El lunes escuché a Carlos Bianco contar, durante una conferencia de prensa, que le había preguntado a una inteligencia artificial qué diagnóstico tiene una persona que “ve terroristas por todos lados”. La consulta llegó después de las declaraciones del presidente y tenía una intención clara: desacreditar a Javier Milei.
Terminó la conferencia. El ministro seguía en la pantalla de mi computadora. Pensé que, si había decidido recurrir a una inteligencia artificial, yo también podía hacerle una pregunta.
Escribí una sola frase: ¿cómo se llama una persona que incorporó el miedo a su rutina diaria? La respuesta fue: “un ciudadano en estado de hipervigilancia”.
La leí dos veces. En esas pocas palabras reconocí una forma de transitar que muchos de quienes vivimos en la provincia de Buenos Aires, sobre todo en el Conurbano, conocemos demasiado bien.
No hizo falta que la inteligencia artificial me hablara de estadísticas ni de mapas del delito. Alcanzó esa definición para ponerle nombre a algo que muchos bonaerenses dejamos de registrar porque terminó formando parte de nuestra rutina. Sin darnos cuenta, empezamos a vivir de otra manera. Aprendimos a movernos en un contexto donde la sensación de vulnerabilidad dejó de ser una excepción. Lo más peligroso del miedo es que deja de llamar la atención.
Quizás la diferencia está en las preguntas, no en las respuestas. Carlos Bianco eligió preguntarle a una inteligencia artificial por un adversario político; yo preferí preguntarle por una realidad que compartimos muchos bonaerenses.
Hay una distancia cada vez más grande entre las conversaciones del poder y las conversaciones de la gente. Mientras unos siguen atrapados en la pelea política del día, nosotros seguimos esperando algo mucho más básico: poder vivir tranquilos.
El problema de la inseguridad no nació de lo que pueda responder una inteligencia artificial. Lleva años enquistado entre muchos de nosotros. La tecnología apenas encontró una expresión precisa para describir una realidad que respiramos todos los días.
Mientras una parte de la dirigencia provincial sigue hablándose a sí misma, nosotros convivimos con una realidad que no necesita diagnósticos, sino decisiones. La política pierde el rumbo cuando dedica más tiempo a interpretar las palabras de un adversario que a cambiar la realidad de sus ciudadanos.





