InicioOpiniónEl país de las dos Argentinas (y del mismo changuito vacío)

El país de las dos Argentinas (y del mismo changuito vacío)

Hay un dato que debería preocupar mucho más que cualquier encuesta electoral, mucho más que cualquier indicador financiero o conferencia de prensa cuidadosamente preparada. Mientras la inflación dejó de ocupar el primer lugar entre las preocupaciones de los argentinos, el salario y el temor a perder el trabajo pasaron a dominar el humor social. Es decir, la macroeconomía comienza a exhibir señales de estabilidad que hace apenas un año parecían imposibles, pero la vida cotidiana todavía no consigue reflejar esa mejoría. Esa es, probablemente, la mayor contradicción que enfrenta hoy el gobierno de Javier Milei y, al mismo tiempo, el desafío político más complejo de resolver.

La Fundación Pensar, el principal centro de estudios vinculado al PRO, acaba de publicar un informe que, lejos de cuestionar el equilibrio fiscal o la desaceleración inflacionaria, pone el foco en una realidad que comienza a imponerse por encima de cualquier discusión ideológica. El documento reconoce que el Gobierno logró ordenar variables macroeconómicas fundamentales, recuperar disciplina fiscal y mejorar las expectativas, pero advierte que esos logros todavía no alcanzan para modificar la percepción de millones de argentinos. Su conclusión puede resumirse en una frase tan sencilla como incómoda: “los números mejoran más rápido que la vida cotidiana”.

No deja de ser una ironía elegante para describir una escena bastante menos sofisticada. Porque el supermercado no cobra con expectativas económicas, la farmacia no acepta certificados de confianza y el alquiler tampoco se paga prometiendo que dentro de algunos años Vaca Muerta, la minería o las exportaciones generarán una lluvia de inversiones. La economía argentina parece haberse convertido en un tren moderno, de esos que exhiben impecables indicadores de velocidad y eficiencia en la cabina del conductor, mientras varios vagones siguen viajando a oscuras y con pasajeros que todavía no saben si el viaje los llevará realmente a destino.

El propio informe de Pensar reconoce esa fractura al dividir a la sociedad entre ganadores tempranos, esperadores, ajustados y perdedores directos. Lo verdaderamente significativo no es la clasificación, sino el reconocimiento implícito de que el ajuste no impactó de manera uniforme. Incluso desde un espacio político que históricamente defendió las reformas de mercado se admite que existen sectores que hoy viven mejor y otros que cargan casi en soledad con el costo de la transición. Los ganadores aparecen ligados a quienes ya contaban con activos, patrimonio, dólares o actividades vinculadas al agro, la energía y la minería. En cambio, los jubilados, buena parte de la clase media baja, los empleados públicos y los trabajadores informales integran el grupo que todavía no encuentra motivos concretos para celebrar los éxitos de la macroeconomía.

Quizás la imagen más contundente de este momento no provenga del Banco Central ni del Ministerio de Economía, sino de los propios hogares argentinos. El endeudamiento de las familias alcanzó el nivel más alto de las últimas dos décadas, pero no porque los argentinos estén comprando más viviendas, ampliando sus empresas o invirtiendo en nuevos proyectos. La mayor parte del crédito se destina a sostener el consumo cotidiano. Las tarjetas dejaron de financiar vacaciones para empezar a financiar alimentos, medicamentos o servicios básicos. Hay una poesía amarga en esa transformación. Antes el crédito servía para comprar futuro; hoy, en demasiados casos, apenas alcanza para sostener el presente. La billetera dejó de ser un espacio donde guardar ahorros para convertirse en una sala de terapia intensiva donde cada cuota funciona como un respirador artificial para llegar a fin de mes.

Las advertencias no provienen únicamente del macrismo. Ricardo Arriazu, uno de los economistas más respetados por el establishment y cercano al pensamiento económico liberal, y al propio Presidente, también aportó una observación que merece ser escuchada con atención. Según explicó, la apertura comercial fortalecerá sectores como la minería, el agro y la energía, pero inevitablemente debilitará buena parte de la industria tradicional concentrada en el Gran Buenos Aires. Hasta allí podría parecer una descripción técnica. Sin embargo, la frase siguiente contiene una enorme profundidad social: “La gente no se mueve”, resumió.

