La política argentina vive en una dimensión paralela de candidaturas y “rosca” de alto vuelo, mientras la realidad se define en el cordón cuneta. Por qué es urgente dar vuelta la estructura de poder para que el presente deje de ser un malabarismo constante.
Dicen que la política se organiza como una pirámide: arriba la Nación, después las provincias y, allá abajo, en la base, los municipios. El problema es que la vida real funciona exactamente al revés. Si de verdad invirtiéramos esa estructura, si la diéramos vuelta de una vez, quizá dejaríamos de vivir haciendo equilibrio.
Mi realidad se mide con la métrica de la vereda: empieza en saber si el colectivo pasará a tiempo para llegar a trabajar, si la calle está iluminada para caminar segura, o si el comercio del barrio pudo levantar la persiana. Ahí nace todo: en el municipio.
Sin embargo, hoy la conversación pública está secuestrada por la “rosca” de los que viven del aire acondicionado. Todavía no terminamos de digerir el ajuste ni el impacto en el bolsillo, y la dirigencia ya está desempolvando trajes para la próxima elección. Como si el tiempo fuera un lujo que nos sobra.
Ahí aparecen los mismos de siempre en su gimnasio electoral. Axel Kicillof midiendo su proyección en modo campaña perpetua; Cristina Kirchner reacomodando las piezas de un tablero que solo ella entiende; y Sergio Massa, que después de dejar el incendio prendido, ahora reaparece en redes con la caradurez de quien se siente un espectador y no el responsable del descalabro. A ellos se suman gobernadores del Norte y ex mandatarios que, tras un silencio prudente para que pase el chubasco, vuelven a asomar la cabeza con recetas mágicas que jamás aplicaron.
Todos hablando de posicionamiento mientras la gente habla de cómo llegar a fin de mes.
En la base de la pirámide, la cuenta es otra. Hay Pymes en modo supervivencia y familias que ya no tienen dónde más recortar. No es una sensación térmica; es la realidad golpeando la puerta. La política parece moverse en una dimensión paralela: discuten liderazgos cuando falta gestión; lanzan candidaturas cuando el presente está en llamas.
El problema no es que piensen en el futuro, es que se están salteando el presente.
Vivo en un municipio que funciona, una suerte de ‘isla’ donde las cosas se resuelven. Y esa diferencia es total: te da un piso, te ordena la vida, te saca un peso de encima. Sin embargo no alcanza con un oasis si el desierto avanza. Cuando el sistema mayor no acompaña, la provincia es un lastre y la Nación se siente como una frecuencia lejana, el esfuerzo local se vuelve una resistencia solitaria.
La brecha ya no es sólo ideológica, es estructural. La dirigencia pelea por la punta de la pirámide; la sociedad sostiene todo desde el barro.
Interpelo a cada vecino que lee esto: ¿Tu intendente está discutiendo cómo mejorar tu cuadra o está haciendo fila en Buenos Aires para que un “barón” nacional le bendiga la lista? ¿Tu agenda es la de la vereda o la del despacho de un dirigente que no sabe cuánto cuesta el boleto en tu distrito?
Necesitamos invertir la lógica. Porque hasta que el municipio no sea la prioridad real del sistema, vamos a seguir en la misma escena de siempre: ellos proyectando su próximo cargo, nosotros haciendo equilibrio para no caernos del mapa.





