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El Gobierno de los espejos rotos

Hay algo profundamente literario en la escena política argentina cuando el poder empieza a discutir consigo mismo frente al espejo. Como si la Casa Rosada se hubiese convertido en un viejo camarote de barco donde todos sospechan de todos mientras el capitán intenta convencer a la tripulación de que el mar sigue calmo, aunque las tablas crujan debajo de los pies.

Javier Milei enfrenta por estas horas un problema que excede cualquier índice económico, cualquier discurso libertario o cualquier gráfico de inflación descendente: la administración comenzó a parecerse demasiado a una familia peleando en voz alta durante el almuerzo del domingo, pero transmitido por streaming y con trolls como invitados especiales.

La interna entre Santiago Caputo y el universo que orbita alrededor de Karina Milei ya dejó de ser un rumor de pasillo. Ahora es un animal vivo que corre por las redes sociales dejando mordidas en cada despacho oficial. Y lo más curioso es que el Presidente, que construyó buena parte de su liderazgo sobre el caos controlado, hoy parece obligado a transformarse en bombero de incendios que nacieron dentro de su propia fábrica de fósforos.

El lunes habrá reunión de Gabinete en el Salón Eva Perón. Una postal extraordinaria: todos sentados alrededor de la misma mesa después de semanas de operaciones cruzadas, acusaciones veladas y soldados digitales disparándose entre sí como si fueran facciones medievales peleando por el control de un castillo virtual.

No habrá saltitos ni canciones épicas. Apenas silencios incómodos y sonrisas de yeso.

La política argentina tiene esa costumbre maravillosa y decadente de disfrazar las guerras civiles de reuniones institucionales. Como si el protocolo pudiera tapar el olor a pólvora.

Milei intenta sostener el equilibrio entre tribus que ya ni siquiera fingen tolerarse. Mientras tanto, el oficialismo repite el viejo truco de mostrar movimiento para evitar que se note el desgaste. Nuevos proyectos, anuncios económicos, leyes enviadas al Congreso, promesas de desregulación, baja de retenciones y discursos con tono refundacional. Mucha escenografía para un Gobierno que empieza a descubrir que la gestión también necesita paz interna y no solamente épica de redes sociales.

Porque afuera del microclima libertario hay un dato que duele más que cualquier trending topic: la economía mejora en las planillas, pero todavía no logra bajar del Excel a la heladera.

El EMAE sonríe. La calle, bastante menos.

Por eso el Gobierno necesita desesperadamente recuperar control narrativo. Ya no alcanza con ganar discusiones digitales si la percepción social comienza a erosionarse lentamente como una pared húmeda. Los números de opinión pública muestran una leve recuperación en mayo, sí, pero también revelan algo más inquietante: la paciencia social ya no tiene el fervor de los primeros meses.

Y en ese contexto aparece el caso Adorni como una nube tóxica suspendida sobre Balcarce 50. “Hasta que el tema de Adorni no se defina, esto será un infierno”, admite un funcionario libertario con honestidad brutal. El problema no es solamente judicial o administrativo. Es simbólico. Porque el Gobierno que llegó prometiendo superioridad moral ahora debe administrar sospechas internas, declaraciones juradas demoradas y operaciones cruzadas entre sus propios soldados.

Toda revolución empieza creyéndose inmune al barro. Hasta que descubre que el barro también sabe usar Twitter.

Mientras tanto, Mauricio Macri reaparece desde Mendoza como un viejo dueño de estancia que observa desde la galería cómo los nuevos administradores empiezan a discutir entre ellos. No necesita levantar demasiado la voz. La sola presencia de Gabriela Michetti en escena funciona como un recordatorio melancólico: el PRO ya vio esta película. Sabe cómo terminan las internas cuando el poder empieza a fragmentarse alrededor de egos, algoritmos y obsesiones personales.

Pero si el oficialismo parece navegar mares turbulentos, el peronismo tampoco ofrece precisamente una imagen de armonía celestial.

Axel Kicillof y Cristina Kirchner llevan meses sin hablar. Máximo Kirchner y el gobernador bonaerense orbitan como planetas condenados a no tocarse jamás. La discusión dejó de ser política para transformarse en una cuestión casi espiritual: quién conduce, quién hereda y quién sobrevive.

El kirchnerismo se parece cada vez más a una monarquía discutiendo la sucesión mientras el reino se incendia alrededor.

Oscar Parrilli habla de candidatos “truchos” sin Cristina. Teresa García ensaya un “Cámpora del siglo XXI” y después se arrepiente. Andrés Larroque dispara frases como quien deja botellas incendiarias sobre una mesa de madera seca. Y mientras tanto, Kicillof avanza con su propio armado político, construyendo lentamente una autonomía que irrita al núcleo duro camporista.

Todos hablan de unidad, pero cada uno arma su ejército.

Las PASO aparecen entonces como el último puente posible entre facciones que ya casi no se reconocen entre sí. Una herramienta electoral convertida en terapia intensiva partidaria. Porque sin primarias, el peronismo corre riesgo de llegar roto a una elección donde La Libertad Avanza todavía conserva algo decisivo: el monopolio de la expectativa.

Y ahí reside quizás la gran paradoja argentina.

El oficialismo gobierna en medio de una interna feroz mientras la oposición se reorganiza entre ruinas emocionales y liderazgos inconclusos. Un país donde nadie logra ordenar del todo su propia tropa, pero todos sueñan con conducir el futuro.

Argentina siempre tuvo algo de novela rusa escrita en castellano rioplatense: personajes intensos, discusiones infinitas, conspiraciones nocturnas y una extraña fascinación por caminar al borde del abismo creyendo que eso también es una forma de destino.

En Casa Rosada intentan convencer de que todo marcha acorde al plan.

Pero a veces los planes también crujen.

Y cuando el poder empieza a discutir frente al espejo, el problema no es la grieta. El problema es el reflejo.

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