Detrás de esas cinco palabras se esconde uno de los mayores desafíos del modelo económico. Porque las inversiones cambian de región con rapidez, las empresas trasladan sus plantas cuando encuentran mejores condiciones y los capitales cruzan continentes en cuestión de segundos. Las personas, en cambio, no funcionan bajo esa lógica. Una familia no abandona décadas de historia simplemente porque el mapa productivo se haya desplazado cientos de kilómetros. No traslada a sus padres, a sus hijos, a sus afectos y a sus raíces con la facilidad con la que una empresa muda una línea de producción. Allí aparecen esos futuros bolsones de descontento que Arriazu imagina y que podrían concentrarse justamente donde la política argentina suele jugar sus partidos más decisivos.

Mientras tanto, las encuestas comienzan a contar una historia distinta de la que dominó la agenda durante los últimos años. La inflación, que fue el gran monstruo de la economía argentina durante décadas, descendió hasta el sexto lugar entre las principales preocupaciones sociales. La reemplazaron el salario, el empleo y la pérdida del poder adquisitivo. No porque la inflación haya dejado de importar, sino porque cuando el bolsillo ya se encuentra exhausto, la discusión cambia inevitablemente de eje. El ciudadano deja de preguntarse cuánto aumentarán los precios el mes próximo para empezar a preguntarse si su ingreso alcanzará para atravesar la semana.

El Gobierno apuesta a que el tiempo juegue a su favor. Confía en que la estabilidad monetaria termine transformándose en crecimiento, empleo y bienestar. Es una hipótesis posible. La historia económica demuestra que muchas transformaciones profundas requieren paciencia y consistencia. Pero también enseña que existe una diferencia enorme entre pedir paciencia y exigir resignación. Allí suele comenzar el desgaste político de los gobiernos que creen que los indicadores macroeconómicos alcanzan por sí solos para construir legitimidad social.

Los números tienen una ventaja extraordinaria: nunca protestan. Las planillas de Excel jamás hacen una marcha, los gráficos estadísticos no cortan calles y los indicadores fiscales no concurren a las urnas. Las personas sí. Y las personas rara vez organizan su voto alrededor del déficit fiscal o del superávit financiero. Lo hacen alrededor de cuestiones infinitamente más sencillas y mucho más humanas: el changuito del supermercado, la factura de la luz, la cuota del colegio, el alquiler, la posibilidad de cambiar el auto, de mantener la prepaga o simplemente de ahorrar algunos pesos al finalizar el mes.

La política suele enamorarse de los grandes indicadores porque ofrecen la ilusión de objetividad absoluta. Sin embargo, las elecciones casi siempre terminan definiéndose en los pequeños gestos cotidianos. En la conversación de una pareja que calcula si podrá salir a comer una vez al mes. En el jubilado que vuelve a revisar el precio de los medicamentos. En el comerciante que espera que entre un cliente más antes de cerrar la persiana. En la familia que descubre que la tarjeta de crédito dejó de ser una herramienta para mejorar su calidad de vida y pasó a convertirse en el único puente disponible entre el sueldo y la próxima fecha de cobro.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza que deja este momento económico. La estabilidad fiscal es imprescindible. La inflación baja también. Nadie discute seriamente que ambas condiciones son necesarias para que la Argentina vuelva a crecer. Sin embargo, ninguna sociedad vive exclusivamente de indicadores. Los países no se construyen solamente con balances equilibrados, sino también con expectativas cumplidas. Porque, al final del día, ningún ciudadano vota el equilibrio de las cuentas públicas. Lo que verdaderamente termina evaluando es el equilibrio de su propia mesa familiar. Y entre ambas cosas existe una distancia mucho más pequeña de lo que algunos economistas imaginan, pero infinitamente más grande de lo que muchos políticos están dispuestos a reconocer.

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