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La cocina del poder: el dólar, las elecciones, el peronismo y la disputa silenciosa por la Justicia

En política económica las palabras también cotizan. Y a veces cotizan más que los bonos. Cuando el vocero presidencial Adrián Ravier deslizó con absoluta naturalidad que el dólar “podría llegar a 1.800 pesos en los próximos meses”, el mercado escuchó algo muy distinto a una simple hipótesis académica. Escuchó una advertencia. Y los mercados tienen un defecto incurable: nunca esperan a comprobar si la profecía era cierta. Actúan primero y preguntan después.

Mientras el Ministerio de Economía intenta convencer a los inversores de que el rumbo es consistente, aparece un funcionario del propio Gobierno insinuando una devaluación del veinte por ciento. Es como si el capitán de un avión anunciara por los parlantes que el vuelo es completamente seguro… mientras el copiloto comenta que quizás uno de los motores deje de funcionar antes del aterrizaje. Nadie permanece sentado con tranquilidad.

No sorprendió entonces el fastidio que, según trascendió, invadió los despachos de Luis Caputo. Porque la estabilidad cambiaria no se sostiene solamente con reservas, tasas de interés o superávit fiscal. También necesita silencio. El silencio, en economía, muchas veces vale más que un anuncio. Hay funcionarios que construyen confianza con una conferencia de prensa; otros la destruyen con una frase improvisada en un streaming. La política tiene estas ironías: mientras unos trabajan durante meses para apagar un incendio, siempre aparece alguien dispuesto a comprobar si la nafta realmente es inflamable.

Pero si la economía exhibe fisuras, la política ya comenzó a dibujar el mapa de la próxima batalla. Aunque falte tiempo para 2027, el oficialismo dejó de pensar en la administración cotidiana para empezar a imaginar la conquista territorial. La Casa Rosada ya divide el país entre provincias donde irá sola y provincias donde la conveniencia aconseja compartir la foto. Es la vieja discusión entre la pureza ideológica y la matemática electoral. Porque el liberalismo también descubrió esa ley inexorable de la política argentina: una cosa es ganar una elección presidencial y otra muy distinta es construir poder en cada rincón del país.

Así aparecen los acuerdos posibles con sectores del PRO, de la UCR y dirigentes provinciales que hasta ayer parecían formar parte de otra galaxia. Resulta curioso observar cómo quienes llegaron prometiendo dinamitar la vieja política ahora deben aprender a convivir con sus arquitectos. La motosierra sirve para los discursos; para gobernar hacen falta llaves inglesas, destornilladores y, sobre todo, paciencia. La política argentina siempre termina domesticando a quienes llegan convencidos de que van a reinventarla.

Mientras tanto, enfrente ocurre algo todavía más fascinante. El peronismo vuelve a ejercer uno de sus deportes favoritos: intentar reunirse antes de volver a pelearse. Ricardo Quintela quiere sentar en una misma mesa a Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Sergio Massa, gobernadores, legisladores y todas las tribus que desde hace meses hablan idiomas distintos. La excusa será un homenaje a Monseñor Angelelli. El verdadero objetivo es mucho más terrenal: evitar que el movimiento más pragmático de la historia argentina termine derrotado por sus propias divisiones.

La escena tiene algo de novela costumbrista. Gobernadores que hasta ayer intercambiaban reproches ahora podrían compartir café. Dirigentes que apenas se saludan deberán volver a mirarse a los ojos. Nadie ignora que el peronismo posee una capacidad extraordinaria para reinventarse después de cada derrota. Pero también arrastra una costumbre casi genética: discutir durante meses quién debe conducir el barco mientras el río sigue corriendo.

Quintela apuesta a Kicillof porque entiende que hoy es quien mejor expresa la expectativa electoral del espacio. Otros imaginan alternativas. Todos coinciden, sin embargo, en una certeza silenciosa. Un gobernador confió: “separados podemos conservar la identidad; unidos quizás recuperemos el poder”. Esa tensión entre la épica y la supervivencia vuelve a atravesar al movimiento que durante décadas hizo del pragmatismo casi una doctrina filosófica.

Y cuando parecía que la semana ya había entregado suficiente material para el análisis político, apareció el cuarto capítulo de esta historia: la Justicia.

Porque hay algo profundamente argentino en la forma en que se discute el Poder Judicial. Nunca se habla de jueces; siempre se habla de alineamientos. Nunca se analiza jurisprudencia; se cuentan amistades. Nunca se celebran concursos; se sospechan estrategias. Los nombres cambian, las épocas también, pero el libreto permanece intacto.

Las denuncias sobre un supuesto rediseño de la Cámara Federal para consolidar una mayoría favorable al oficialismo vuelven a instalar un debate tan viejo como la democracia misma. Cada gobierno asegura que sólo busca ordenar la Justicia. Cada oposición denuncia que se intenta colonizarla.

Mahiques diseñó un esquema para quedarse con el control absoluto de las dos salas del tribunal más importante del país. Salas en donde recaen las causa de $LIBRA, que es la que más preocupa a Javier y Karina Milei, y la que tiene entre las cuerdas a Manuel Adorni. Pablo Yadarola (Lago Escondido), Mariano Llorens y Pablo Bertuzzi se quedarían con la Sala I y por subrogancia con la II.

Los expedientes cambian de manos con la misma facilidad con que cambian las mayorías parlamentarias. Lo único verdaderamente permanente es la desconfianza.

Porque en este país, donde la realidad siempre corre más rápido que la ficción, hasta las metáforas terminan quedando desactualizadas. Argentina no necesita escritores de realismo mágico. Le alcanza, y le sobra, con su propia política.

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