la que se mira una tormenta desde el borde del campo.

Mientras tanto, del otro lado del río político tampoco reina precisamente la armonía. Axel Kicillof comenzó a construir su propio sendero, convencido de que el futuro del peronismo no puede seguir orbitando eternamente alrededor de un único apellido. La idea de desdoblar las elecciones bonaerenses y disputar una interna si sobreviven las PASO —o una elección partidaria si desaparecen— representa mucho más que una estrategia electoral. Es la primera declaración explícita de autonomía frente al kirchnerismo.

Cristina Kirchner ya dejó trascender que Kicillof no es su candidato. La respuesta del gobernador fue elegante, aunque suficientemente contundente como para que nadie confundiera el mensaje. No habrá unidad bajo condiciones impuestas. Traducido al castellano político: nadie piensa regalar la lapicera.

El peronismo vuelve entonces a representar una de sus obras favoritas: la familia reunida alrededor de la mesa mientras todos esconden un cuchillo debajo del mantel. La Cámpora estudia alternativas, amenaza con competir por afuera y analiza fórmulas propias mientras Kicillof apuesta a legitimarse mediante una competencia interna que lo convierta, finalmente, en algo más que el heredero administrativo de una estructura que nunca ha controlado por completo.

Pero detrás del telón electoral aparece un escenario bastante menos romántico. Porque mientras los dirigentes discuten cómo acomodar las boletas, la economía comienza a exhibir una contradicción cada vez más difícil de esconder debajo de los gráficos oficiales.

Sí, el Producto Bruto Interno alcanzó niveles históricos y creció desde la llegada de Milei. Es cierto. Los números existen. Sería absurdo negarlos. Pero también resulta imposible ignorar que esa fotografía es apenas un primer plano cuidadosamente iluminado. Cuando la cámara se aleja aparecen los márgenes oscuros de una economía partida en dos.

La minería avanza como un tren cuesta abajo. La energía acelera impulsada por Vaca Muerta. El agro vuelve a respirar. Pero la industria perdió alrededor del trece por ciento de su actividad, la construcción cayó cerca de doce puntos y miles de pequeñas empresas sobreviven como náufragos abrazados a los restos de un barco que hace tiempo dejó de navegar.

La recuperación tiene el extraño comportamiento de esas lluvias de verano que descargan sobre un único barrio mientras el resto de la ciudad continúa esperando una nube.

El dato más incómodo no aparece en el PBI sino en el empleo. Desde fines de 2023 desaparecieron alrededor de 210.000 puestos privados registrados. Y aquí la ironía adquiere dimensiones casi literarias: justamente los sectores que más crecieron —energía, minería y agroindustria— prácticamente no generaron trabajo. Al contrario, incluso redujeron personal. Los empleos destruidos por la industria y la construcción migraron hacia actividades de supervivencia: repartidores, pequeños comerciantes, trabajadores independientes, servicios domésticos, transporte informal. La productividad cayó mientras la necesidad se disfrazó de emprendedurismo.

La Argentina parece una vidriera donde las acciones financieras brillan con luces LED mientras, detrás del vidrio, los locales comienzan lentamente a vaciarse.

También aparecen señales preocupantes detrás del relato oficial. La inversión privada acumula cuatro trimestres consecutivos de retroceso. La inversión extranjera directa perdió intensidad durante este año. Incluso los celebrados proyectos del RIGI empiezan a mostrar una realidad bastante menos épica de la prometida: grandes inversiones que llegan con proveedores importados, módulos habitacionales fabricados en China y escaso derrame sobre la industria nacional. El negocio florece; la economía doméstica apenas observa desde la vereda.

Mientras tanto, casi siete millones de argentinos dejaron de ser sujetos de crédito por el crecimiento de la mora. La cadena de pagos vuelve a tensarse. Los bancos prestan con más cautela. Las billeteras virtuales exhiben índices de incumplimiento alarmantes. La bicicleta financiera avanza sobre un camino perfectamente asfaltado mientras la economía real continúa transitando un sendero lleno de pozos.

Y cuando todavía no termina de acomodarse este paisaje aparece un nuevo fantasma: la eventual eliminación del Monotributo.

El argumento oficial habla de simplificación tributaria, formalización laboral y eficiencia recaudatoria. Suena impecable en una presentación de PowerPoint. El problema comienza cuando esas diapositivas salen del Palacio de Hacienda y se encuentran con la calle.

Porque detrás de cada categoría del Monotributo no vive un sofisticado evasor fiscal escondiendo fortunas en una caja fuerte. Vive el kinesiólogo que factura para sobrevivir. La acompañante terapéutica que trabaja doble turno. El electricista. La diseñadora gráfica. El plomero. El fotógrafo. El enfermero monotributista que sostiene hospitales enteros tercerizados por el propio Estado. Vive, en definitiva, una enorme clase media independiente que dejó hace tiempo de contar ganancias y comenzó simplemente a contar días.

Hablar de eliminar el régimen simplificado implica poner en riesgo la estabilidad tributaria de aproximadamente 4.400.000 contribuyentes. Casi una cuarta parte de toda la población económicamente activa del país. No es un detalle técnico. Es el corazón mismo de la economía cotidiana.

Imaginar que millones de trabajadores podrán absorber sin consecuencias un esquema mucho más costoso equivale a creer que un árbol florece porque alguien le aumenta el precio del agua. La realidad suele ser bastante menos obediente que los manuales de economía.

Cuando el costo de la formalidad supera la capacidad de pago, el resultado no es más recaudación. Es más informalidad. Menos aportes previsionales. Menos obra social. Menos consumo. Más precariedad. La clandestinidad no nace por vocación; casi siempre nace por desesperación.

Quizá el verdadero drama argentino sea otro. Cada gobierno promete cambiar el destino del país. Y termina dedicando buena parte de su energía a cambiar únicamente las reglas con las que espera conservar el poder. Las naciones no se construyen modificando el tablero antes de cada partida. Se construyen aceptando las mismas reglas para todos, incluso cuando el resultado deja de ser conveniente.

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