Hay gobiernos que anuncian sus cambios con trompetas, discursos y conferencias de prensa. Otros, en cambio, se reordenan como esas tormentas de verano que empiezan con un viento leve, casi imperceptible, hasta que de pronto el cielo ya cambió de color. En la Casa Rosada está ocurriendo algo parecido: el poder se mueve, pero lo hace en silencio. Y si alguien afina el oído en los pasillos de Balcarce 50, va a escuchar siempre el mismo nombre flotando entre los murmullos: Karina.
La secretaria general de la Presidencia avanza en el gobierno de su hermano con la paciencia de quien arma un rompecabezas sabiendo de antemano cómo debe quedar la imagen final. Casillero por casillero, despacho por despacho, organismo por organismo, el poder va encontrando un nuevo centro de gravedad. Mientras el Presidente habla de economía, de reformas o de la batalla cultural, ella parece concentrada en algo mucho más terrenal: quién se sienta en cada silla.
El reciente movimiento en el Ministerio de Justicia —con el desembarco del tándem Juan Bautista Mahiques y Santiago Viola— no fue simplemente un cambio de nombres en la marquesina institucional. Fue otra jugada dentro de una partida que ya lleva varios movimientos y que empieza a revelar una estrategia clara: ordenar el poder político bajo un mismo paraguas. O, dicho en criollo, que las llaves del edificio queden en el mismo llavero.
Durante meses se habló del famoso “Triángulo de Hierro” que sostenía la estructura política del gobierno: Javier Milei, Karina Milei y el asesor Santiago Caputo. Pero la geometría del poder, como cualquier cosa viva, también cambia. Y hoy muchos en la Casa Rosada empiezan a mirar ese triángulo con cierta nostalgia académica, como si fuera un concepto de manual que la realidad decidió reescribir. El dibujo actual se parece más a una línea recta entre los hermanos Milei, con el resto de los operadores orbitando alrededor, algunos con mayor autonomía, otros con la prudencia de quien sabe que el aire puede cambiar de dirección en cualquier momento.
La salida de Sebastián Amerio del Ministerio de Justicia y su posterior aterrizaje en la Procuración del Tesoro fue uno de esos movimientos que en política dicen mucho sin necesidad de demasiadas explicaciones. Nadie lo definió públicamente como una derrota interna, porque en política las derrotas rara vez llevan ese nombre. Pero en los pasillos del poder la frase fue mucho más breve y, como suele ocurrir en esos lugares, bastante más honesta: “Karina va por Santiago (Caputo)”. Sebastián Amiero se enteró en un zoom, que era eyectado como viceministro de Justicia.
Mientras tanto, la hermana presidencial no solo ordena ministerios. También maneja el tablero partidario con la misma calma quirúrgica. Como presidenta de La Libertad Avanza, junto a los primos Martín y Eduardo “Lule” Menem en el armado nacional y a Sebastián Pareja en la provincia de Buenos Aires, empezó a mover la maquinaria política con una mirada que ya no está puesta en el próximo mes ni en la próxima ley, sino en el horizonte más largo: 2027.
En política el tiempo siempre es relativo. Año y medio puede ser un suspiro o una eternidad, según quién esté contando el calendario. Pero en el oficialismo parece haber una convicción silenciosa: la campaña para la reelección empezó mucho antes de lo que el público imagina. Y como en toda campaña que se toma en serio, el primer paso es ordenar la tropa, cerrar las puertas del partido y decidir quién tiene la lapicera. En la apertura de las sesiones ordinarias el domingo pasado, Milei lanzó su reelección.
Mientras tanto, en los corrillos del Congreso empieza a aparecer otro tema que todavía circula en voz baja, como esos rumores que nadie confirma pero nadie descarta. Se habla de reforma electoral. Se habla también —todavía con la cautela de quien prueba el agua antes de zambullirse— de la posibilidad de adelantar el calendario electoral. El gobierno, comenzó a deslizar que necesita una mayoría, para poder derogar las PASO. Por ahora es apenas una conversación de pasillo, una hipótesis que todavía camina en puntas de pie. Pero en la política argentina las ideas que nacen como rumor suelen terminar convertidas en ley. Ese, podría ser un golpe letal para el peronismo.
Dirigentes opositores empezaron a dialogar más de lo que se conoce. Una muestra es el proyecto de ley que presentó el diputado Guillermo Michel que responde a Sergio Massa, para otorgar créditos que sirvan para el desendeudamiento de las familias argentinas, que también firmaron, Natalia de la Sota, Miguel Ángel Pichetto y Nicolás Massot. Algunos piensan en un gran frente opositor contra Milei. Si no hay PASO, ese intento, quedará sólo en un boceto.
En paralelo, el gobierno parece haber tomado otra decisión estratégica que pasa más desapercibida en el debate público: no obsesionarse con la Corte Suprema. Ni con el procurador general. Ni con esas discusiones de cúpula que suelen monopolizar la agenda política. En cambio, la mirada está puesta mucho más abajo, en ese entramado silencioso donde se tramitan las causas que realmente importan: los tribunales federales, contenciosos, administrativos y de familia.
Allí hay más de 150 vacantes esperando ser cubiertas. Un pequeño ejército de sillones judiciales vacíos que el oficialismo mira con la atención de quien entiende que el verdadero poder institucional no siempre vive en las alturas del Palacio de Tribunales, sino en los juzgados donde se firman las resoluciones que después nadie discute.
Mientras tanto, la economía sigue ofreciendo ese paisaje ambiguo que mezcla números en recuperación con un consumo que todavía ¿camina? con bastón. La inflación se mantiene por encima del dos por ciento mensual, el crédito empieza a mostrar signos de fatiga y algunas industrias siguen mirando el horizonte con más cautela que entusiasmo. La cadena de pago si bien no está cortada, está muy demorada. Los cheques rechazados cada vez son mas. La mora en el pago de los créditos ha subido y las familias se endeudan para comprar alimentos. Mala señal.
Pero en la Casa Rosada, al menos por ahora, el foco parece estar en otra cosa. No en el corto plazo de las estadísticas, sino en el largo plazo del poder.
Porque mientras algunos discuten la coyuntura, Karina Milei sigue avanzando con la calma de quien sabe que la política es, ante todo, un juego de paciencia. Y en ese tablero libertario, cada movimiento parece responder a una idea bastante simple: que cuando llegue la próxima partida grande, todas las piezas estén exactamente donde ella decidió que debían estar.





